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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Hegemonías impropias

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 31 de julio de 2010, 15:03 h (CET)
Para un testimonio fiel de la inestabilidad y la sucesión irregular de los aconteceres diarios, será suficiente con una mera observación, las diferencias apabullan por cualquier área observada de la Naturaleza, sean físicas o químicas, fases biológicas o disquisiciones psicológicas. Con ese fondo tan patente, si afrontamos el concepto de igualdad, se asemeja a la idea que tenemos de un fenómeno paranormal; se comenta sobre su existencia, pero los sentidos no lo detectan con precisión. Los modos y maneras son infinitos. “Si por casualidad entiende usted algo de lo que digo, puede usted aseguar que yo lo entiendo de otro modo” escribió A. Machado. Y con las diferencias, serán inevitables los PREDOMINIOS de cosas y personas, en extensión e intensidad irregulares en cada situación. La igualdad como objetivo, tiene un pase moral; pero una raíz antinatural.

Las diferencias y el valor son conceptos distintos. El mismo valor puede aplicarse a realidades diferenciadas; personas, hechos o cosas muy desiguales, no tienen por que ser valoradas en más o en menos. ¿Por qué razón? Puestos ante dicha tesitura, nos va la marcha de la CONFUSIÓN, el valor y las diferencias los metemos en el mismo saco. Una vez confundidos, entran en acción otras debilidades de las que solemos estar bien surtidos. La fuerza, el poder, los egoismos, las grandes estructuras de dominio, políticas y ocultamientos. Con esta salsa resulta complicado entenderse. La inteligencia tropieza con muchos obstáculos y es capaz de originar otros aún mayores, le resulta menos esforzado dejarse deslizar por el tobogán de las fuerzas brutas, las que tiran de la barca. Al fin, ese suele ser un valor predominante e indiscutido.

La codicia y las dominaciones nunca se quedan satisfechas; el aumento de poder les incrementa las ambiciones. Para estas pasiones se construyen pedestales, para colocarlas elevadas y que nadie ose discutirlas. El Estado, el gran capital, las encumbradas ideologías o los engaños informativos; son estructuras que con frecuencia cambian la dirección de sus utilidades, se olvidan de los individuos básicos, con una total dedicación al servicio de las fuerzas hegemónicas.

En sus grados extremos han sido motivo de graves GENOCIDIOS y MASACRES. Hutus y Tutsis en Ruanda, Kurdos, Indios norteamericanos, entre otros muchos; reflejan con trágica claridad hasta donde pueden alcanzar las jerarquías mal entendidas. “ No es mucho lo que nos une” expresó en su manifiesto de 1855 el Gran Jefe Seattle. Entre quienes arramblan con todo y quienes sufren las consecuencias, se abre un abismo infranqueable. ¿Son jerarquías admisibles? No habrá razas, no, se había dilucidado la cuestión por los estudios previos; sin embargo, mentalidades racistas, ¡Vaya si las hay! Descubrimos muchas excusas hegemónicas degeneradas.

Los actos realizados, quizá en su mayoría, no se establecen con grandes conexiones ni devienen de argumentos bien razonados; vistos así, son circunstanciales, anodinos, sin una importante significación para la vida. Su predominio y su frivolidad les convierten en los preferidos de las celebraciones mediocres que nos invaden. Se ha instalado el ambientillo de las ANÉCDOTAS por cada rincón de la sociedad; sucesos inverosímiles, casuales y probablemente aparatosos. Por su ligereza no requieren de esfuerzos añadidos, su simpleza facilita las cosas. Ahora bien, si actuamos persiguiendo unas aspiraciones individuales o colectivas, ¿Luchamos de verdad por algo así?; las peripecias principales deberíamos derivarlas de una experiencias existenciales más enteras, de acuerdo con la verdadera entidad como personas que somos. Si nos limitamos a la base frívola de las actuaciones, ¿Podremos esperar unos logros con cierto lustre?

Aparejado con el anterior picoteo trivial y anecdótico, nos encontramos acogotados y ensordecidos por el fragor del momento, una constante en torno a los vociferantes y el ruido; a mayor grado de aturdimiento, se incrementa la fuerza de ese imperio, como aquella sensación de unos argumentos estimados como consistentes, basados exclusivamente en lo ESTENTÓREO de sus manifestaciones, al convencimiento por los decibelios. Esta tendencia sustituye a las razones en el Congreso y en el Senado; a partir de esas alturas, el ejemplo cunde en cualquier foro de discusión. Echamos de menos el reposo dialéctico e incluso al silencio que alimenten alguna reflexión. No por mucho parloteo, no por el alzado del tono de voz, se modificarán los fundamentos de una buena convivencia. Tampoco digo que sea tarea fácil, pero ha de cambiarse la orientación sonora o no elaboraremos ninguna maravilla, a los hechos me remito.

A mayor atención percibiremos los detalles con menos brumas y descubriremos cambalaches disimulados; a primera vista todo el mundo circula muy atareado, en una supuesta adaptación a múltiples QUEHACERES, abundantes e imperiosos trabajos. Observados con detenimiento, surgen las dudas con fuerza, se hace realmente poco, mucha apariencia y no se sabe bien a donde se quiere ir a parar. Si la nanotecnología permite la obtención de una célula creada en el laboratorio, se presenta como un quehacer y un logro casi supremo, aunque en realidad no supone la creación de vida propiamente dicha. Se dan respuestas con mucha altivez, mientras la tozuda realidad presenta interrogantes que escapan a los abordajes humanos. La actividad acelerada tiene a la pérdida del norte orientativo. A las respuestas fatuas no les vendría nada mal un contrapeso adecuado y humilde, con una mayor atención dedicada a las dudas y al planteamiento de los interrogantes.

Las definiciones rígidas sirven para poco con las personas; al estilo unamuniano repetiríamos, que son de carne y hueso. El individuo nace, sufre, disfruta, muere; saborea las bebidas y comidas; juega, incordia, duerme; piensa, quiere y odia. Son cuestiones difíciles de precisar en una definición y casi imposibles de medir. Por eso sorprende el excesivo recurso al CONTRATO EVASIVO, porque en vez de asumir la carga de peculiaridades con su responsabilidad; recurrimos a la escapatoria de una regulación venida desde el exterior, con la consiguiente responsabilidad achacable a los otros y a la sociedad en general. No todos los disturbios, sean mentales o de convivencia, vienen de fuera. Si uno delinque ha de ser por trastorno psicológico o falló la sociedad; el derecho a la salud no puede garantizar nada más allá de la asistencia; no hay leyes suficientes ni garantías para el equilibrio completo. ¿La PAZ? Si no la hay dentro de la propia cabeza, si juntamos varias, ya me dirán. Recalco la exageración de tenerlo todo estipulado, cuando se rige por las características de unos y otros, por la responsabilidad personal.

Hay cosas que es preciso medirlas, momentos en que una votación es lo aconsejable, la cuantificación de participantes o de la energía necesaria. Pero el ejercicio de la MEDICIÓN EXCESIVA se practica hasta extremos impropios y eso oculta gran parte de la realidad. Cuando volvió del exilio Ernestina de Champourcín encuentra un Madrid populoso y destaca el contraste. “Entre tanto gentío, nadie va, nadie viene”. El número como disolución de intenciones y cualidades. Ante las hegemonías de uno u otro pelaje, conviene disponer del recurso de la brega personal, consecuente y a la vez tolerante, no se acaba este requerimiento. El reposo y la felicidad son momentáneos, son la gloria de una vida buena. “Y Dios no te de PAZ y si gloria”, nos deseaba el buen inconformista de Unamuno.

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