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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

Los efectos de las cumbres iberoamericanas

Isaac Bigio
Isaac Bigio
jueves, 2 de diciembre de 2010, 08:15 h (CET)
Si uno compara la situación de América Latina de hace 2 décadas con la actual, verá significativas diferencias.

En 1991 América Latina marchaba siempre tras Washington y Cuba estaba bloqueada. Hoy Cuba supo manejar a las cumbres iberoamericanas para minar tal cerco y lograr que la OEA le levante el veto (aunque ésta última reniegue de la OEA).

En 1999 América Latina se junta con el Caribe para realizar cumbres bianuales con la Unión Europea. Estas medidas le sirven para buscar un contrapeso a la fuerte hegemonía de Washington en la región y para irse ampliando hacia más de una veintena de países caribeños de lengua oficial inglesa, holandesa y francesa con los cuales no hubo mucho intercambio (debido a que la mayor parte de los países de la región caribeña recién empezó a descolonizarse un siglo y medio después de las primeras independencias latinoamericanas).

Un año después en Brasilia 2000 se crea la Iniciativa de Integración Regional Sudamericana (IIRSA) que une a las 12 repúblicas suramericanas. A la subsiguiente cumbre bianual (Cuzco 2004) se lanza el proyecto de crear una Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la cual debería ser un bloque que uniera a dicho subcontinente de manera similar a cómo la Unión Europea había venido unificando a su propio continente.

El proyecto suramericano reflejaba un progresivo giro de Brasil, quien tradicionalmente se había orientado más hacia EEUU o el Atlántico, y que desde la era Cardoso-Lula vira hacia sus vecinos buscando convertirse en potencia regional de cara a aspirar a ser potencia mundial.

Las cumbres iberoamericanas hicieron que América Latina cambiara. Por un lado hicieron que ésta adoptase su primer bloque regional con dos potencias que no fueran los dos colosos norteamericanos (EEUU y Canadá), lo cual les ayudó a disminuir tanta presencia de éstos para poder negociar mejorar sus relaciones con la Unión Europea, con su vecindario caribeño y luego con otras regiones del mundo.

Las cumbres suramericanas hicieron que se empezase a quebrar esa diferencia histórica entre los hispano-suramericanos con Brasil y entre éstos y sus vecinos no latinos. Este movimiento de conjunción de la América al sur de EEUU latina y no latina también se plasma en la incorporación de Belice al Sistema de Integración Americano (SICA), uno de los bloques regionales que tiene las raíces más antiguas en las Américas. En el 2010 se crea la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, la cual une a todos los 33 países independientes americanos al sur de EEUU (salvo Honduras).

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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