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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Ascetismo

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 15 de septiembre de 2010, 07:54 h (CET)
La Iglesia católica ha empezado a poner en marcha la maquinaria propagandista para la canonización de Juan Pablo II. Casualmente se descubren maneras de ser del finado papa que mentalizan a los fieles católicos para ver en ellas señales de santidad: auto mortificaciones que se infligía con un cinturón que le servia de látigo y que siempre le acompañaba en sus estancias en Castel Gandolfo en dónde veraneaba y que le servía para recordar los sufrimientos de Jesús en la cruz, mortificaciones que previamente las habían practicado Santa Caterina de Siena, San Ignacio de Loyola y otros místicos. Ahora se ha descubierto que a menudo dormía en el suelo para estar más cerca de Jesús. Con este comportamiento no nos debe de extrañar que al comienzo de la Cuaresma del 2004 hiciese un llamamiento a que los católicos viviesen estos tiempos cuaresmales como “un camino de oración, de penitencia y de auténtico ascetismo cristiano”. Se considera el ascetismo como el autocontrol y regulación armónica de las tendencias y deseos naturales, hecho bajo el impulso de un ideal superior, que se considera como la meta básica de la vida”.

Según la Biblia la perversidad humana no se encuentra en el cuerpo, sino en el corazón. Por tanto no es de origen físico sino espiritual. Jesús es lo suficiente claro cuando dice: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mateo15:19,20). El apóstol Pablo amplia la lista de Jesús y llama a este actuar incorrecto del corazón “obras de la carne” (Gálatas 5:19-21), que contrasta con las obras que son fruto del Espíritu Santo: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (vv.22,23).

El apóstol, después de haber dado el listado de las obras de la carne y de las que son fruto del Espíritu, dice: ”Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (vv. 24,25). Al creer en Cristo se “crucifica la carne con sus pasiones y deseos”. El resultado de esta crucifixión que no es otra cosa que por la fe se muere en Cristo y se crea una vinculación íntima con Jesús. Fruto de esta comunión se hace posible realizar las obras que son fruto del Espíritu Santo y que hacen que el cristiano viva un estilo de vida que glorifica el nombre de Dios.
El cristiano no hace buenas obras para recibir el favor de Dios sino que habiendo recibido el favor de Dios sin merecerlo, hace buenas obras. Es aquello del árbol borde y el injertado. El primero no puede dar frutos buenos, por más que lo intente porque se lo impide su condición de borde. El segundo da buenos frutos porque su condición de injertado le ha convertido en un árbol bueno que le impulsa a dar buenos frutos de manera natural.

Se ha de vigilar con mucha atención lo que se piensa sobre esta cuestión de las buenas obras. Si no se vigila, fácilmente se cae en la trampa de creer que es posible hacer buenas obras sin ser árbol bueno. Este error hace creer que se puede hacer el bien cuando se está incapacitado a hacerlo por tener una naturaleza mala. De ahí nace el ascetismo cristiano que se vende con la etiqueta de santidad.

El autor de la carta a los Hebreos termina su misiva dando esta exhortación a sus lectores: “ Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que es agradable delante de Él por Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (13:20,21).

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