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Seréis como dioses

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
martes, 8 de septiembre de 2009, 01:17 h (CET)
La vieja tentación del Paraíso sigue resonando en los oídos de la humanidad a través de los tiempos: si no hacéis caso a Dios y coméis del árbol de la ciencia del bien y del mal, seréis como dioses. Una y otra vez los hombres quieren olvidarse de su condición de criatura y convertirse en sus propios dioses y a pesar de que todos sus intentos terminan en dolor y fracaso piensan que la próxima vez lo conseguirán. Siempre hay quienes dirigen la maniobra, los que proponen construir una torre tan alta que desafíe al cielo, aunque termine en la confusión de Babel.

Los hombres en lugar de reconocer que habían recibido el regalo de la vida y agradecerlo, pensaron que existían dioses poderosos que constituían una amenaza y trataron de conjurarlos, de librarse de ellos o de conseguir su ayuda para vencer a sus enemigos. Los jefes de todos los imperios antiguos buscaron ser divinizados, ser considerados como dioses cuya voluntad fuera la ley, decidir acerca del bien y el mal.

Cristo irrumpe en la historia para ofrecer la salvación. Dios que nos creó y en el que vivimos, nos movemos y existimos, sigue amando a los hombres a pesar de su loca tendencia a considerarse absolutamente libres y autosuficientes. Su oferta de salvación a través del amor y la verdad respeta la libertad de cada persona. Unos aceptan el amor de Dios y aman y otros siguen empecinados en salvarse a sí mismos confiando en sus propios medios: la ciencia y la técnica, sin caer en la cuenta que estos medios también son dones de Dios.

El tentador sigue insistiendo: Dios no es necesario, ni siquiera como hipótesis para explicar el universo, dicen algunos con altanería. Otros hacen publicidad de “probablemente no exista, por lo que deben dejar de preocuparse y disfrutar de la vida”. La muerte inevitable de todos pone un inquietante contrapunto. La situación del mundo, sus guerras, sus rivalidades, sus hambres, sus crisis, cuestionan eso de disfrutar de la vida.

La humanidad va gastando milenios ensayando fórmulas maravillosas que resuelvan todos los problemas. Todas fracasan. Recordemos las últimas: el marxismo eliminando las clases sociales convertiría el mundo futuro en un paraíso. Millones de personas han sido sacrificadas a este idea y todo el tinglado se ha venido abajo.

La mano invisible podía regular las relaciones sociales a través del mercado. El egoísmo de cada uno daría como resultado la prosperidad. Pero el egoísmo es una pasión insaciable de la que no puede salir amor ni solidaridad. La crisis que padecemos es buena prueba de los males que puede acarrear el egoísmo.

La creación del estado del bienestar en el que tanta gente ha confiado puede venirse abajo tanto por la crisis económica como por el desequilibrio entre esperanza de vida y reducción de la natalidad.

Pero hay más. El deseo de decidir sobre el bien y del mal, se hace realidad con campañas planetarias para reducir la población mediante cualquier medio, con la difusión de la ideología de género que trata de imponer que la sexualidad es una opción personal y un producto cultural, con la incitación al placer sin trabas ni responsabilidades. La política educativa para borrar la influencia de la familia o de las religiones y realizar una ingeniería social en la que los gobiernos decidan sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Todo ello adobado con una palabrería eufemística: abortar no es matar a un inocente sino el ejercicio de un extraño derecho de la mujer, la sexualidad no es una fuerza que necesita ser dominada por la voluntad sino ejercitada sin trabas ni cortapisas desde la más tierna infancia. La familia no es una unidad compuesta por padre, madre e hijos sino una forma más entre otras muchas fluidas y cambiantes. La ecología como argumento para modificar las conductas y tantas cosas más.

Por eso la Encíclica de Benedicto XVI –Caritas in veritate- no puede ser más oportuna. Señala que la única fuerza capaz de orientar el desarrollo de los pueblos y de las personas es la caridad en la verdad. La caridad es el amor exigente y comprometido que se preocupa del bien de los que ama y la verdad que reconoce que somos criaturas, dotadas de razón y de conciencia por Dios, que quiere nuestro bien, que consiste en amarle a Él y amarnos entre nosotros.

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