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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Cibercondria

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 26 de mayo de 2010, 07:56 h (CET)
Mark Twain, el conocido escritor norteamericano hace más de un siglo que dijo con su ironía característica: “Vigile cuando consulte libros de medicina. Puede morir de una errata”. El deseo incontrolado de diagnosticar a través de la Red un sentido a los síntomas se llama ‘cibercondria’ . La propensión a caer en horrorosas conclusiones médicas forma parte del talante humano. Ya hace 2.500 años que Hipócrates encuñó la palabra ‘hipocondría’, “la enfermedad mental caracterizada por una preocupación excesiva por la propia salud, a menudo acompañada de melancolía” , define el diccionario.

Lo que nos dice Jordi Dalmases, presidente del Colegio de Médicos de Barcelona, nos puede hacer sonreír. Un día se le presentó una señora con un pliego de páginas recién impresas. Según los papeles el dolor de rodillas que tenía la mujer era un carcinoma de huesos. “Le dije que mi abuelo también le hacían daño los huesos, que le hicieron daño toda la vida, y que lo único que hizo fue hacerse friegas con alcohol de romero”.

El Dr. Albert Boada dice haber detectado casos de ‘cibercondria’: “Algunos me sugieren las pruebas diagnósticas que, según he leído, están indicadas para descartar o confirmar una enfermedad”. El mismo Dr. Boada dice que tuvo un paciente que estaba convencido que tenía ‘celiaquia’. Le hice las pruebas correspondientes y aquella enfermedad quedó descartada del todo., pero él insistió y volvió a insistir. Como no estaba convencido del diagnóstico cambió de médico”.

Detrás de la ‘hipocondría’ clásica o de la ‘cibercondria’ digital moderna se esconde un miedo intenso a morir. La muerte es el enemigo terrible que cabalga alrededor nuestro empuñando la guadaña mortífera esperando la oportunidad para segar nuestras vidas. A este adversario se le ha de combatir como sea. Emprender esta lucha desigual con nuestras débiles fuerzas está condenada al fracaso. Todo lo contrario, hace empeorar la condición sanitaria de quien lo hace. Además de los achaques que acompañan al pecador condenado a muerte, se le deben añadir las obsesiones para mantenerse sano a cualquier precio, que marchitan el alma.

En los salmos, el rey David habla de los enemigos que quieren destruirlo y que son más fuertes que él. Los vence, dice, acogiéndose a la protección de Dios. Nuestros enemigos no son caballeros que empuñan espadas amenazadoras, sino achaques físicos y mentales que también venceremos si nos cobijamos bajo las alas protectoras del Señor.

El salmo 23 que nos es tan familiar porque se lee en los entierros y aparece impreso en los recordatorios, se le interpreta mal cuando su utilidad se aplica en los funerales en el sentido que el Buen Pastor guía al difunto en su viaje al más allá. David no lo escribe para los muertos. Su instrucción es para el hoy aquí en la tierra. En los momentos de dificultad, que lo son los divorcios, crisis económicas, cataclismos, enfermedades…, el Señor es nuestro Buen Pastor que provee todas nuestras necesidades, haciéndonos descansar en pastos de hierba tierna y nos conduce junto a aguas de reposo , restaurando a nuestra alma proveyéndole todo lo que necesita.

El salmo 23 también es útil cuando los afectados de ‘hipocondría’ o ‘cibercondria’ están excesivamente preocupados y melancólicos. El Señor restaura la dolencia del alma cuando guiándonos por senderos de justicia nos hace entender que la muerte física no es el final de la existencia:

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria?, ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (I Corintios 15:55-57).

En el momento en que los achaques nos anuncian que la muerte se acerca y nos llenan de pavor, saber que Cristo con su muerte y resurrección ha vencido a la Muerte, nuestro enemigo más temido, este conocimiento nos hará decir con David el autor del salmo del Buen Pastor: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores, unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando.

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