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Opinión
Etiquetas:   Deporte   Violencia  

La violencia generada por los espectáculos deportivos

Sus medios de expresión son las pancartas, bombas de humo y bengalas
Aurora Peregrina Varela Rodriguez
viernes, 2 de septiembre de 2016, 08:40 h (CET)
La posible influencia de los medios de comunicación de masas, en especial la televisión, sobre el desarrollo de comportamientos violentos, constituye un problema que en los últimos tiempos adquirió una enorme actualidad.

La violencia es el resultado de las acciones de un grupo de personas que actúan dejándose llevar por la ira, y obran con ímpetu y fuerza.

El fútbol tiene múltiples facetas. Es un espectáculo que genera otros espectáculos y mueve grandes cantidades de dinero, tanto en taquilla como en compra-venta de jugadores de unos equipos a otros, pago a los jugadores, derechos de emisión en televisión, quinielas, ingresos y gastos de la prensa, radio, televisión, revistas, etc. Sirva de ejemplo en cuanto a taquilla, el partido de ida de la Supercopa disputado en el Estadio de Riazor el 24 de agosto de 1995 ante 22.000 aficionados y que obtuvo treinta y tres millones de pesetas de recaudación.

Hay hechos que sitúan al fútbol como espectáculo generador de otros espectáculos: un equipo de fútbol de Brasil que tenía intención, aunque nunca se materializaría, de viajar a Trípoli acompañado de una selección de bailarinas de samba del país, formando parte del contrato del encuentro amistoso frente a Libia, en el que el ganador recibiría un premio de 700.000 dólares, 84 millones de pesetas aproximadamente en aquella fecha.

Ese elenco artístico, compuesto en su mayoría por esbeltas mulatas, acompañaría al desfile que los jugadores realizarían por las principales calles de la capital de Libia y serviría para distender la tensión de la Cumbre de veintidós jefes de Estado de la Liga Árabe que se celebraría esos días. Este partido constituiría uno de los actos centrales de la conmemoración de la Independencia de ese país africano, marcado por el ascenso al poder del Coronel Muamar Ghadafi.

Este ejemplo de unión, que iba a consensuar el partido amistoso Brasil-Libia, no es extensible a otros casos. La violencia es la cara más temible que rodea a algunos espectáculos deportivos en todos los tiempos, en especial al fútbol y que aún no se ha podido frenar en la actualidad.

En Brasil, pocos días antes del encuentro Libia-Brasil, la policía y la Federación Paulista de Fútbol (FPF) acordaron impedir a las barras de aficionados, grupos de jóvenes violentos, entrar en los estadios con camisetas, banderas o instrumentos musicales que distinguieran sus organizaciones. Esto se hizo como medida contra la violencia que el domingo 20 de agosto de 1995 dejó un saldo de ciento dos heridos en un encuentro.

Ese día, las barras bravas de los clubes Palmeiras y Sao Paulo protagonizaron una verdadera batalla campal en el terreno de juego del estadio Pacaembú, al término de la final de un torneo de juveniles que ganó el primero y minutos antes del comienzo del partido Corinthians-Bragantino, correspondiente a la Copa de Brasil.

En estas disputas ochenta aficionados y veintidós policías sufrieron graves heridas, siendo la agresión más grave la producida a un joven llamado Mauricio Gasparín, de dieciséis años, que ingresó en estado de coma en un hospital y al poco tiempo murió.

Las investigaciones policiales sobre este suceso se basaron en vídeos de canales de televisión y cámaras alojadas en el complejo deportivo de Pacaembú. Ambas fuentes permitieron identificar a dieciséis personas como incitadoras de la gresca, entre ellas, el principal agresor de Gasparín y un hombre reconocido como el presidente de la torcida «mancha verde» que fueron arrestados ese mismo día. Con estas medidas, las autoridades policiales y deportivas pretendían impedir que se formasen grupos violentos y su fácil reagrupamiento para agredir a seguidores de otros equipos o miembros de otras organizaciones.

Como consecuencia de estos hechos, el Ministro Extraordinario de Deportes de Brasil, el famoso ex-futbolista Edson Arantes do Nasciento «el rey Pelé», convenció al gobierno brasileño para que decretase medidas radicalmente severas que reprimiesen la violencia de lo que ellos llaman torcedores, «hinchas» en los estadios.

El 31 de agosto de 1995, Pelé se dirigió a todos los brasileños a través de una red de radio y televisión nacional para anunciar su decisión de reprimir esa violencia en los estadios.

Como primera medida, el gobierno presentaría la semana del 4 al 10 de septiembre de ese mismo año un Proyecto de Ley a consideración del Congreso que aumentaría sustancialmente las penas. Este proyecto de reforma preveía penas de detención de tres a seis meses, sin derecho a libertad condicional, para aquellas personas que participasen en peleas individuales o generalizadas en lugares donde hubiese espectáculos públicos. Se aplicaría la misma pena a aquellos que permitiesen, provocasen, auxiliasen o facilitasen esas manifestaciones violentas.

El popular Ministro de los Deportes se entrevistó con varias autoridades desde el 20 de agosto de 1995, fecha inicial de los graves incidentes, convenciendo al Presidente Fernando Henrique Cardoso de la necesidad de reprimir con severidad los actos violentos en lugares públicos. Según Pelé, "es muy importante que este proyecto nos permita castigar, no sólo a personas sorprendidas en peleas, sino también a los responsables de las torcidas organizadas «barras bravas»". 1

En una entrevista cedida al diario Jornal do Brasil, el Ministro Extraordinario de los Deportes aseguró que, en su opinión, el crecimiento de la violencia en los estadios es consecuencia de la falta de educación de la población brasileña y de la crisis de valores que se registra en la sociedad. Según él, "actualmente las estrellas de fútbol están involucradas en problemas con drogas y policía, y por eso, los niños tienen una visión degenerada de sus ídolos". 2

En su intervención del jueves 31 de agosto de 1995 en televisión brasileña, Pelé pidió un pacto de paz entre las torcidas y aseguró que el gobierno pretende castigar a los responsables de tanta insensatez, sea entre las torcidas organizadas o entre los clubes que las encubren y las financian. Pelé afirmó que la violencia estaba acabando con el deporte en su país y lamentó, que por culpa de este fenómeno él ya no pidiera escuelas y sí penas de cárcel para los menores involucrados en peleas de aficionados. "Es muy triste que en la época en que hice mi gol número mil pidiera escuelas para los niños y hoy, esté pidiendo cárcel para esos mismos niños". 3

Ese no es el único ejemplo de violencia relacionado con el mundo del fútbol. En Medellín, Colombia, en octubre de 1995 cuatro personas que presenciaban un partido de fútbol en un barrio popular murieron cuando varios desconocidos les dispararon en repetidas ocasiones.

Un portavoz de la policía aseguró que las cuatro víctimas mortales se encontraban en el barrio Belén Las Violetas, en el sector suroccidental de la ciudad cuando fueron atacadas a tiros. Algunos testigos dijeron a las autoridades que el múltiple crimen fue perpetrado, al parecer, por miembros de las milicias urbanas (grupos de autodefensa) que actuaban en la zona. Tras los disparos, los cuatro agredidos fueron trasladados a centros médico-hospitalarios donde ingresaron cadáveres.

Esta fue la segunda matanza de características similares que se repitió en Medellín en una semana, ya que hacía sólo unos días que en el campo de fútbol del sector occidental de la ciudad, varios desconocidos asesinaron a cuatro jóvenes con edades entre 17 y 25 años. 4

Holanda es otro país en el que la violencia se hace patente en los estadios de fútbol, obligando a tomar fuertes medidas de seguridad. El 28 de septiembre de 1995 el gobierno y la Federación Holandesa de Fútbol (KNVB) decidieron aplicar las siguientes medidas contra el vandalismo:

1- Los futbolistas más carismáticos aplacarán, si fuese preciso, las iras de sus respectivas hinchadas.

2- Si resultaren exaltados los ánimos se suspenderá temporalmente el encuentro y los jugadores más populares de los equipos se dirigirán por megafonía a su hinchada para pedir que depongan su comportamiento racista, insultante y grosero.

3- Si los hinchas exaltados no cambian su comportamiento tras la aplicación de las medidas anteriores, se suspenderá el partido y se vaciará el estadio.

4- Según un acuerdo consensuado entre la KNVB, representantes de los equipos, entrenadores, árbitros y el Ministro de Justicia, un aficionado que resultase castigado con una sanción por mal comportamiento en el transcurso de un partido, no podrá volver a entrar en un estadio durante un largo período de tiempo.

5- Si se expulsa a un aficionado de su club por mala conducta, no podrá sentarse de nuevo en las gradas de un estadio de fútbol profesional. Esto es factible, pues la entrada en los estadios de Holanda sólo se permite a aquellos que presenten una tarjeta magnética con los datos personales del titular y su foto.

6- Se crea la figura del supervisor de campo que actúa dentro y fuera de los estadios para detectar a los violentos y entregarlos a la policía.

7- Disminuye la vigilancia policial: el Ministro de Interior Holandés, Hans Dijkstal, dice que son los propios clubes quienes deben hacerse cargo de la seguridad de las instalaciones. Por eso hasta el año 2000 disminuirán la presencia policial en los estadios en un 10%.

8- Árbitros, directivos, entrenadores y peñas de aficionados crean un Código del Fútbol que busca regular las conductas de las personas ligadas a los partidos. 5

Datos como estos son extensibles a países como Italia y España.

En Italia, el 29 de septiembre de 1995, el Presidente de la Asociación Italiana de Futbolistas (AIC), Sergio Campana, pidió a los jugadores un mayor respeto a los adversarios y criticó los episodios de picardía gratuita que se produjeron en algunos partidos de las primeras jornadas del Campeonato de 1995.

En este mismo país, el 12 de octubre de 1995 dos jóvenes peruginos fueron acusados de ultraje, resistencia y violencia contra las fuerzas del orden tras los incidentes ocurridos al término del encuentro de fútbol celebrado el 11 de octubre de 1995 entre los equipos Perugia-Birmingham con resultado 0-1. Al principio los incidentes los provocaron unos ciento cincuenta seguidores ingleses, en su mayoría embriagados. 6

Ya en España, el panorama presentado en cuanto a violencia es también desalentador.

En Málaga el 27 de septiembre de1995 la Comisión contra la Violencia en los Espectáculos Deportivos acordó proponer a la Secretaría de Estado de Interior la apertura de un expediente y la imposición de cinco millones y una peseta de multa y un partido de clausura al Málaga C.F., por resultar quemado un aficionado en ese campo.

Esta Comisión considera que es infracción:

1- No aplicar la Ley del Deporte y el Reglamento de Prevención de la Violencia que abarca también los partidos de Segunda B.

2- No impedir la introducción de objetos prohibidos en el campo.

3- No requerir presencia policial cuando haya personas que opongan resistencia a los porteros. 7

Con estos datos se puede ver como durante y tras los partidos de fútbol se generan con demasiada frecuencia situaciones y comportamientos que suponen algún grado de violencia. Esta violencia se manifiesta más los fines de semana en los encuentros con los que se sienten identificados un amplio número de personas.

Esta violencia también se manifiesta en los telespectadores tras la emisión de los partidos de fútbol por televisión, muchos de los cuales salen a la calle en grupos al finalizar los partidos, con la única meta de alterar el orden y la paz social.

Goldstein y Arms (1971) afirman que la hostilidad era mayor en un grupo de espectadores tras un partido de fútbol que tras una competición de gimnasia. Según estos mismos autores, el aumento de la hostilidad era mayor entre los seguidores del equipo ganador que entre los seguidores del perdedor. 8

Los psicólogos pusieron de relieve repetidas veces este tipo de influencias negativas de la televisión sobre el comportamiento humano, pero todas sus voces de alarma fueron en vano. Para la psicología tendría que haber una toma de conciencia generalizada de los daños que sobre el comportamiento humano pueden ejercer los medios de comunicación, al tiempo que habría que buscar la acción de los ciudadanos para que indujeran a estos medios a provocar los cambios necesarios para evitar esa influencia negativa.

La respuesta de los medios de comunicación ante esa pretensión de algunos grupos de personas se resume en:

1- No se puede censurar la libertad de expresión.

2- Los psicólogos exageran sobre la influencia de la televisión en el comportamiento humano, pues las personas no son seres tan influenciables ni vulnerables como los científicos se empeñan en hacer creer. Los psicólogos siempre han defendido la teoría de que los medios sólo modifican la conducta de los telespectadores si tienen algún trastorno que les haga vulnerables a los mensajes del medio.

3- Difícilmente se puede defender la disminución de la violencia en televisión puesto que la violencia vende, es popular y gusta a la gente.

Ante los dos últimos puntos de esta respuesta de los medios reaccionaron varios autores, algunos de los cuales se citan a continuación.

Respecto a que los medios no influían tanto en los espectadores, Bandura (1973) señaló lo irónico que resulta el hecho de que se gasten anualmente miles de millones en publicidad con el convencimiento de que la televisión puede influir sobre la conducta humana y que, por otra parte, se niegue la influencia que pueden tener sobre el comportamiento los programas violentos. 9

Sobre que la violencia es una manifestación social que gusta a la gente se pronuncian Diener y Defour (1978) y Diener y Woody (1981), diciendo que según los resultados de diferentes estudios por ellos realizados, las personas no prefieren los programas violentos. De hecho, se observó que los programas así calificados estaban también llenos de elementos como acción, intriga, aventura, humor y conflicto, siendo estos elementos los responsables de su popularidad, y no la violencia manifestada en las conductas de los personajes de los programas. 10

En otros estudios, como los de Granzberg y Steinbring (1980) y Williams (1986), se analizó la conducta agresiva de los niños en comunidades rurales antes y después de que a esas comunidades llegase la televisión. Los resultados fueron que tras la introducción de la televisión, aumentaba en los niños la agresividad física y verbal de un modo muy significativo. 11

Las investigaciones de Eron, Huesman, Dubow, Romanoff y Yarmel (1987) y las de Eron, Huesman, Lefkowitz y Walder (1972) muestran que, en comparación con los niños que no ven a menudo programas violentos, los niños que sí ven escenas agresivas en televisión, tienden a ser personas más violentas durante la adolescencia y la vida adulta. 12

Atendiendo a los resultados de las investigaciones de estos expertos se puede decir que la violencia que crea el fútbol queda reflejada en los estadios y en el mundo a través de los años, hasta el punto de que a los grupos violentos se les dio el nombre de «ultras», «hinchas» o «militantes de torcidas».

Julio de Antón, Inspector Jefe de Policía y Psicólogo del Instituto de Estudios de la Policía Española en su estudio "Violencia, Juventud y Deporte", hace un retrato robot del «ultra» de fútbol, y lo define como antimilitarista, apolítico y procedente de una clase social baja, cuya edad oscila entre los dieciséis y veinte años. La inmensa mayoría son hombres y sólo uno de cada treinta «hooligans», aficionados en España es mujer.

Se pueden citar como bandas violentas en España las que quedan reflejadas en el cuadro siguiente que recoge su lugar preferido de manifestación y algunas de sus características:

Opi 1

Entre las personas que forman parte de estos frentes, hay parados, obreros y empleados. Algunos de sus medios de expresión son las pancartas, bombas de humo y bengalas. En ocasiones venden rifas, hacen colectas o alquilan autobuses. En otros casos están apoyados por la directiva o son socios o amigos de los jugadores.

No obstante, la violencia que genera un deporte como el fútbol, que intenta transmitir buenos valores a la sociedad, no impide que se continúe emitiendo por televisión y se siga jugando en los estadios.

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1, 2 y 3 Efe 1995.

4 Efe octubre de 1995.

5 Efe 1995.

6 Efe octubre de 1995. 7 Efe septiembre de 1995.

8 GOLDSTEIN, J.H. y ARMS, R.L: Effects of observing athletic contests on hostility. Sociometry. Nº 34. Págs. 83 a 90

9 BANDURA, A: Agression: a social learning analysis. Englewood Cliffs, Nueva York. Prentice-Hall.

10 DIENER, E y DEFOUR, D: ¿Does television violence enhance program popularity? Journal of personality and social psychology. Nº 36. Págs. 333 a 341.

DIENER, E y WOODY, L.W: Television violence, conflict, realism, and action. Communication Research. Nº 8. Págs. 281 a 308.

11 GRANZBERG, C y STEINBRING, J: Television and the Canadian Indian. Informe técnico. Departamento de antropología. Canadá. Universidad de Winnipeg.

WILLIAMS, T.M: The impact of television: a natural experiment in three communities. Orlando. Academic Press.

12 ERON, L.D; HUESMAN, L.R; DUBOW, E; ROMANOFF, R Y YARMEL, P.W: Agression and correlates over 22 years. En D.H. Crowell; J.M. Evans y C.P. O´Donell Eds. Childhood agression and violence. New York. Págs. 249 a 262.

ERON, L.D; HUESMAN, L.R; LEFKOWITZ, M.M; Y WALDER, L.O: ¿Does television violence cause agression?. American Psychologist. Nº 27. Págs. 253 a 263. 13 MORALES, Rafael: “Hinchados de fútbol”. O.C.
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