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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

La estación de la melancolía

Nuria Rubio González
Redacción
jueves, 15 de octubre de 2009, 03:58 h (CET)
Siento que ya estás aquí. No es porque anochezca más pronto, ni porque los árboles comiencen a despojarse de sus hojas, esas hojas que, una vez secas, crujirán bajo mis pisadas. Siento que ya estás aquí porque una vaga sensación de tristeza se ha instalado en mi corazón. Los pronósticos meteorológicos te anuncian suave en lo que a las temperaturas concierne, pero ya noto tu hiriente presencia como finos cristales helados clavados en el fondo del alma.

A pesar de todo, tenía ganas de tí; tenía ganas de otoño, tal y como reza el eslogan con el que este año unos conocidos grandes almacenes han presentado al público -con la consabida anticipación- su oferta comercial vinculada a tu llegada. Ansiaba recibirte, respirar una bocanada de aire fresco y dejar atrás el sofocante calor de los meses de verano. Deseaba contemplar los hermosos paisajes de una naturaleza que, poco a poco, abandona los intensos colores del estío para entregarse a una amplia gama de apagadas tonalidades. Precisaba saberme parte de un nuevo ciclo vital, aun a costa de ensombrecerme por dentro, de ralentizar mis movimientos, como si mi organismo se anticipara a los efectos del cambio horario que próximamente determinará que los relojes reflejen una hora menos. Anhelaba, de algún modo, fundirme contigo y justificar así las lágrimas que a menudo derramo sin motivo aparente; añoraba la extraña dulzura de esas tardes -como la de hoy- en las que mi mirada, nublada por el llanto, se pierde entre la cortina de lluvia que cae al otro lado del ventanal, ajena a todo lo demás, sumida en una suerte de momento eterno... Al fin y al cabo, un espíritu melancólico encuentra en el ambiente otoñal su mejor cobijo.

Bienvenido seas, bello y triste otoño.

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