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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La liberación por el verbo para la paz

Kathleen Parker
Kathleen Parker
miércoles, 8 de septiembre de 2010, 09:59 h (CET)
WASHINGTON -- Mientras los líderes palestino e israelí reabren las negociaciones de paz, una frase que autocompletan ordenadores de todo el mundo fruto del hábito de la repetición, el planeta tierra muestra su indiferencia.

Ya lo han puesto, ya se ha hecho, hicieron camisetas hace décadas.

¿Puede alguien esperar realmente que esta vez - ¡Esta Vez! -- las cosas sean diferentes?

Empero. Puede haber esperanza aún, si no en este momento, entonces en el futuro próximo, gracias a otros factores pasados probablemente por alto. A modo de ilustración, dos escenarios:

En el Departamento de Estado, la Secretario de Estado Hillary Clinton posa entre el Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu y el Presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbás. Peinan muchas canas entre ellos.

En un café próximo a la Universidad George Washington no muy lejos de allí, cuatro universitarios conversan amistosamente. Un israelí, un palestino, otro sirio, afroamericano el cuarto. (Uno de mis jóvenes compañeros de mesa los conoce y los identifica). Sus iPhone se mezclan entre las raciones de cuscús y falafel. Hablan en inglés, se ríen, intercambian novedades y cortes.

La escena recién descrita no es infrecuente en la capital de la nación ni en otras muchas ciudades en donde academias y universidades atraen a poblaciones diversas. He sido testigo personalmente de variaciones de la misma ilustración docenas de veces. Caras, etnias y nacionalidades diferentes, pero la misma dinámica y, para los miembros de una generación anterior, la misma revelación.

Las viejas rivalidades y la pesada carga de la historia se acarrean entre una incipiente generación de ciudadanos del mundo a la vez incluso que la generación mayor machaca - diré simplemente - los antiguos enfrentamientos a cuenta de quién tiene derecho a reclamar qué pulgada del arenero.

Eso es del siglo pasado.
Llega la generación Facebook, para la que el mundo es un pañuelo, en palabras quizá de 500 millones de personas. Traducción: el mundo su pañuelo. Cuando uno puede comunicarse con otro a golpe de tecla o ratón, el mundo es un bite informático.

Mientras contemplaba interactuar a estos cuatro, se me ocurrió que en el mundo de Facebook, donde los amigos conectan y los amigos de los amigos se añaden como amigos, y las redes de asociaciones crecen igual que un sistema circulatorio todo el alcance permitido por la tecnología (y los gobiernos), es cada vez menos probable que las facciones enfrentadas puedan mantenerse mucho tiempo.

Los amigos no matan a los amigos -- la mayor parte del tiempo.

Entendemos en apariencia las oportunidades que abren las redes sociales a fines comerciales y políticos. Barack Obama es presidente gracias en gran medida a la penetración de las redes sociales. Ese mismo poder puede aprovecharse para la paz. De hecho, está sucediendo delante de nuestras propias narices.

Pero ¿por qué no ser estratégicos con algo que se canaliza tan fácilmente para el bien?

Bibi, Abbás y Obama pueden ser ricos en vocales, pero las palabras no cambian. En un mundo virtual, donde Google sabe traducir casi cualquier idioma instantáneamente, jóvenes de todas nacionalidades crean y se comunican a través de un idioma común.

No es por ser Poliana, pero es llamativo darse cuenta de que la paz es plausible cuando las barreras a la comunicación se eliminan. Solamente Facebook es utilizado por más de 500 millones de personas. De esas, el 70% reside fuera de Estados Unidos. MySpace tiene 122 millones de usuarios activos al mes, y Twitter dice tener 145 millones de usuarios registrados.

Obviamente, a algunos países no les gustan estos medios por las mismas razones que a nosotros sí. La gente habla. Facebook está bloqueado en Siria y China, y hasta hace poco estaba bloqueado también en Irán, Pakistán y Bangladesh. Donde la libertad florece, también se abren canales de comunicación.

Y al revés.
También sabemos que allí donde la libertad y la comunicación florecen, las guerras son menos probables. No es informática sino naturaleza humana. Por eso nos reunimos alrededor de grandes mesas para zanjar las diferencias.

Mientras tanto, aumentan las pruebas de que las opiniones cambian entre los jóvenes, cuya forma de ver el mundo es más amplia que la de las generaciones anteriores. Recientes estudios del consultor Frank Luntz concluían que los universitarios estadounidenses judíos están más dispuestos que sus padres a indagar en la posición israelí. Se resisten al pensamiento monolítico y buscan paz desesperadamente.

¿Podrían pensar de forma parecida los jóvenes palestinos? Lamentablemente, no existen estudios comparables que pueda constatar.

Si yo fuera dictadora de un día, pondría los medios para que todo joven añadiera como amigo a otro del bando enemigo de su elección, creando programas de intercambio virtuales en cada región del mapa. Mientras los mayores mantienen sus enfrentamientos por sus areneros, los jóvenes podrían empezar a construir fuertes amistades.

La esperanza de libertad y paz que reside en la mayoría de los corazones humanos podría no verse satisfecha enseguida. Pero por primera vez en la historia, parece inevitable. Las redes sociales pueden no crear paz, pero desde luego elevan la demanda de ella.

La liberación por el verbo está al alcance de nuestros dedos.

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