Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos El Viajero Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Jesús Portillo Fernández

Doctor en Filología, licenciado en Filosofía y Humanidades e investigador de la Universidad de Sevilla, entre otros pasatiempos del estilo. Columnista de problemas humanos y concienciación social (educación, ética, política y cultura).



Twitter: @portillus
Email: jesporfer@gmail.com
Jesús Portillo Fernández
Últimos textos publicados
Presunción de culpabilidad: la tiranía de las lenguas
Los límites de la democratización de la sociedad deben fijarse en los tribunales
La esencia de la democracia, y a la vez su mayor peligro, es el propósito de dar voz y voto a todos los miembros de la sociedad. Todas las voces deben ser escuchadas y respetadas, pero no todas las voces tienen el mismo crédito. La formación, la experiencia y la veteranía marcan la diferencia, distinguen una tasación de la valoración a ojo de buen cubero, la vacilación de la certeza y la opinión del juicio razonado. No somos expertos en todo, no podemos saber de todo y no deberíamos, por tanto, opinar de todo. Sin embargo, hablar es gratis y a menos que nuestras declaraciones queden registradas de alguna forma y puedan utilizarse en nuestra contra, podemos hacer un daño irreparable sin recibir castigo. La manipulación mediática al servicio de intereses de los poderosos puede cambiar la opinión pública con información sesgada e incompleta, o mediante mentiras.

Debemos ser prudentes y pensar hasta qué punto estamos capacitados para opinar sobre cualquier asunto, cuanto más, si se trata de casos judiciales en investigación de los que solo se filtran retazos de lo sucedido y cada uno lo utiliza para fundamentar su punto de vista. La eterna batalla de algunos por la libertad de expresión sin límites no tiene sentido en un grupo de millones personas reguladas por un contrato social. La defensa de la violencia, la acusación sin pruebas, la apología del odio, la destrucción de la presunción de inocencia y el engrose de las desigualdades sociales de cualquier tipo son, entre otros, las fronteras que no deberían cruzarse si queremos mantener la convivencia pacífica. “In dubio pro reo” y “Habeas corpus”, dos fórmulas clásicas que evitan de un modo sencillo la criminalización y la retención ilimitada de una persona, otorgándole el derecho a un juicio justo ante un tribunal imparcial.

Es preocupante escuchar por la calle opiniones que descubren los mismos y rancios prejuicios contra los débiles, apoyados en el racismo, en el clasismo, en el machismo, en la homofobia, en la xenofobia y en la intolerancia religiosa. Cuando queremos creer no necesitamos pruebas y ese el principal tóxico de la “masa”, como decía Ortega y Gasset. No es tan difícil percibir la presunción de culpabilidad que muchos defienden, pero siempre hacia el pobre, hacia el extranjero, hacia desfavorecido. España es el país de los bares y esto se refleja en cualquier rincón, encuentras grupos de personas despotricando sin saber exactamente de lo que hablan, reforzándose unos a otros: conversaciones banales de taberna. “Ser independiente de la opinión pública es la primera condición formal para lograr algo grande” (F. Hegel).

El fallecido escritor italiano Umberto Eco decía el pasado 2015 que “las redes sociales dan voz a legiones de idiotas”. Una afirmación rotunda y controvertida, sin duda, que descubre una idea innegable: la falta de filtro en las declaraciones de los usuarios que hacen daño gratuito a otros, por placer. Igual que el alcohol no te obliga a hacer o decir cosas que no querías, sino que favorece la predisposición que tenía esa persona a hacerlo; las conversaciones en grupo (en vivo o en plataformas virtuales) desnudan el verdadero punto de vista de un individuo cuando descubre que otros comparten su perspectiva, aunque perjudique a terceros. Es más, muchos lo utilizan para ganar popularidad y reforzar su autoestima al sentirse integrado en el grupo al compartir los mismos principios. Lo más esperpéntico e irónico de todo es la exigencia de respeto de unos, mientras acusan sin pruebas a otros. “¡Justicia, juez!, pero por la acera de enfrente”, dice el refranero. La gente que usa su lengua viperina como metralla a discreción en asuntos que no le afectan, no reparan en que podría ocurrirle a ellos, deseando entonces que se traten sus problemas con discreción, y a poder ser bajo secreto de sumario, para que no afecte a su imagen pública.

El cansancio ante la impunidad de violadores, asesinos y ladrones, no justifica en ningún caso que la víctima sea la responsable de lo que le ha pasado, no guarda relación. Hagamos una llamada a la prudencia, al respeto y a la justicia. Los juicios mediáticos y populares suponen el riesgo de contaminar la percepción de lo sucedido, aunque se disponga de todos los datos; aumentando la irritación y la violencia. Los prejuicios y las emociones negativas, como la venganza, actúan de filtros que deforman la realidad, argumentando razones donde nos las hay. No deberíamos tener distintas opiniones del mismo caso porque haya diferentes acusados, eso es realmente injusto. “Cuando hayas de sentenciar procura olvidar a los litigantes y acuérdate sólo de la causa” Epícteto de Frigia.
jueves, 21 de julio de 2016.
 
El olvido del comido y el cacique disfrazado
Micro-génesis de la corrupción y el hambre
L. Tolstoi advertía en una carta al zar Nicolás II de Rusia que “antes de dar al pueblo sacerdotes, soldados y maestros, sería oportuno saber si no se está muriendo de hambre”. Desde luego, no llegan las mismas ideas a la cabeza al que tiene el estómago lleno que al que lo tiene vacío. No hemos dejado de ser primitivos y visuales a la hora de razonar, opinar y comunicarnos. La mayoría necesita ver la muleta, la venda y la cicatriz para justificar la enfermedad; las moscas, los buitres y el vientre hinchado para clamar auxilio por el hambre. Sin embargo, el problema del hambre en un país desarrollado es como una bombilla fundida en una parrilla de luces intermitentes, invisible. No contamos con estadísticas periódicas y oficiales del INE sobre el hambre en nuestro país, solo aparecen publicaciones esporádicas de ONGs (SESPAS, Cáritas, Save the Children, etc.) que sirven para alarmar sobre un problema poco conocido y de poco interés para muchos.

2806165

El gobierno tiene la obligación, legal y moral, de garantizar al menos la subsistencia de sus ciudadanos y no dejarla en manos de la solidaridad de vecinos y voluntariado. Un parche que no se está llevando a cabo ni siquiera de manera generalizada es la apertura de los comedores escolares durante el verano. La vulnerabilidad de los niños pobres es doble debido al hambre y a la tendencia a la delincuencia en sus diversas formas como medio de vida. Las ciudades llenas de terrazas atestadas de clientes están trufadas de hogares que no llegan a medio mes, de niños que la única comida completa que hacen es la que le dan en el colegio y de indigentes inmóviles para no gastar lo poco que comieron hace días. No cabe duda de que el modelo de Estado que presentamos en nuestra Constitución y el sistema económico que tenemos, proponen y hacen cosas incompatibles.

La situación no se ha vuelto insostenible por la presión demográfica, ni por la admisión de inmigrantes, ni por la inversión social, ni siquiera por el aumento del desempleo. Se ha vuelto insoportable por los abusos y por la corrupción institucionalizada, en la ciudadanía y en los gobernantes. España ha generado una cultura basada en la estafa, en el “¿y quién se va a enterar?”, en el “¿y quién no lo hace?” y en “serás el único tonto que no mete la mano”. Desgraciadamente, la picaresca se admira, el fraude se refuerza socialmente y la honradez define a los pardillos. Desde el amaño de empadronamientos, bodas y divorcios para conseguir plazas, subsidios o mejores servicios; pasando por la compra-venta sin facturas, la no declaración de bienes o la compra a nombre de discapacitados; hasta el pago de peonadas agrarias, generalización de enganches ilegales a los suministros o trampas para ralentizar los contadores con garantías de poder retirarte la denuncia. Este es el retrato lúgubre de la España de los contactos, del enchufe y de las listas alteradas por “conocencias”. El pulso del problema se toma al escuchar con sorna en cualquier conversación “voto al que menos me engañe”, “si no lo hago yo lo hará otro”, “esto siempre ha sido así y no va a cambiar”, etc.

En el Parlamento y en el Congreso aflora el vivo reflejo de la sociedad que se queja de sus políticos corruptos y a la vez alimenta la corruptela desde abajo. La falta de compromiso nos ha llevado a la guerra de todos contra todos, pero esta vez de un modo silencioso y reptante: la inacción y la insolidaridad. De refranes como “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar” queda poco, porque la empatía es para los contactos y el entorno más cercano. El clima zascandil de desconfianza nos aleja y nos polariza. Cada clase social lucha contra las otras a su manera: unos con bufetes y vacíos legales para evadir impuestos, otros con mercado negro y abuso de las ayudas sociales. Todos se culpan, pero nadie quiere funcionar como grupo porque creen que no tienen nada en común. El clasismo es una enfermedad social que segrega verticalmente en ambas direcciones, no entiende de personas sino que generaliza y elimina cualquier conciencia social.

Sin embargo, en medio de esta confusión hostil basada en la creencia de que “los otros tienen la culpa y yo solo trato de salir adelante como me dejan” hay un grupo cada vez mayor de personas que pasan hambre, frío y viven en la calle. El cuarto mundo, la pobreza extrema y diseminada que baña los recovecos de pueblos y ciudades, tratando las autoridades de que no se agolpe en las cercanías comerciales. No se puede cambiar a la gente adulta, solo enseñar a las nuevas generaciones. Estos problemas no se solucionan con dinero, sino con inserción laboral/social y seguimiento. No se puede confiar en la bondad natural de la gente, hay que ayudarle a arrancar y vigilar atentamente para evitar el fraude. No podemos pensar que el aumento de ricos es signo de riqueza de un país, pues seguramente será resultado del adelgazamiento de la clase media y el empobrecimiento de un porcentaje significativo. Hay un concepto deteriorado que muchos quieren que olvidemos, que lo borremos de las aulas y no se mencione en los medios: la ciudadanía.

No interesa que hablemos, si no que nos enfrentemos, porque en la división está la derrota. Desinformados, malinformados, entretenidos con mucho ocio, enfrentados por clases y grupos que ni sabemos definir porque desconocemos. Divididos. La gente de a pie no vota por desinterés y porque cree que no va a cambiar nada, pero la gente poderosa siempre vota y vota mirando solo por sus intereses. “Jóvenes, haced política, porque si no la hacéis se hará igual y posiblemente en vuestra contra” (Ortega y Gasset). Vivir en comunidad implica compromiso para que las cosas funcionen bien y vigilancia para que sigan funcionando. Del mismo modo que no hay derechos sin deberes, no hay democracia real sin participación ni implicación. La vieja fábula del cacique y sus tierras ha cambiado su ropa, los escenarios y las palabras, pero el discurso y los efectos siguen siendo los mismos. Mismo perro con distinto collar.
martes, 28 de junio de 2016.
 
Las galerías del ego
La identidad en internet no es más que un avatar construido a medida, mediante el cual poder estar informado e informar de lo que deseamos proyectar a los demás
El polifacético artista francés Jean Cocteau señalaba con irónico ingenio que “los espejos, antes de darnos la imagen que reproducen, deberían reflexionar un poco”. La cultura de los ídolos ha irrumpido con fuerza en las redes sociales, construyendo a su paso infinidad de altares a los que peregrinan miles de navegantes a diario. ¡Acérquense a la galería de los espejos y vean la deformidad de la voluntad reflejada en la aparente normalidad! Como si de una venganza al mundo real se tratase, hemos creado mundos mejores en los que poder ser lo que deseamos. La necesidad de compartir los éxitos como combustible poco eficiente de la autoestima, hace insostenible el deseo de mantener nuestro estatus en la cresta de la ola. Igual que el Hidalgo de El Lazarillo, que se echaba las pocas migas que tenía para comer sobre las solapas con la intención de hacer creer a la gente que vivía en la opulencia, muchos prefieren fotografiar la comida a comer, grabar y transmitir que vivir la experiencia. Sin embargo, a medida que aumenta la distancia entre la vida real (oculta a los demás) y la expuesta a la galería, aumenta proporcionalmente la frustración.

1306161

El refuerzo emocional que supone la continua aceptación de nuestras palabras y acciones genera dependencia a gran parte de los usuarios, contribuyendo a hacer de cualquier acto liviano algo extraordinario; perdiendo esta palabra su valor. La genialidad y el éxito de las redes sociales estriban principalmente en dar la posibilidad a sus usuarios de exponer una vida y no tener que demostrarla. La identidad en internet no es más que un avatar construido a medida, mediante el cual poder estar informado e informar de lo que deseamos proyectar a los demás. Es la recreación virtual del tradicional teatro de sombras, en el que el público ve figuras maravillosas y en realidad son poses cuidadas expuestas a un solo foco de luz.

La compleja distinción entre lo público y lo privado se ha vuelto, si cabe, más confusa debido al funcionamiento de las redes sociales y las opciones de privacidad de los perfiles. El objetivo de una red social es ponerse en contacto con otras personas y tener un foro abierto en el que poder relacionarse en grupo. Sin embargo, al aumentar el número de contactos surgen inevitablemente distintos niveles de confianza, usando para los mensajes sensibles el chat privado y quedando el muro reservado para contenidos baladíes que no pongan en peligro la reputación del usuario. Al fin y al cabo, atendiendo a lógica de protección social, las redes funcionan como instrumentos de difusión selectiva igual que sucede en entornos reales (físicos); con la gran diferencia de poder eliminar / modificar contenidos y bloquear a usuarios con los que no queremos tener relación. La “insociable sociabilidad” del ser humano reflejada en otra artificiosa invención para estar comunicados, pero no juntos. Afortunadamente, no todo el mundo usa de este modo las redes sociales, pero es innegable que para un porcentaje significativo de la población mundial que las usa suponen una fuente de agravio comparativo. El deseo natural de sentirse incluido dentro de un grupo nos lleva a seguir tendencias y patrones de comportamiento aceptados por nuestro entorno, intentando parecernos a los demás en las características que mayor popularidad aportan. No obstante, la definición pública de la personalidad supone un factor de riesgo que encasilla al usuario en perfiles políticos, religiosos, etc, convirtiéndose en una declaración pública de intenciones que incluye y excluye de subgrupos sociales.

Otra característica del uso habitual de las redes sociales es la desinhibición emocional. El hecho de no estar cara a cara con los interlocutores y ser emisor de mensajes que llegan en masa a un gran número de receptores, nos hace perder la noción del alcance de estos. Muchos usuarios desvelan sus inquietudes y preocupaciones como si las redes fueran un confesionario o la consulta de su psicólogo, utilizándolas como foro de acompañamiento espiritual o terapia grupal. Otros vierten sus frustraciones y odios laborales sin tener en cuenta que toda información publicada puede ser compartida y copiada infinitas veces hasta llegar a sus superiores a través de terceros. A pesar de utilizar avatares para comunicarnos con los demás, las emociones son difícilmente ocultables, motivo por el cual un usuario va proporcionando información valiosa (escrita y audiovisual) de sus preferencias. Un majestuoso baile de máscaras en el que las emociones se magnifican y las reacciones de defensa de la imagen pública se amplifican.

Por último, sería interesante reparar en los problemas más frecuentes derivados de la continua comunicación por escrito: la falta de entonación de la escritura, la simplificación de las emociones a partir de emoticonos y los malentendidos. La descontextualización, la mala contextualización y la aplicación errónea de la entonación original del mensaje en la lectura conducen a un flujo constante de conflictos que se saldan con centenas de denuncias anualmente. A esto debemos añadirle la no coincidencia de la imagen pública que pretende proyectar el usuario a su entorno virtual y la que realmente tiene; así como el rol que desempeña cada usuario en la acción que muestra en su galería. Cuando todos quieren ser protagonistas de la escena no hay nadie que observe el escenario y, velis nolis, como decía Lin Yutang “hay dos maneras de difundir la luz... ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja”. La felicidad no es un estado, es un intervalo extraordinario entre momentos ordinarios, por más que queramos sacarle brillo a los trofeos de la vitrina.
lunes, 13 de junio de 2016.
 
 
Archivo
 
Quiénes somos  |   Qué somos  |   Contacto  |   Aviso Legal  |   Creative Commons  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris