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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La izquierda y la derecha en el siglo XXI

Fabricio de Potestad
Redacción
lunes, 10 de mayo de 2010, 06:41 h (CET)
A fin de poder enfocar la cuestión de la izquierda y la derecha desde una perspectiva objetiva, hay que proceder intelectualmente a una revisión epistemológica, libre de los sentimientos y de los prejuicios habitualmente arraigados en la sociedad, para poder así analizar, interpretar y elaborar los datos de una diferencia real y racional entre lo que se considera progresista y conservador. Las clases dominantes siempre han detentado el poder político para conservar sus privilegios y, como respuesta, los trabajadores se han visto obligados a organizarse sindicalmente para reivindicar derechos sociales, laborales y mejorar sus condiciones de vida. De esta manera se han ido consolidando a lo largo de la historia dos posiciones dialécticamente opuestas: izquierda y derecha.

La derecha y la izquierda han tenido históricamente posiciones antagónicas sobre diversas cuestiones como la moral, las clases sociales, el modelo económico, la igualdad, la democracia y la propiedad privada. Pero ¿hasta qué punto siguen siendo objeto de oposición estos asuntos? ¿Qué ha cambiado socialmente para que esta dialéctica se ponga en cuestión, hasta el punto de que hay quien declara la muerte de las ideologías?

En la actualidad, todos los partidos políticos europeos son constitucionalistas, admiten las libertades públicas, la democracia, la declaración Universal de los Derechos Humanos, un régimen de protección social e incluso combinan la iniciativa privada con cierta intervención estatal. Por tanto, izquierda y derecha ya no se oponen de plano en las cuestiones fundamentales. Rorty llega a decir que hoy día una medida política es buena si logra el fin que se propone y una proposición ideológica es verdadera sólo en la medida en que cumple con su cometido. La utilidad, por tanto, se erige en árbitro de la verdad o falsedad de las propuestas de los partidos políticos. Sin embargo, lo que realmente ha dado lugar a la derecha y a la izquierda, independientemente del conflicto entre girondinos y jacobinos, han sido las desigualdades sociales que siguen siendo dramáticas, por lo que la distinción originaria sigue siendo necesaria. La actual división, algo virtual, entre ambas resulta a la vez ineludible y aciaga. De una parte, no podemos ignorarla porque, como veremos más adelante, se pueden todavía identificar diferencias reales y sustanciales y, además, es imprescindible que exista en democracia una clara oposición que fiscalice la acción del gobierno de turno. De otra, es funesta porque las diferencias virtuales ocasionan falsos desencuentros, tensiones innecesarias y obstaculizan la posibilidad de llegar a acuerdos que son muchas veces necesarios. La dialéctica extrema entre la derecha y la izquierda no es solamente exagerada, arcaica y perniciosa, sino que, además, es un obstáculo para la concordia y la estabilidad social. Si de forma sistemática tenemos dos posiciones beligerantes, dos bloques antagónicos y monolíticos que no se hacen ninguna concesión sea cual sea la cuestión acerca de la cual debaten, además de ser contrario al sentido común y a la razón, pueden llevarnos a una escisión profunda de la sociedad y pueden comprometer el consenso en cuestiones de interés general. Más aún, si nos atenemos a las afirmaciones de Chomsky, Napoleoni y Ziegler acerca de que las democracias gobiernan sobre economías que no controlan, con más razón si cabe se debe tender a políticas consensuadas, sobre todo a nivel macroeconómico y transnacional.

En la práctica, es frecuente observar como los representantes electos de la mayoría respaldan incondicionalmente al gobierno mientras que la oposición, incluso si considera buena una iniciativa, vota en contra como una piña, lo cual no deja de ser absurdo, pues demuestra que en política no impera la racionalidad ni el sentido común, sino la disciplina de voto sobre cualquier otra cuestión. Quizá si los representantes de la derecha y la izquierda, en aras del interés general e independientemente de su legítimo derecho a mantener sus posturas discrepantes, tuviesen una mayor predisposición a negociar y a llegar a acuerdos, hubiese mayor estabilidad económica y menor crispación social. En definitiva, en la actualidad la mayoría de las diferencias ya no son validas, pues ambas tendencias ideológicas han optado por la democracia, la economía de libre mercado, la libertad de conciencia y religión, el Estado laico, la sociedad interclasista y el mantenimiento de una red de protección social. Tampoco el derecho a libre opinión, manifestación, asociación o huelga son cuestión de debate. Ni siquiera existen grandes disensiones en lo que hace referencia al mercado laboral, pues todos los países de la Unión Europea, gobierne quien gobierne, disponen de una regulación que reconoce una serie de derechos de los trabajadores, como un salario mínimo, vacaciones, baja por enfermedad, permiso por maternidad, jubilación y otros relacionados con la duración de la jornada laboral y el despido. Por tanto, todo lo que durante mucho tiempo fue tema de controversia, ya no lo es. En cualquier caso, no podemos ignorar que hay una izquierda y una derecha que responden a ciertas diferencias políticas tan reales como necesarias. Pero ¿cuál es la discrepancia entre ambas que aún sigue vigente? En mi opinión la diferencia esencial se halla en el dispar criterio con el que ambas formaciones fundamentan la ética, los principios y los valores. Trataré de explicar esta cuestión a continuación.

La diferencia más importante entre la derecha y la izquierda es la ética. La derecha opta por una moral crédula, heredada de las religiones, es decir, basada en verdades absolutas y, por tanto, incuestionables, cerradas e inapelables. La izquierda, en cambio, heredera de la Ilustración, se rige por una ética racional, basada en el poder de los argumentos, en las pruebas y en el consenso social. Es, por tanto, más flexible, pragmática y versátil. La consecuencia es la dificultad o imposibilidad que tiene la derecha para aceptar cuestiones tales como el matrimonio homosexual, el uso del preservativo o de los anticonceptivos, la píldora del día después, la interrupción voluntaria del embarazo, la manipulación genética, la investigación con células madre o la clonación, por poner algunos ejemplos.

Mientras que la izquierda, sujeta a la realidad y al positivismo, si puede afrontar libremente estas cuestiones y dar respuesta a estas demandas sociales. Sin embargo, también este argumento es relativo, pues en la derecha hay agnósticos y en la izquierda creyentes.

La derecha cree todavía que la naturaleza determina comportamientos acordes y contrarios a ella, por lo que considera necesario restringir ciertos comportamientos porque ve algo inmoral en ellos. Por el contrario, la izquierda, de acuerdo con el empirismo y el positivismo, piensa que nada hay escrito en la naturaleza, por lo que considera que son los seres humanos los que deciden que es lo bueno y lo malo. Por consiguiente, la moral está sometida a criterios racionales y a evidencias científicas, pero nunca a creencias. La izquierda se organiza en función de la percepción de la realidad y sobre la base de las relaciones intersubjetivas, es decir que no reconoce en materia de moral nada externo al ser humano, mientras que la derecha se instituye de acuerdo con condicionamientos externos de origen supuestamente trascendental, aunque no aporte prueba objetiva alguna sobre sus afirmaciones.

Así, en relación con la enseñanza, la izquierda es favorable a un tipo de educación ética fundamentada en la racionalidad y no en las creencias. La derecha, por el contrario, opta por la educación familiar, que se basa, en general, en un adoctrinamiento de carácter religioso. La izquierda, sin poner en cuestión tal modelo educativo, considera que es una obligación del Estado formar ciudadanos críticos y libres, por lo que se inclina por completar la educación libremente elegida por las familias con una educación basada en la racionalidad científica, igual para todos e independiente de sus convicciones y creencias.

Históricamente, la lucha de clases era la marca sustancial de la izquierda, hasta el punto que el objetivo primordial era, sin ambages, la desaparición de las clases mientras que la derecha consideraba que las clases eran una consecuencia inevitable del derecho a la propiedad privada y un elemento constitutivo del libre mercado, única economía viable y eficiente. Lo cierto es que aceptado el libre mercado –tras el fracaso de la economía planificada del sistema comunista− en la actualidad, la izquierda y la derecha son interclasistas, lo cual supone para la izquierda un problema, pues es contrario a la igualdad que propugna. La derecha da por sentado de que así es como mejor funciona la economía, pues la libre iniciativa empresarial genera riqueza. De ahí que sean partidarios de favorecer fiscalmente a las empresas, de moderar los salarios de los trabajadores y de abaratar el despido, pues la disminución de los costes de producción incentivan la inversión y, por consiguiente, generan empleo. No cabe duda de que esta afirmación, en las coordenadas de una sociedad de libre mercado, es cierta. Pero también es verdad que una disminución de la recaudación de impuestos conlleva un recorte en las prestaciones sociales. Por ello, la izquierda, fiel a sus valores, trata de paliar las consecuencias de su renuncia a una sociedad sin clases mediante la política fiscal, es decir, cobrando más a quien más tiene, con objeto de redistribuir la riqueza y mantener la suficiencia de la red de cobertura social. Asimismo regula el mercado laboral para proteger los derechos de los trabajadores, facilitando además que la dialéctica entre ambas clases se exprese a través de la acción sindical y los convenios colectivos, cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de los empleados.

Otra cuestión muy debatida hoy es la distinción entre progresismo y conservadurismo, que clásicamente se asocian a la izquierda y derecha respectivamente. La opción más progresista es aquella que garantiza la libertad, extiende los derechos civiles, crea riqueza, genera empleo, innova tecnología, promueve el avance científico, presta servicios sanitarios, educativos y sociales eficientes y de calidad, pero, sobre todo, proporciona la cohesión social mediante un reparto justo del progreso obtenido. Curiosamente, la característica que define mejor la concepción conservadora es la creencia en una moral absoluta sobre la que la derecha sustenta un entramado ideológico rígido y estable que deja poco margen a la evolución y al cambio social. El progresismo, en cambio, responde a una liberalidad ética con respecto a los fundamentos morales y sociales de cada coyuntura histórica, lo que permite la permanente verificación racional de los mismos de acuerdo a la evolución de las necesidades sociales. Esta concepción relativa de la verdad favorece que la sociedad se adapte mejor a unas determinadas circunstancias, en un tiempo concreto y en un lugar específico. Por tanto, la izquierda es más apta para el progreso, pues, en la medida en que fundamenta la moral en la razón y en el consenso, tolera mejor la libertad de pensamiento, la pluralidad y la diversidad de experiencias humanas. En conclusión, ser progresista se basa en la capacidad de visualizar la necesidad de renovar permanentemente la sociedad, para ajustarla a lo que los ciudadanos demandan en cada momento, poniendo el acento en la redistribución de la riqueza y en la protección social.

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