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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Contra el aborto y la adolescencia

Antonio Cánaves (Palma)
Redacción
lunes, 7 de diciembre de 2009, 06:24 h (CET)
Quizá por reprimir su vida sexual, nunca se ha escuchado desde un púlpito católico un sermón sobre educación sexual: la prevención de embarazos no deseados, sobre las prácticas sexuales, los beneficios de los métodos anticonceptivos o las cargas económicas por tener hijos. Crea desconcierto, que el clero, renegando de ser padres o mejor dicho madres, arremetan contra aquellas mujeres o adolescentes que no quieren asumir esa carga abortando.

En oposición a la ley del aborto: condena la Conferencia Episcopal, que una menor de 16 años no tiene la conciencia moral para saber que hacer con un embrión en su seno. Pero ¡agárrense! si lo tiene, para criar a un hijo con todas las obligaciones y responsabilidades que conlleva la maternidad. Es decir: una adolescente que apenas acaba de jugar con muñecas, sin terminar sus estudios, sin formación, sin un futuro profesional, pensando en novios y cantantes, en época de descubrimiento sexual y emocional, y sin pareja estable, ya le endosan una responsabilidad, a la que buena cantidad de mayores les sobrepasa y con todo el derecho del mundo no quieren asumirla.

El clero no tiene conciencia para entender que es la adolescencia. No les importa si la menor esta preparada emocionalmente para educar a un hijo, lo que importa, es que bajo cualquier pretexto, se tienen que traer el mayor número de hijos al mundo. Es un ataque contra la adolescencia, contra la familia y contra la formación de nuestros hijos.

Si los miembros de la Conferencia Episcopal no están emocional y espiritualmente preparados para entender el problema, que hagan oración y se pongan en tratamiento: en manos de educadores sociales, psicólogos y sexólogos como lo hacen la mayoría de padres cuando las responsabilidades fruto de la paternidad les superan: incomunicación familiar, carencia afectiva, fracaso escolar… Asumiendo que la vida no es mortificación, un valle de lágrimas en la que hay que inculcar el sentimiento de culpabilidad en la gente, cargándolas de responsabilidades.

Así, la falta de formación en las madres adolescentes, en lugar de erradicar un problema, crean legión de “ovejas descarriadas”, justificando la labor caritativa de la iglesia al ir a socorrer a las familias con dificultades.

La vía de la oración, del dialogo con Dios es desconocido entre la cúpula eclesial, prefieren aferrarse ha recitar letanías carentes de reflexión en grandes templos e inculcar el sentimiento de culpa o pecado entre sus adeptos, y así, siendo cautivos de sus almas, hacer de intermediarios para su redención. Como si Dios fuese un degenerado por dotar al ser humano de sexo y placer.

La hipocresía de los que se manifiestan contra el aborto es de carácter sobrenatural, ¿Acaso las madres adolescentes que decidan parir los hijos, serán acogidas por sus ilustrísimas y podrán continuar sus estudios en los carísimos colegios y universidades católicas, financiando toda su carrera? ¿Aportaran un sueldo para criar al amado hijo mientras su madre estudia?, o ¿le buscaran un trabajo bien remunerado en las punteras empresas de la derecha católica, para que no tengan problemas económicos el resto de su vida? Pero no, no esta el clero para asumir que es cómplice de esos abortos, al abandonar a su suerte, a las mujeres que deciden traer los hijos al mundo. Bien se guardaran de inculcar el sentimiento de culpabilidad en los ricos, por no comportarse como buenos cristianos y excluir de sus universidades y escuelas a inmigrantes y familias desarraigadas por falta de medios, futura mano de obra barata con la que los ricos católicos se harán mas ricos. Falta pues seguir al obrero carpintero de Nazaret y darse de baja de una iglesia rica y jerarquizada que solo va al poder y al dinero.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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