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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

A mi madre, sin que ella sea consciente (a mi pesar)

Paco Milla
Paco Milla
martes, 22 de septiembre de 2009, 06:32 h (CET)
Ustedes ya me perdonarán, ya se que los asuntos familiares se lavan en casa, (como los trapos sucios), pero es que tengo un hermano al que no aguanto y tengo que contarlo. Dicen que es mi gemelo, pero eso solo sería cierto si yo fuera un asqueroso humano al que los sentimientos le pueden. El XXI, no será, no puede ser un siglo sentimental.

Hace poco le dio por escribir y sin que él se entere, les añado lo que se propone decir ante el publico asistente, en un certamen en el que (equivocadamente sin duda), le han concedido algo parecido a un premio.

No se lo pierdan. Ja, ja,ja, menudo soplagaitas. Lean la desfachatez del semi-anormal y juzguen ustedes mismos:

“Señoras y señores: buenas noches y ya me perdonarán si les digo que han sido engañados.

Ustedes han venido a escuchar preciosos textos de cultos autores que esta noche han sido galardonados, pero yo les traigo un vomito, otro mas.

Ya que me han brindado la oportunidad de unos minutos “a pie de micro”, les pediré que sonrían en este principio y se esfuercen es ser capaces de seguir haciéndolo hasta llegado el final. Esto es lo mas importante, sonrían durante solo 4 minutos.

Ese es el reto que me he planteado, les ruego que lo asuman ustedes también como tal y confió en que juntos lo conseguiremos. Ya se que estoy frente a este atril para leerles un relato premiado y que he de ceñirme a un tiempo máximo, para que los organizadores no se vuelvan locos o me corten el sonido, pero antes déjenme contarles una paradoja muy breve.-

Siendo yo un mero feto fácilmente abortable y por tanto por vía genética, heredé facilidad para la dinámica. Por ese motivo, durante la infancia y juventud , esa fue mi mayor virtud y quizás la única.

Mis padres lo aplaudían, pero un día noté en la mirada de mi madre que si alguna vez yo era capaz de recibir un premio cultural, ella estaría realmente satisfecha. Lo del deporte, estaba bien, pero…

A los diecinueve volé de casa, pensando que era el momento de probar mis alas. Mi madre se convirtió en una voz, que yo semanalmente escuchaba por vía telefónica, a través de un cable enrollado que acabé identificando como un cordón umbilical imaginario, que me animaba, que se preocupaba, que lloraba, que de la distancia se lamentaba y que decía que me añoraba.

Una vez al año la he visitado, sin faltar uno. La distancia y las obligaciones nos separaban y la similitud de carácter y por tanto desencuentros en mi edad difícil producían silencios que ella llenaba con lagrimas y yo con reproches por escucharla llorar con tanta facilidad.

¿Continúan ustedes sonriendo? Háganlo por favor, recuerden que es un reto. Mantengan la bendita sonrisa unos segundos mas.

A los cuarenta, me dio por escribir, aun no se el motivo…¡para vomitar, supongo! Sé que nunca seré un escritor brillante, pero ¿saben lo que me llena de orgullo?… el primer premio literario que me concedieron lo celebró como si fuera el Nobel, llamó a todas las vecinas, superó con creces la media de gasto telefónico mensual y visitó la tumba de mi padre para contárselo. Entenderán la importancia de esto último, si les digo que ella es de las que opinan que “hay que honrar y apreciar a la gente en vida, porque las visitas al cementerio solo son monólogos que lleva el viento”.

Es muy difícil ser querida por casi todos en un pequeño pueblo, pero lo consiguió. Cuando emigró lo volvió a conseguir el sobresaliente en relaciones publicas y ayuda al que lo necesitaba y al que no. Mi madre se levanta cada mañana para ayudar. Un vicio como otro cualquiera. Ese ERA el arte que ella DOMINABA, el mas valioso y el mas silencioso.

Ustedes pensarán que ella ya no está, por insistir en el tiempo pretérito, pero no es así.

Ella está, solo que en este mes de julio del año en curso, es la primera vez que cuando le abrazo la cara entre mis manos, su mirada está perdida. No sabe si mirar a los míos o a un señor que se interpone entre nosotros al que yo llamo Alzheimer de apellido y maldito cabrón de nombre. Demencia senil, micro-infartos cerebrales… ¿que mas da el nombre?

¡Madre, que me han dado un premio!, - le digo- y ella me mira como si me pidiera un caramelo y tuerce la cabeza, posando su mejilla en mi diestra y cerrando los ojos agradeciendo el apoyo, de la misma forma que yo haría de pequeño cuando ella me regalaba sus caricias y me atraía hacia su pecho del que yo mamaba vida ¿qué si no es el cariño de una madre sino vida y protección?
Ochenta y cinco son muchos, pero mis alas me separaron treinta de ella., habiendome parido a los cuarenta. ¿Para que quiero una madre si ya soy mayor? - me dije- y me fui.

Fíjense ustedes en la paradoja que les decía al principio. Ahora que puedo ofrecerle lo que ella deseaba, ni me oye, ni me escucha, ni comprende.
Ella solo apoya su mejilla en mi diestra y parece sonreír, mientras unos finísimos hilillos de agua resbalan desde sus ojos, hasta mis manos. Tengo pañuelos guardados con sus lagrimas y hoy me he preguntado ¿desde cuando un cerebro ya fallecido es capaz de llorar?

Ella… “se fue” meses atrás y me siento huérfano, pero… ya van dos días que ella apoya su cara en mi diestra… y sonríe.

¿Y ustedes…? ¿Continúan sonriendo?

Oigan, el texto que hoy debería leerles es lo que menos importa, lo que quiero pedirles es que si tienen madre aun, vayan a su casa y la besen, la besen como nunca lo han hecho.

Si ella ya no está, dedíquenle cinco minutos antes de dormirse hoy, recuerden su sonrisa, sus mimos, sus caricias, sus noches en vela, esperando por sus adolescentes despertares al mundo discotequero, cuando ustedes llegaban a casa y ella haciéndose la dormida preguntaba: ¿qué hora es? y usted contestaba: “las dos y cinco” y ella pensaba: “efectivamente, las seis y veinticinco”. Mi chico viene bien, porque tampoco se ha equivocado en tanto.

Y a los cinco minutos usted creía notar, como unas imaginarias manos le arropaban y remetían las sabana bajo el colchón y desde algún sitio, con eco incluido se escuchaba “para que mi niño no se constipe, asístenos San Felipe”.
Cuando nos fuimos de su casa para acudir a nuestro domicilio habitual, le dije: madre, que te quiero mucho y ella o en su mundo o en el nuestro me contestó: ¡yo te quiero mucho mas, porque soy tu madre!

Si ustedes han notado a lo largo de estas líneas que llovía, quizás estén en lo cierto, porque algo de agua se interpone entre ustedes y yo.

¿Siguen ustedes sonriendo? Pues he de decirles que ustedes han vencido, No se crean blandos o merengones si en algún momento dejaron de hacerlo.

La vida les demostrará que el merengue tiene el poder de abrir el tórax, de armadura protegido y enseñar el corazón. Por una madre eso y mucho mas… ¿oigan, les he dicho que la mía apoya su mejilla en mi diestra y sonríe mientras cierra los ojos? Ahhhh ¿cuántos minutos cree usted que ha dedicado la suya a observarle cuando era bebé, para comprobar si respiraba? “SE LO DEBO.” TE LO DEBO MADRE. Apreciados asistentes a este acto, ya pueden dejar de sonreír si lo desean. A partir de ahora hagan lo que estimen oportuno. Gracias”.

¿Qué les dije? ¿A que parece que vomita cuando escribe? Lo dicho, un asqueroso sentimental. Un hombre del pasado. Saludos. Sean felices.

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