Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El científico, ¿ángel o diablo?

Javier Úbeda Ibáñez
Javier Úbeda
viernes, 30 de abril de 2010, 05:30 h (CET)
Es un hecho, bien patente en nuestra sociedad contemporánea, que el investigador científico constituye uno de los tipos humanos de mayor prestigio. No sólo porque la investigación científica y su aplicación tecnológica han cambiado nuestra manera de vivir y la han hecho más cómoda y segura, sino también porque al científico se le concede cada vez mayor audiencia en el planteamiento y resolución de los problemas sociales. Para las masas humanas que viven en países avanzados, el científico es, a la vez, un mago y un profeta; un mago que en el quirófano, en los laboratorios de las Universidades o de las grandes firmas farmacéuticas o de electrónica, practica una maravillosa magia blanca; un profeta que predica desde la pantalla del televisor, desde los periódicos o las revistas de divulgación un futuro de promesas ilimitadas.

Pero es también innegable otro hecho: la creciente preocupación por los efectos, poco deseables o positivamente destructores, de ciertas investigaciones científicas. El hombre de la calle sabe que la carrera de las armas nucleares, químicas y biológicas se disputa en el secreto de los laboratorios de investigación. Sabe también que los avances de algunos distritos de la ciencia (manipulación psicológica, experimentación clínica, etc.) constituyen una siniestra amenaza a la libertad de los ciudadanos. Hasta no hace mucho, la gente estaba convencida de que el sabio y bondadoso hombre de ciencia, distraído para todo lo que no fuera su propia investigación, era un ser esencialmente benéfico, al que se podía dejar solo sin imponerle ningún control. Hoy ya no se admite esta risueña imagen, casi angelical, del investigador.

El árbol de la ciencia da abundancia de frutos sabrosos. Pero también da algunos amargos y venenosos. La ciencia no puede trabajar de espaldas a los valores éticos. Hay ya suficientes pruebas de que el optimismo cientifista, dejado libremente a su propia dinámica, puede alcanzar resultados maléficos. Algunos abusos cometidos en la realización de ciertas investigaciones han venido a recordarnos dramáticamente que la indagación científica –al igual que cualquier otro aspecto de la actividad humana– debe supeditarse a los principios morales comunes.

Noticias relacionadas

El sermón final de San Óscar Romero sigue resonando en la actualidad

Ante una orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matarás

Complot de iluminados para asesinar al Kingfish

Inquietantes datos detrás de asesinatos políticos fundamentan teorías conspirativas que por mucho tiempo se consideraban producto de una paranoia delirante

El histrionismo de P. Sánchez, muestra de la peor demagogia

“Enséñale a ignorar los gritos de las multitudes que solo reclaman derechos sin pagar el costo de sus obligaciones” Abraham Lincoln

Usar la libertad y la razón para ser personas

Cuidado con las ideas que tratan de imponernos

Gobierno y la campana Montserrat

Dolors fue la campana salvadora
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris