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Jesús Portillo Fernández
Jesús Portillo Fernández
Disponemos de los medios necesarios para regenerar el planeta y subsanar los perjuicios causados, pero los principios económicos de rentabilidad y crecimiento exponencial lo impiden
"Sé el cambio que quieres ver en el mundo" (Mahatma Gandhi). El hecho de no poder cambiar el mundo no debe frenarte en tu intento de mejorarlo. Lo primero es tomar conciencia de los problemas, luego, querer solucionarlos y, por último, actuar en la medida de tus posibilidades; porque cada gesto cuenta y la suma dependerá de cuántos quieran hacerlo.

Se invierten enormes cantidades de dinero en construir rascacielos, dársenas de lujo, en hidratar zonas desérticas para hacer campos de golf, en levantar esculturas colosales y santuarios en honor a divinidades, en aplanar terrenos abruptos para erigir grandes superficies comerciales y edificar zonas residenciales en el litoral; pero, ¿qué hacemos para salvar el planeta? O dicho de un modo egoísta, ¿qué hacemos para no extinguirnos?

Nos enfrentamos a un cambio climático sin precedentes en la historia de la humanidad, acelerado desde luego por la constante agresión al medio: polución industrial y de transporte, enterramiento de residuos, incineración de basuras; caza, pesca, explotación minera y deforestación sin control; vertidos industriales en ríos y mares, acumulación de residuos plásticos que destruyen ecosistemas completos, generación y abandono de materiales radioactivos y un larguísimo y desgraciado etcétera. Somos con diferencia la peor plaga del planeta, tenemos un comportamiento parasitario y no tomamos conciencia de la limitación de los recursos y la irreversibilidad de los daños causados al medio ambiente.

Disponemos de los medios necesarios para regenerar el planeta y subsanar los perjuicios causados. Gracias a las desalinizadoras podemos reforestar una zona desértica creando sistemas de regadío que hidraten el subsuelo y la superficie, fertilizando y optimizando el rendimiento y la habitabilidad del terreno. Es más, se han inventado sistemas de redes que captan la humedad ambiente (el rocío de la madrugada) y la convierten en agua apta para riego en zonas totalmente desérticas. Gracias a las depuradoras podemos filtrar el agua de los océanos y evitar que la fauna quede atrapada y muera entre los desechos sólidos. Ya existen purificadoras de aire que incluso convierten los gases nocivos que respiramos en joyas mediante un sistema de compresión. De igual modo que se depura el agua de los acuíferos, de los lagos y de los ríos para consumo humano, pueden depurarse las aguas residuales domésticas e industriales hasta volverlas inocuas al medio mediante procesos químicos.

Un segundo asunto es el crecimiento insostenible de la humanidad, desde un punto de vista energético, de víveres, de extensión y de densidad demográfica. Nos vemos abocados a una lucha sin precedentes por la tierra emergente, ya que el nivel del mar está subiendo cada año debido a la descongelación de los casquetes polares, acelerado por la contaminación. La pesca indiscriminada para satisfacer las necesidades de los restaurantes de todo el planeta, la caza de animales (deportiva y/o furtiva) en peligro de extinción; la tala masiva de árboles para dejar hueco a plantaciones específicas, hacer leña y madera para construcción, así como la sobreexplotación de los recursos mineros están agotando las reservas de los ecosistemas y mermando significativamente la biodiversidad.

En tercer lugar, ¿cómo alimentamos energéticamente un mundo que engulle a gran velocidad sus recursos? Durante los siglos XVIII, XIX y XX se ha consumido una parte importante de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas), se han explotado yacimientos mineros hasta agotarlos por completo (oro, plata, cobre, aluminio y en los últimos años los ambicionados grafeno y coltán para la microelectrónica) y se ha acabado con especies enteras o se las ha puesto en riesgo de extinción para satisfacer modas, supersticiones o medicina tradicional (marfil, cuernos, aceites, pieles, etc.). En cuanto a la generación de energía, el desarrollo de tecnologías nucleares y radioactivas de fusión y fisión ha proporcionado a la humanidad un amplio margen de consumo que debido al crecimiento pronto se verá saturado. Las alternativas renovables como la energía solar, eólica, mareomotriz, geotérmica, biomasa y biocarburantes podrían mantener suficientemente las necesidades del mundo moderno, sin embargo, no terminan de despegar debido a las trabas que ponen los gobiernos y sus alianzas con las eléctricas. En algunas zonas de España, como en las Islas Canarias, llegamos a tener hasta 4.800 horas de luz solar al año aprovechables mediante placas solares, que los intereses económicos han conseguido contrarrestar con impuestos para evitar el autoabastecimiento energético.

Todo esto lleva aparejado un impacto humano significativo: la concentración del capital y el empobrecimiento del resto de la población, la aparición de empresas militarizadas o mafias que esclavizan a la población como mano de obra gratuita, la explotación laboral infantil; el empeoramiento de la salud debido a exposición radioactiva, inhalación de concentraciones tóxicas procedentes del tráfico y las emisiones industriales; la masificación y el hacinamiento de la población en zonas insalubres cercanas a factorías o a vertederos (consecuencia de la pobreza extrema), aparición o reaparición de enfermedades que llegan a convertirse en pandemia, etc. En relación a la imposibilidad de pagar a los suministradores de energía y no poder instalar sistemas de autoabastecimiento por el gravamen impuesto, hablamos de pobreza energética (en núcleos del cuarto mundo) en países desarrollados y ausencia total de abastecimiento en países pobres.

Por último, resulta paradójica la inversión millonaria en misiones espaciales y el recatado presupuesto destinado a nivel global a la sostenibilidad, al reciclaje, a la reforestación, a la conservación de los recursos limitados y a la concienciación ecológica, una de las asignaturas pendientes en casi todos los planes de estudios del mundo. Buscamos planetas compatibles con el cuerpo humano que dispongan de recursos, pero no cuidamos el vergel capaz de regenerarse que tenemos. Desde un punto de vista biológico también es un sinsentido el hecho de que el dinero destinado a investigación cosmética sea muy superior al dedicado a enfermedades crónicas y comunes, siendo la brecha infinitamente mayor si nos referimos a enfermedades raras. Los principios económicos de rentabilidad y crecimiento exponencial están jugando un papel decisivamente negativo en la viabilidad de la vida humana.

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