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Etiquetas:   Presos de la libertad   -   Sección:   Opinión

Una de cazurros y traductores

Eduardo Cassano
Eduardo Cassano
@EduardoCassano
jueves, 12 de noviembre de 2009, 08:14 h (CET)
Existen personas, aunque en peligro de extinción, que llegan a final de mes con 1.000 euros. Y estoy hablando de personas con cargas familiares (hijos, personas mayores a su cargo, parejas sentimentales, etc). Mientras que esa clase de personas, conocida como clase media o baja, consigue sobrevivir un mes, la denominada clase alta es capaz de gastarse ese dinero –y más- en una sola mañana de compras en boutiques, una propina en la mejor marisquería o, como por ejemplo en Cataluña, en dos traductores. Hasta ahí, podría ser razonable, el problema llega cuando el idioma a traducir era… ¡del castellano al catalán!

La verdad, sigo sin comprender aquello del bilingüismo en Cataluña que venden sus políticos. Y que conste que me esfuerzo en entenderlo, pero resulta complicado cuando a día de hoy, aún siguen multando a los comercios que rotulan su negocio en castellano. Si una comunidad, nación, o país tiene dos lenguas oficiales, ¿para qué es necesario un traductor que además cuesta 1.000 euros?

La ridícula excusa esta vez ha sido que los visitantes nicaragüenses son de la etnia miskito, su lengua habitual y no el castellano. Ésa ha sido su defensa a ultranza, justificando la necesidad de contratar a un traductor del castellano al catalán, después apuraron el café o cígalo (carajillo) y se quedaron tan felices. Que digo yo, desde mi más profunda ignorancia acerca del miskito, si el castellano no es la lengua habitual de estos señores, ¿por qué no se contrató entonces a un traductor del miskito?

Hay cosas que son incomprensibles, aunque todavía es más difícil de entender que este tipo de despropósitos sigan ocurriendo, de la mano de unos políticos que se supone son los responsables de gestionar toda nuestra vida: se encargan de la economía, y así nos va; se encargan de la salud, y que alguien se atreva a afirmar –y demostrar- que la Sanidad Pública está en perfectas condiciones; hasta se han propuesto perseguir y multar a los hombres que contraten prostitutas, en lugar de perseguir a las mafias organizadas, o disponer de su trabajo y recetarlas –con sueldo y alta en la Seguridad Social, por supuesto- en los consultorios médicos para aliviar la ansiedad sexual de casos imposibles, como el Ibuprofeno que receta el médico de cabecera para el dolor de cabeza.

Pero bromas aparte, lo que para los independentistas catalanes ha sido algo de lo más normal -todavía siguen defendiendo la necesidad de aquellos traductores-, para la opinión pública es un escándalo. Y lo más escandaloso, si cabe, es el posterior ejercicio de hipocresía que se realizó unas horas después: la presentación de Johan Cruyff como nuevo entrenador de la selección catalana de fútbol.

Sí señor. Ahí estaban todos, algunos independentistas en primera fila, sonriendo y aplaudiendo a Johan, al que tengo todo el respeto del mundo. Y desde ese momento, es además mi héroe, porque ha conseguido decir públicamente, con un eufemismo, que no habla catalán porque no le sale de las narices. Y después de eso, todos los políticos ahí presentes le aplaudían, mostraban su satisfacción por el fichaje y argumentaban que daría mayor proyección internacional a Cataluña. Pero nadie, absolutamente ningún político, ha tenido valor de decir lo que realmente piensan, que ese señor no habla catalán después de los años que lleva viviendo en Cataluña. Pero es Cruyff; Johan Cruyff. Y el que se atreviera a decir algo en contra de su figura en un día tan especial, tenía un alto riesgo de meter la pata.

Como lo ha hecho Sala i Martin, directivo del Barça. Su error no ha sido criticar a Johan Cruyff ni tampoco escoger una americana clásica, no. Su error ha sido decir que los españoles somos cazurros. Pero debo reconocer, por una vez y sin que sirva de precedente, que tiene toda la razón del mundo: sólo personas con la mentalidad de Sala i Martin son capaces de insultarse a sí mismos, si tienen a bien mirar la nacionalidad que figura en su documento nacional de identidad.

Lo demás son sueños, y como decía aquél… los sueños, sueños son.

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