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El aborto y el impulso de la ONU

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 8 de octubre de 2009, 06:12 h (CET)
Con independencia de que el Gobierno haya aprobado el proyecto de Ley del Aborto, en este preciso momento, y pretenda con ello distraer la atención de los españoles sobre su nefasta gestión de la crisis y sus delirantes medidas fiscales y presupuestarias, hay que reconocer que el impulso para esta ley y otras anteriores nace de las Conferencias intergubernamentales promovidas por la ONU desde 1990 con la finalidad de un construir un nuevo orden mundial, un nuevo consenso global, en relación con las normas, valores y prioridades que debe tener la comunidad internacional en una nueva era, dejando tácitamente obsoleta la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.

Estas conferencias intergubernamentales se apoyan mutuamente: la de Jomtien y la de Nueva York de 1990 sobre educación e infancia respectivamente; la de Río de 1992 sobre medio ambiente; la de Viena de 1993 sobre derechos humanos; la de El Cairo de 1994 sobre población; la de Copenhague de 1995 sobre desarrollo social; la de Pekín de 1995 sobre la mujer; la de Estambul y Roma en 1996 sobre el habitat y la seguridad alimenticia respectivamente.

A través de todas ellas se trata de imponer una nueva ética mundial, de forma suave y persistente, una auténtica revolución, cuyos agentes principales son redes internacionales de “expertos”, organizaciones no gubernamentales, fundaciones multimillonarias, políticos afines, académicos, financieros o laboratorios, que sin mandato alguno de los ciudadanos, pero con el respaldo de la ONU, han ido difundiendo las ideas elaboradas en las conferencias intergubernamentales de los años 90, en las que se definieron de forma confusa, –ellos dicen que abierta,– los conceptos con los que se nos bombardea cada día.

Para hacerlos circular a través de los medios de comunicación se procedió a utilizar un nuevo lenguaje, a hablar constantemente de derechos de la mujer, derechos del niño, tolerancia, ideología de género, derecho a decidir, salud sexual y reproductiva, economía sostenible, matrimonio homosexual, muerte digna, cambio climático, diversidad cultural, diálogo de civilizaciones, comercio justo, responsabilidad social corporativa, educación para la paz, interrupción voluntaria del embarazo, etc. etc. Detrás de cada uno de estos conceptos pueden cobijarse los más diferentes contenidos. Al mismo tiempo se han ido excluyendo otras palabras como verdad, conciencia, razón, moral, esposo y esposa, autoridad, jerarquía, honestidad, esfuerzo, caridad, Dios.

Existe, al parecer, un decidido propósito de reducir la población del planeta, razón por la cual se exige a los gobiernos que eliminen cualquier traba a los métodos anticonceptivos y al aborto, incluso existen ayudas al desarrollo que se condicionan a campañas masivas de difusión de anticonceptivos, legalización del aborto y hasta la esterilización. En nuestro mundo europeo, por desgracia, la reducción de la población va teniendo éxito. La natalidad ha descendido hasta hacer imposible el reemplazo generacional en muchos países. El envejecimiento de la población ya están tratando de resolverlo, invocando el derecho a una muerte digna, es decir, mediante la eutanasia. Las naciones que se resisten a la aprobación del aborto o a la difusión de planes anticonceptivos, son acosadas por estos “salvadores del planeta” amparados por la ONU y sus organismos.

La ampliación del aborto en España es un episodio más de esta deriva mundial hacia la implantación de una nueva ética que borre los valores cristianos que han hecho posible nuestra civilización occidental. El Presidente del Gobierno colabora con entusiasmo a este desastre. Con el lenguaje propio de los promotores de la nueva ética mundial habla de la ampliación y extensión de derechos, mientras en la realidad los recorta: el derecho del niño a nacer, el derecho del niño a tener un padre y una madre, el derecho de los padres a la educación, el derecho de la familia a la protección del Estado, etc.

Una Europa envejecida y escéptica o decididamente atea y amoral, que renuncia a las raíces que le dieron vida está irremisiblemente abocada a su hundimiento. Otros pueblos con otros valores, no es que están a nuestras puertas, están ya tomando posesión de Occidente, solo tienen que esperar.

Es necesario reaccionar. Tener claro el foco desde el que parte la nueva ética mundial que nos amenaza: la ONU y sus organismos, y trabajar sin descanso por construir en la verdad y la caridad un mundo mejor que el que quieren imponernos. La última Encíclica del Papa nos urge a ello.

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