Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

¿Dónde se encuentra la vida?

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 22 de julio de 2009, 05:17 h (CET)
Investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias dicen que han descubierto en el espacio a unos 700 años luz de la Tierra la molécula llamada naftalé que combinada con agua, amoníaco y radiación ultraviolada produce muchos de los aminoácidos fundamentales para el desenvolvimiento de la vida. Pregunta crucial que persigue incansablemente al hombre y a la que no se le sabe dar respuesta convincente con los estudios científicos: ¿Cómo se originó la vida?

Es un axioma que de la nada no puede salir nada y que la vida no se origina por generación espontánea. Si partimos de esta base se puede afirmar que antes de que apareciese la vida tendría que existir Alguien que la produjese. La Biblia comienza con una declaración sorprendente: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Esta es una afirmación que la razón no puede entender. ¿Cómo puede haber alguien que ha existido eternamente? Este es un pensamiento que nuestra pequeña mente, nuestras células grises de las que está tan orgulloso el detective de ficción Hercule Poirot, no pueden comprender. En nuestra cortedad pensamos que el conocimiento sólo puede obtenerse por la vía de los cinco sentido. Nos quedamos cortos y no queremos admitir lo que no se puede asimilar por vía sensorial. Existe un sexto sentido del que no se habla: la fe. “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve… Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos, 11:1-3).

La fe es un regalo de Dios, afirma la Biblia. Si no se tiene y uno quiere entender el tema que ahora nos interesa, es preciso pedírselo a Dios y éste lo dará a quien se lo reclame con fervor. Poseyendo la fe ya podemos adentrarnos en el análisis del texto que describe el origen de la vida en la Tierra.

De la materia que Dios con solamente decirlo creó, el Creador ordena que las aguas produzcan seres vivos y que de la tierra surjan animales que la pueblen. Refiriéndose a nosotros los hombres, y no poniéndonos en el mismo saco, dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis, 1:26). Los componentes químicos del cuerpo humano son los mismos que aparecen en los otros cuerpos vivientes. Pero en el hombre se encuentra una característica que lo distingue del resto de seres vivos: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis, 2.7). Loa dos textos de Génesis citados ponen de manifiesto que el hombre es una creación especial de Dios y que de Él emana la vida porque el es su Autor.

La vida tiene dos aspectos diferenciados: la física y la espiritual. La física es la primera en aparecer, después la espiritual. Cuando Dios sopló el aliento de vida a la imagen de barro inerte, aquella materia estática empezó a moverse. Juntamente con el movimiento de las articulaciones el hombre empezó a mirar más allá de las nubes porque está capacitado para tener relación con Dios, su Creador. El hombre apareció en la Tierra como ser adulto y vivo física y espiritualmente.

La conservación de la vida física y espiritual dependía de la obediencia al mandamiento del Creador que le prohibía comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Comió y murió. Físicamente, Adán no murió como fulminado por un rayo. Falleció “a la edad de nueve cientos treinta años”. Espiritualmente murió en el acto. La evidencia de este deceso se encuentra en el hecho que se rompe la relación con Dios. Adán se escondía de su presencia entre los árboles del jardín.

El Señor quiere recuperar lo que se ha perdido. La parábola del hijo pródigo ilustra este deseo divino. Desde la lejanía el padre ve como regresa el hijo que se había perdido. Conmovido se apresura a su encuentro, lo abraza y lo besa. La actitud de regresar al Padre celestial escasea mucho. Este es el gran drama tal como lo descubre el evangelio de Juan. Cristo es la luz que resplandece en las tinieblas y estas no lo recibieron, pero todos los que le reciben, los que creen en su nombre les concede ser hijos de Dios.

Por la fe en el nombre de Jesús se recupera la vida física. La resurrección de Cristo es la garantía de que quienes creen en Él también resucitarán. Cuando llegue el día de la resurrección, los cuerpos resucitados no morirán jamás. La vida ha absorbido a la muerte. El hecho de que por la fe en el nombre de Jesús nos convirtamos en hijos de dios es la confirmación de que se ha recuperado la vida espiritual. Recibida ésta, el creyente en Cristo ya no se esconde de la presencia de Dios.

Noticias relacionadas

El nefasto cuento de la lechera del separatismo catalán

“Es lastimoso que seamos seducidos por nuestras propias bufonadas e invenciones” M.E de Montaigne

Sin retorno

a locura melancólica no tiene sentido; pero el reto del progreso no admite enajenaciones

Sardana catalana en el Club

Convocados Meritxel Batet, Francesc Carreras, Juan Carlos Girauta, Juan José López, Josep Piqué y Santiago Vila

Chiquito

Un ángel más nos ha abandonado este fin de semana

Las familias requieren de un bienestar social

Hace falta más coraje para combatir intereses mezquinos
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris