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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Realpolitik global en Honduras

Edward Schumacher-Matos
Edward Schumacher-Matos
viernes, 10 de julio de 2009, 03:55 h (CET)
A veces hay que reconocer los méritos a los líderes políticos. El Presidente Barack Obama y la Secretario de Estado Hillary Clinton están a punto de lograr su propio golpe de estado en Honduras, e impulsar los intereses estadounidenses con una destreza que no se ve en Washington desde hace muchos años.

La referencia del Presidente a Honduras durante su visita a Moscú refleja cómo el pequeño país de América Central no es sino una molestia mientras la administración presiona el botón de reinicio a nivel global y en el hemisferio. La justicia puede no verse totalmente satisfecha en Honduras, pero de todas formas es probable que el país termine en mejor posición.

"América no puede y no debe aspirar a imponer ningún sistema de gobierno a ningún otro país," decía Obama en Rusia, "ni presionaremos para que salga elegido el partido o el individuo que vaya a encabezar un país.... Mientras nos reunimos aquí hoy, América apoya la restauración del presidente electo de Honduras, incluso si se ha opuesto firmemente a las políticas estadounidenses. No lo hacemos porque convengamos con él. Lo hacemos porque respetamos el principio universal de que el pueblo debe de elegir a sus líderes."

La lección inmediata era trasladar a Rusia discretamente el mensaje de mantenerse alejada de Ucrania y Georgia. El mensaje, sin embargo, también resonó por toda Latinoamérica, minando los esfuerzos de polarización del Presidente venezolano Hugo Chávez. Que la administración se haya unido a la Organización de Estados Americanos condenando el golpe al Presidente hondureño Manuel Zelaya ha dejado a Chávez despachándose a gusto sin enemigo contra el que despacharse.

Cuando tres aliados de Chávez -- los presidentes de Argentina, Ecuador y Paraguay -- pretendieron sin éxito escoltar a Zelaya de vuelta a Honduras a bordo de aparatos venezolanos, quedaron como irresponsables por alimentar la violencia que redundó en un muerto. Clinton, mientras tanto, trabajando en secreto con Brasil, México, Colombia y Chile entre otros países moderados, ha reunido a dos bandos hondureños enfrentados en una mediación con uno de los veteranos de Latinoamérica, el costarricense Oscar Arias, ganador del Nobel. Existe ahora una iniciativa genuina encaminada a una resolución pacífica de la crisis.

Estados Unidos, visto desde hace tiempo como el matón de la región, es de pronto considerado como respetuoso y sabio. El visiblemente desconcertado Chávez sólo pudo proponer una fórmula patentemente ridícula dentro de la que "el imperio yanqui" seguía siendo el malo en Honduras, pero Obama podría no ser responsable porque él es "un preso más del imperio."

De manera más fundamental, Obama y Clinton, quizá porque ninguno de los dos tiene experiencia concreta en Latinoamérica, han abordado la región de forma fresca y cuestionado el motivo del desconcierto. El discurso de Moscú y sus acciones en Honduras subrayan que la Guerra Fría ha terminado de verdad. Chávez es una molestia, pero Washington no tiene enemigos en Latinoamérica. Nuestros principales intereses son la inmigración, la delincuencia y el comercio, no las ideologías, como a los extremistas de la derecha y de la izquierda les gustaría hacernos creer.

En suma, ¿estamos sacrificando Honduras? No. Zelaya es el principal culpable de la crisis, pero lo que cuenta es el estado de derecho. Su país ha sido despertado por las bravas. Permitirle cumplir los seis últimos meses de su mandato sin la celebración del referendo que habría despejado el camino a la sucesión tiene más posibilidades de llevar la paz y la estabilidad al país que la situación presente.

La cuestión más genérica será: ¿Qué hemos sacado en limpio el resto de nosotros? Todos venimos empujando a los latinoamericanos a respetar el estado de derecho, pero más allá de insistir en que Zelaya había sido elegido democráticamente, contados son los críticos que dentro de la Organización de Estados Americanos o la Unión Europea entre otros están dispuestos a reconocer a los hondureños por hacer sólo eso.

El Tribunal Supremo de Honduras, como tiene competencias para hacer en el marco de la Constitución, dio orden al ejército de deponer a Zelaya después de que empezara a hacer los preparativos para someter a referéndum una convención constitucional que el tribunal, el Congreso y su propio fiscal general consideraban ilegal. Aún así, muchos gobiernos latinoamericanos y europeos siguen llamándolo "golpe de estado militar" o, como lo llamaba Associated Press varios días después de producirse, una "toma militar del poder." Clinton y Obama dejaron de llamarlo golpe.

Existen terrenos inciertos relacionados con los poderes presidenciales y el hecho de que la constitución hondureña prohíbe la extradición de ciudadanos. El ejército exilió a Zelaya tras consultar con líderes civiles para evitar precisamente el tipo de violencia que se desató cuando Zelaya intentó volver. Puso contra las cuerdas a su país y su constitución, y por ese motivo debería probar su propia medicina.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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