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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

‘Caín’ de Saramago

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 5 de noviembre de 2009, 02:16 h (CET)
Es muy fácil, dice Saramago, condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios. Cuando los dos hermanos le ofrecen productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrenda verduras, y Abel, como es ganadero le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera…y desprecia los presentes de Caín. ¿Qué clase de Dios es este, que para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera tan provocadora? Caín es humillado por Dios y mata a su hermano al no poder matar a Dios”.

Saramago señala a Dios “como el autor intelectual al menospreciar el sacrificio de Caín”. ¿Acierta el Nobel de literatura cuando traspasa a Dios parte de la culpa del crimen de Caín? Saramago, de una manera distinguida encabeza la multitud de los que culpan a Dios de inoperancia ante los crímenes de todos colores que trastornan nuestra sociedad. Para entender el crimen de Caín y de los que se cometen hoy se han de leer con atención exenta de prejuicios los tres primeros capítulos de la Biblia, haciendo una pausa en Génesis 2:15-17. Jesús dijo: “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:23).

¿Manifestaron Adán y Eva amor a su Creador guardando la palabra que les dijo? El ser humano que formaba parte de una creación que era muy buena, gozaba plenamente de esta bondad de una manera condicional. ¿Conservaría el estatus en el que había sido creado?

En el capítulo 3 aparece en escena “la serpiente era más astuta que todos los animales del campo que el Señor había hecho” (v.1). Su presencia deja entrever que en el escenario se ha presentado alguien que amenaza la bondad de la creación de Dios. Con su astucia convence a Eva que no morirían si comían del fruto “del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Evidenciando que no amaba a Dios comió e hizo que Adán también la acompañase en la desobediencia. “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos, entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (3:7), en un vano intento de reparar el mal cometido. Los delantales confeccionados no sirvieron para esconder la desnudez que persistía con toda su crudeza ante los ojos escrutadores de Dios.

En Génesis 3:15 se encuentra el primer anuncio profético del Mesías que tendría que venir para redimir el pecado del hombre: “Y pondré enemistad entre ti (la serpiente) y la mujer, y entre tu simiente (de la serpiente) y la simiente suya (de la mujer), ésta (la simiente de la mujer) te herirá en la cabeza (de la serpiente) y tú (la serpiente) le herirás en el talón (del linaje de la mujer”.

En el v. 21 “el Señor hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles y los vistió”. El primer indicador de un ritual que enseña que para hacer las paces con Dios se precisa el derramamiento de sangre de una víctima propiciatoria inocente. A pesar de que no existe constancia escrita, la historia bíblica hace suponer que Dios dio instrucciones verbales de cómo hacer los sacrificios y de su significado.

De aquí nacen los sacrificios de corderos que practicaron los patriarcas de una manera libre y que con Moisés se regula un ritual muy elaborado que señala al Cordero de Dios que quita el pecado.

El oficio del oferente no cambia la manera como el pecador debe acercarse a Dios con los sacrificios. Saramago se equivoca de medio a medio cuando justifica a Caín porque le ofrece a Dios verduras porque era agricultor y Abel carne porque era ganadero. El texto nos dice: “Y aconteció andando el tiempo que Caín , que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró el Señor con agrado a Abel y sus ofrendas, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda” (4:3,4). El cuidado que muestra Abel a la hora de escoger a los corderos que tenían que ser sacrificados a Dios coincide con las instrucciones dadas a Moisés que estipulaban que los animales escogidos para ser sacrificados tenían que ser sin defecto porque señalaban a Jesús, el sin pecado, el Cordero que quita el pecado.

Saramago se pregunta: “¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de manera tan provocadora?” y justifica el crimen de Caín diciendo. “Caín es humillado por Dios, y mata a su hermano al no poder matar a Dios”. El texto bíblico nos dice. “El Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y a su ofrenda”. El motivo de esta distinción de sentimientos no es otro que el tipo de ofrendas que trajeron a Dios los hermanos. El pecador, ante todo debe hacer las paces con Dios. La reconciliación simbólica la representa el sacrificio de un cordero que muere en lugar del pecador.

Después del sacrificio por el pecado la ofrenda de agradecimiento que Saramago llama de “verduras”. No se puede alterar el orden establecido por Dios para acercarse a Él. En este caso sí que es cierto que el orden de los factores altera el producto.

Caín y Abel son la primera de dos parejas de hermanos que disputan por la fe y que el incrédulo persigue al creyente. La otra pareja son Ismael e Isaac, en que también el incrédulo persigue al creyente. En la primera pareja, la disputa termina con un asesinato. En la segunda, los hermanos siguen caminos distintos sólo par encontrarse eventualmente en la sepultura de su padre.

Jesús ya dijo que por su causa habría disensiones en las familias (Lucas 12:51-53). La razón por la que Dios rechaza la ofrenda de Caín no es otra que la justicia divina que al no admitir soborno no puede dar por inocente al culpable.

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