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Etiquetas:   La delgada línea roja   -   Sección:   Opinión

Helter Skelter

Antonio Pérez Omister
Antonio Pérez Omister
@esapo1
viernes, 10 de diciembre de 2010, 23:00 h (CET)
Éste es el título de una canción del célebre grupo británico The Beatles, contenida en su White Album publicado en 1968, y que tuvo una repercusión indeseada cuando el asesino en serie Charles Manson declaró que se había inspirado en ella para planear los asesinatos de la actriz Sharon Tate, esposa del director de cine Roman Polanski, y los de sus invitados en su apartamento de Cielo Drive en Beverly Hills (California).

“Helter Skelter” es también el nombre de un tobogán en espiral que se puede encontrar todavía en muchos parques infantiles británicos, y una traducción aproximada al español podría ser “descontrol” o “caos”. Paul McCartney, autor de la letra de la canción, declaró que utilizó el tobogán como una alegoría para ilustrar la decadencia de la sociedad occidental de entonces, marcada por el movimiento hippie, la lucha por la igualdad entre sexos, la de los derechos civiles de los afroamericanos y la oposición a la guerra de Vietnam. Luego, podríamos decir que no era una sociedad “decadente” sino todo lo contrario: era una sociedad en plena efervescencia en la que los jóvenes sentían el deseo de cambiar las cosas para mejorarlas. Aquélla no fue, ni mucho menos, una generación “ni-ni”.

No obstante, Charles Manson interpretó la letra de “Helter Skelter” como la apocalíptica profecía sobre una inminente guerra de exterminio entre negros y blancos, y el título de la canción apareció escrito con sangre en la escena de uno de los brutales crímenes ordenados por Manson.

Podríamos pensar que el discurso alambicado de Charles Manson, propio de la mente desquiciada de un psicópata, sugiriendo violentos enfrentamientos interétnicos, está desfasado y totalmente superado. Pero no es así y hemos de mantenernos alerta. Sobre todo, ante los mensajes subliminales con los que nos bombardean a diario. De forma sutil, pero constante. Consumimos conceptos espurios y frases hechas sin saber qué se esconde detrás de esas consignas.
Para crear un clima favorable a una posible intervención militar en Irán, en los últimos años se está dando un fenómeno de islamofobia sin precedentes que parece orquestado por los mismos que desde falaces postulados multiculturales pontificaban acerca de la integración de las minorías étnicas y las bondades de la inmigración descontrolada, cuando lo único que buscaban eran legitimar ante la opinión pública mundial su intrusión en otros países, ricos en recursos naturales, para inmiscuirse en su política interna e instalar allí a gobiernos proclives a favorecer sus particulares intereses.

Como cada acción conlleva una reacción, desde algunos países musulmanes se ha entrado al trapo fomentando, a su vez, el antagonismo hacia Occidente y acentuando el enfrentamiento entre lo que se ha venido en llamar el sionismo político (judíos y cristianos) y la “umma” o comunidad de creyentes.
Ayman al Zawahiri, considerado uno de los principales líderes de Al Qaeda, declaró en 2004, poco después de los atentados del Once de Marzo, que “la prohibición del velo islámico equivalía a los incendios de aldeas en Afganistán, la destrucción de casas en Palestina, o las matanzas de civiles en Iraq”.
Si esto es así ¿por qué se ha seguido fomentando desde diversos foros la inmigración masiva de musulmanes entre los que se encuentran muchos fanáticos que piensan exactamente igual que Al Zawahiri?

Pues porque uno de los objetivos que se persigue desde los ataques del 11-S en Nueva York, es el de crear una sensación de “amenaza permanente” para justificar un drástico recorte de las libertades individuales en aras de un difuso concepto de “seguridad” que en realidad nos convertirá a todos en presuntos delincuentes y en rehenes de nuestro miedo.

Se pretende crear un clima de tensión constante en el que sean los propios ciudadanos los que imploren a voz en cuello que les rescaten del caos a cambio de renunciar a sus libertades y derechos constitucionales. Entonces se impondrá el Estado policial sobre los ruinosos cimientos del Estado de derecho.
En el mismo orden de cosas, se provoca una huelga general para justificar la militarización de unos servicios, y al día siguiente no faltan las jeremiadas de algunos oportunistas y exaltados pidiendo una nueva ley de huelga que suprima de un plumazo el derecho de los trabajadores a ejercer este tipo de acciones en defensa de sus intereses.

Asimismo, se fomenta soterradamente el enfrentamiento interracial profetizado en “Helter Skelter” obsequiándonoslo en un vistoso envoltorio de multiculturalidad y otras futilidades que, de nada servirán, cuando la inmensa masa social compuesta por los hijos de los inmigrantes, sin empleo y sin expectativas de encontrarlo, acabe enfrentándose a otros grupos, también de inmigrantes o de ciudadanos españoles, para obtener unos empleos inexistentes y unas ayudas sociales que se concederán como “premios” y prebendas a cambio del voto en las urnas que perpetúe a unas castas políticas que gobernarán al dictado de los intereses privados de multinacionales y corporaciones financieras. De ahí ese interés en que voten los inmigrantes: porque se trata de un colectivo maleable y fácil de manipular. Al menos, inicialmente. Un colectivo que se podrá emplear como arma arrojadiza contra la masa de trabajadores y desempleados nacionales, mucho más exigentes y reacios a renunciar a sus derechos consolidados: salarios dignos, beneficios sociales, indemnizaciones por despido…
Éste es el obscurantista futuro que nos aguarda a la vuelta de la esquina, y su mejor baza es que es tan espantoso, que la mayoría de los ciudadanos se niega a creer que sea posible semejante monstruosidad.

Algunos aprendices de brujo pretenden que la decisión de construir una mezquita sobre los solares que ocuparon las Torres Gemelas obedece a una mera casualidad. O que propuestas como la de volar la Cruz del Valle de los Caídos, es una “loable” iniciativa con un beatífico propósito conciliador y de recuperación de la memoria histórica: no es así en absoluto. Son medidas fríamente calculadas para inocular un odio larvado durante décadas, casi olvidado, y devolverlo a nuestra cotidianeidad como parte de un presente que cada día se parece más a un pálido reflejo de nuestro trágico pasado, que a un destello de esperanza en nuestro futuro.

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