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Jesús Portillo Fernández
Jesús Portillo Fernández
Las redes sociales se están convirtiendo en una herramienta para banalizar el sufrimiento, en un falso buscador de ayuda emocional, en un mecanismo para reforzar la autoestima y en un cineclub de dramas locales
La convivencia en las redes sociales es un fenómeno complejo debido, principalmente, a cuatro características de este entorno virtual: 1) Los malentendidos, la asunción de alusiones y la tergiversación se basan en la falta de entonación del mensaje, en la inadecuada contextualización y en la creencia egocentrista de que se es el destinatario de todos los mensajes de la red. 2) La interpretación de la información suele carecer de contexto y marco comunicativo, por lo que se obvian o se añaden sin criterio, atendiendo a las experiencias personales. 3) Al no tener relación directa con la mayoría de los contactos de la red y no saber de sus experiencias vitales, los miembros se permiten comentarios sobre actitudes o colectivos no afines, a veces ignorando la pertenencia a estos de sus contactos. 4) El individualismo y la reducción de los acontecimientos, igual que en la realidad, hacen que los perfiles sean ventanas a perspectivas particulares que no siempre se comparten.

Echar un vistazo al muro principal de una red social supone asomarse a la ideología, los intereses, las experiencias, la biografía, las denuncias, las reclamaciones y, sobre todo, a la imagen pública que la persona pretende difundir en su círculo social. Sin embargo, son muchos usuarios los que utilizan las redes como terapia de grupo para contar e intentar resolver sus problemas personales, en lugar de buscar consejo de personas de confianza o ayuda profesional. La urdimbre virtual es complicada porque al igual que las publicaciones de un usuario se reducen a ciertos temas y perspectivas, la imagen que el resto tiene de él se empobrece y polariza. Es decir, se desarrollan bandos a favor y en contra de cualquier tema, una especie de maniqueismo que encasilla a las personas. Está claro que este posicionamiento en la mayor parte de los casos, por no decir en todos, es consciente y querido.

No obstante, se está produciendo un fenómeno llamativo en torno a la experiencia del sufrimiento que lo está magnificando, e incluso falsificando la escala de penuria. Más allá del nivel de resistencia y resiliencia, los recursos psicológicos y emocionales, el entorno en que haya vivido, la intepretación y la aprehensión de cada persona, sí que entendemos objetivamente un rango de padecimiento. Publicaciones como “quien tenga mi muñeco vudú, que lo suelte ya”, “dicen que Dios da las más difíciles misiones a sus mejores soldados, creo que a mí me confundió con Rambo” o “ya va siendo hora de que la diosa Fortuna me sonría, porque lleva cagándome toda la vida” son exageraciones que muchos usuarios hacen suyas queriendo equiparar un contratiempo con una desgracia.

Este tipo de prácticas, cada vez más frecuentes, debilitan a las personas y sobredimensionan las adversidades, siendo más propensas a sentimientos de frustración e impotencia. Sin embargo, yendo más allá de la afectación personal, podemos encontrar grupos que utilizan con asiduidad las palabras “sufrimiento”, “tortura”, “martirio” o “castigo” para referirse a situaciones en las que se ven privados de lujos (teléfono móvil, conexión a internet, dinero para comprar ropa nueva, etc.). Debido a la prolongación de la adolescencia en occidente, entre otras causas, también es habitual encontrar estos patrones lingüísticos de dramatización en usuarios de mediana edad. Esta concepción desproporcionada del descontento, que no sufrimiento, aparece en personas de renta acomodada con pocas o ninguna carga, sanas o con enfermedades comunes transitorias y que no han vivido una tragedia (maltrato, guerra, persecución, orfandad, hambre, violación…).

Es lógico que la percepción de realidad, dependiente de las experiencias vividas, sea distinta en cada persona, pero sería interesante tomar conciencia de la repercusión que esta visión adulterada del sufrimiento causa en las personas que lo usan con impropiedad y en las que realmente sufren.

Por último, quisiéramos reparar en el sentido que tiene la costumbre de compartir en público indicios o pistas de los problemas privados. En lugar de hablarlo en persona o mandar un mensaje privado, cada vez son más los que se suben al carro del relato de intriga. A modo de anzuelo dejan unas pinceladas del problema en cuestión y esperan a que lluevan los mensajes públicos, respondiendo que lo están pasando muy mal y que ya le contará en persona. Estamos ante un nuevo mecanismo de validación y refuerzo de la autoestima, siendo el sufrimiento el cebo con el que verifican el seguimiento de sus contactos. Todo esto, como tendencia, suele ir acompañado de hashtags en los que tituliza el motivo de la confesión incompleta, sumándose de este modo a otros que sufren o dicen sufrir el mismo problema.

Lo trágico de todo esto es que mientras unos desnudan sus penas públicamente, otros calientan palomitas para disfrutar del drama; que mientras los primeros exageran sus descontentos, los segundos se hunden en sus auténticas miserias y, que mientras haya gente que confunda contratiempos con penurias, menos solidaria y empática será la humanidad. Fenelón decía que “el sufrimiento depende no tanto de lo que se padece cuanto de nuestra imaginación, que aumenta nuestros males”; no hagamos del grano la montaña y veamos la viga en nuestro ojo, en lugar de la paja en el ajeno.

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