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Etiquetas:   Corrupción   Historia   -   Sección:   Opinión

Del problema cultural del engaño a la corrupción institucionalizada

La complicidad ha sido clave para levantar el edificio de la corrupción, la educación en valores es el único salvavidas que le queda a la democracia
Jesús Portillo Fernández
@portillus
domingo, 9 de octubre de 2016, 11:05 h (CET)
Horacio, el poeta latino, decía que “si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”. Tenemos un serio problema educacional y cultural relacionado con la tolerancia y la tendencia al engaño. No debería sorprender a nadie el panorama político español, la sangría económica que ha supuesto lo que decidieron llamar crisis y la impasibilidad del pueblo que lo sufre.

La orquestación del robo del Estado de Bienestar ha sido una obra maestra que ha justificado durante los años de recesión, crisis e inicio de la recuperación, el empobrecimiento de la ciudadanía y el proporcional enriquecimiento de grandes fortunas. La corrupción es un problema de base que parte de las estructuras sociales más básicas y las relaciones establecidas entre ellas.

España hace mucho que se instaló en la cultura de “roba si puedes, porque si no serás el único que no lo haga”. El hecho de haber aceptado que ser político a cualquier nivel implica robar a las arcas del Estado, subirse al carro del lujo costeado por los presupuestos públicos y gozar de impunidad vitalicia, es un indicador inequívoco de que la ciudadanía no es ciudadanía, sino simples contribuyentes sin garantías.

Quizás el problema más acuciante al respecto sea la educación. Salvo un puñado de instituciones que apuestan por la innovación y la educación en valores, no existe un plan integral de formación que lleve a las aulas el aprendizaje de la “autonomía personal”, la “limpieza” como obligación cotidiana, el “protocolo social y las buenas maneras”, la “actitud crítica” y la “construcción de la ciudadanía”. Las dos últimas, encomendadas durante años a las asignaturas de filosofía, están desapareciendo progresivamente gracias al incansable interés de los políticos conservadores y de pseudo-izquierda por extinguirlas. Sin embargo, el crecimiento de programas de televisión en franjas horarias infantiles en los que la mala educación, los insultos, los micro-machismos explícitos y consentidos, el ocio del daño (ganancias a cambio de destruir la imagen de otra persona), la homogenización de la estética (o vas a la moda o eres un paria) y la parodia de la corrupción refuerzan un modelo destructivo de ciudadano.

No es casualidad, desde luego, que muchos españoles describan públicamente su país como una nación de bandoleros, de chorizos y de engaño. No hablamos de picaresca utilizada para sobrevivir, nos referimos al elaborado modus operandi que más de los deseados utilizan a diario: cobrar el desempleo a la vez que los trabajos en negro, ofrecer y pedir facturas sin IVA, solicitar ayudas maquillando los ingresos de la familia, alquilar inmuebles sin contrato para evitar declararlo a Hacienda, pagar peonadas agrarias y no trabajarlas para cobrar las ayudas, contratar a amigos y familiares saltándose los concursos-oposición, etc. Por otra parte, los más jóvenes llegan a una sencilla conclusión al leer la prensa y descubrir la impunidad con la que se roba en España: es rentable pasar seis meses o un año en la cárcel, al no tener antecedentes, dando un palo grande y desviando fondos a paraísos fiscales, si luego vives sin trabajar el resto de tu vida.

Tenemos la responsabilidad de enseñar a las nuevas generaciones que estábamos equivocados, debemos endurecer las leyes para que los ladrones, asesinos, violadores, pederastas… sean castigados y no se conviertan en modelos a seguir por otros. No obstante, servirá de poco si no enseñamos a nuestros pequeños que es importante el respeto (a la autoridad, a los profesores, a los médicos, a los vecinos, a los jefes, etc.) y que la libertad de una persona acaba donde comienza la de las otras. Muchos han querido olvidar que no hay derechos sin deberes, que formamos una sociedad en la que todos deben aportar para que todos reciban. ¿Cómo ha pasado esto? Es complejo, pero sin duda la complicidad ha sido clave para levantar el edificio de la corrupción. Al implicar unos a los otros, al ser cómplices de los primeros, al tener que encubrir y no delatar, se forja la estructura del engaño.

Tenemos las soluciones, solo hay que querer tomarlas. Los ciudadanos tienen que percibir que el trabajo tiene recompensa, que el delito y la violencia reciben castigo, que respetar hace que te respeten, que todos somos iguales pero ocupamos roles distintos que deben cumplirse para que la sociedad funcione. Y sobre todo, tenemos una tarea pendiente que solo se conseguirá desde el seno de cada familia: debemos enseñar a nuestros pequeños el esfuerzo que cuesta conseguir las cosas, que la constancia es la clave del éxito, que la fidelidad a las personas te consagra como alguien de confianza y que hay que invertir tiempo en los demás (además de en nosotros mismos). Mientras justifiquemos el fraude con la inferioridad, la violencia con la defensa y la complicidad con el miedo, no podremos construir lo que un día creyeron nuestros abuelos que tendríamos: un estado libre de derechos y deberes en el que poder ganarse la vida y sentirse seguro.

Louis de Bonald dijo que “los hombres son pervertidos no tanto por la riqueza como por el afán de riqueza”. Jamás conseguiremos el objetivo, nunca se acabará la podredumbre, pero sí que podemos plantar bellas orquídeas en el lodo del pantano; y ese debe ser el verdadero objetivo.
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