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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El síndrome de Estocolmo y las elecciones europeas

Diego Urioste
Redacción
domingo, 31 de mayo de 2009, 23:04 h (CET)
Fue el criminólogo Nils Bejerot el que acuñó por primera vez el término Síndrome de Estocolmo para referirse a la relación de identificación que sienten los rehenes con sus captores [1]. Los factores de seguridad y de tiempo son concausa exponencial de esta peculiar respuesta psicológica donde el agredido siente una fuerte empatía con el agresor. Las crónicas de la época recogieron el robo de Norrmalmstorg de este modo:

El 23 de agosto de 1973, dos delincuentes armados con ametralladoras entraron en un banco de Estocolmo, Suecia. Blandiendo su arma, un hombre fugado de una prisión llamado Jan-Erik Olsson anunció a los aterrados empleados del banco que “la fiesta acaba de empezar”. Los dos atracadores tomaron cuatro rehenes, tres mujeres y un hombres, durante las 131 horas siguientes. Los rehenes permanecieron atados con dinamita en una cámara acorazada del banco hasta que finalmente fueron rescatados el día 28 de agosto.

Tras su rescate, los rehenes mostraron una actitud impactante, si tenemos en cuenta que los habían amenazado, maltratado y temieron por sus vidas durante unos 5 días. En sus entrevistas en la prensa fue evidente que apoyaban a los secuestradores y temían a los agentes de la ley que fueron en su rescate. Los rehenes habían llegado a pensar que los secuestradores estaban en realidad protegiéndoles de la policía. Una mujer mantuvo después una relación con uno de los criminales y otra creó un fondo de defensa legal para ayudar con los gastos de la defensa. Evidentemente, los rehenes habían creado un vínculo emocional con sus secuestradores.

La actitud y conjunto de síntomas y fenómenos padecidos por los rehenes son extrapolables a cualquier otra situación social donde uno o varios individuos dependen durante cierto tiempo de la protección de alguien o algo. Las sociedades suelen gobernarse mediante la autoridad de uno o varios elementos sobre el conjunto de todos ellos. La dirección prolongada por parte de una misma autoridad (gobernante, régimen, sistema) se sustenta básicamente en los mismos principios psicológicos que el Síndrome de Estocolmo: la relación de protección (real o no) se prolonga en el tiempo, haciendo que los gobernados se sientan seguros (o menos inseguros) bajo el paraguas del que parece depender su vida. Esta relación de sumisión pasiva se refuerza con las estructuras creadas por la autoridad, ya sean políticas, culturales, militares o económicas: “la autoridad irracional se basa en el poder y sirve para explotar a la persona sujeta a ella” [2].

Esta sumisión existe tanto en los regímenes dictatoriales paternalistas como en las pseudo-democrácias propias de nuestro tiempo. Tanto en uno como en otro los súbditos entregan su capacidad de decisión al ente superior que gobierna, ya sea a través de la aceptación directa en el régimen dictatorial o a través del voto en las pseudo-democrácias. Curiosamente el acto de votar escenifica de forma ficticia una libertad -la de elección- que en realidad no existe: la sugestión a través de la propaganda de los medios de comunicación, las ley de partidos y la propia educación oficial impiden la elección libre. Existe un comportamiento infantil en todo esto, ya que el “votante”, al igual que el recién nacido, elige entre lo que sus superiores le ofrecen y no entre todo lo que existe. El niño, al igual que el votante medio, no se pregunta ni el qué, ni el porqué ni el para qué, porque en la elección no se le pregunta nada de eso, sino simplemente el elegir entre las opciones mostradas: papilla de verduras, papilla de frutas… O lo que es lo mismo: Partido A, Partido B, Partido C, etc.

7 de Junio 2009, elecciones europeas y su democracia

Las pseudo-democracias utilizan la falsa pluralidad (distintos sabores de papillas) para reforzar la legitimidad de su autoridad, y los pseudo-ciudadanos (súbditos) en mayor parte participan. Es el mismo esquema que el Síndrome de Estocolmo: el rehén entrega su capacidad de elección a su captor por seguridad o/y empatía. Y se convierte en una costumbre, lo que refuerza aun más la existencia de esa relación de sumisión. El rehén-ciudadano no es completamente consciente de estar bajo la directriz del secuestrador, sino que cree que es una decisión propia y racional. De ahí que se le llame síndrome, porque es un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad. Una enfermedad que inhibe el pensamiento crítico. De ahí que el pueblo, bajo una pseudo-democracia, en realidad sólo sea masa. Masa manejable y ciega. Masa llamada a las urnas el 7 de junio en otra escenificación democrática ficticia más.

El captor (sistema) ha dado muestras de su comportamiento antidemocrático, desobedeciendo en varias ocasiones los resultados de sus propias escenificaciones. En varias ocasiones los europeos reprobaron mediante “libre elección” la constitución europea, sin embargo esta fue aprobada. El rehén no protestó. El diagnóstico de la enfermedad psicológica es pues acertado, rozando incluso el masoquismo político y social.

Lo más curioso de estas elecciones es que los electores desconocen para qué sirve su voto. Saben que es para la constitución del parlamento europeo, pero ignoran como funciona y qué funciones tiene. Y mejor que no las sepa, porque el saber -la verdad- nos hará libres, y la libertad es algo que no tiene lugar en las pseudo-democracias, en la relación de sumisión rehén-captor. 490 millones de europeos viven, trabajan, nacen y mueren por un sistema que desconocen.

Europa: cortijo privado de la clase política parasitaria estatal

Los europeos estamos llamados a votar la composición de la eurocámara a través de nuestros representantes estatales. Es decir que, pese a que la elección configurará un parlamento a nivel europeo, los europeos sólo podrán votar a un nivel estatal: los franceses sólo podrán votar a los partidos políticos que se presenten en Francia, en vez de votar listas europeas. Esa es la primera trampa (dentro de la ya trampeada pseudo-democracia) de estas elecciones: la segregación del electorado europeo en antiguas parcelas de poder políticas (estado español, estado francés, etc.). El parlamento europeo no representará pues el voto europeo, sino que será un esperpento sumatorio de micro-elecciones estatales, cuyos escrutinio se dividirá porcentualmente entre el número de escaños asignados a cada estado. Así, el voto de un ciudadano europeo valdrá más o menos dependiendo de la fuerza de su estado dentro de la eurocámara. Esa desigualdad democrática que desvirtúa el valor de cada voto no es sino otra prueba más del caracter antidemocrático de este sistema. Antidemocrático y antieuropeo.

Lo “gracioso” (por llamarlo de alguna forma) de todo este asunto es que ese parlamento apenas tiene poder dentro de las estructuras de la Unión Europea. En realidad la eurocámara no es más que un elemento decorativo (y costoso) de una estructura política que depende realmente del Consejo Europeo, en el cual los europeos no tienen ni voz ni voto.

El Consejo Europeo está formado por los jefes de estado de los estados miembro de la Unión Europea, y la presidencia es ejercida por turnos rotativos entre estos. Se trata de una especie de club privado de las élites políticas europeas, cuyas decisiones dependen exclusivamente del interés de los distintos grupos de presión y lobbys que se multiplican en las instituciones europeas de forma asombrosa. No hace falta advertir que esos grupos de presión y lobbys no son sindicatos de trabajadores ni plataformas cívicas precisamente, sino sociedades mercantiles, financieras y militares transnacionales.

Los políticos gobiernan y legislan en base a las necesidades de esas corporaciones con total impunidad, sabiendo que el rehén-ciudadano apenas protestará (y si lo hace, será por cauces que ellos habrán dictaminado como ilegales y por lo tanto llevados a la marginación política y social).

Todo esto a expensas de los europeos. Porque todo este sistema existe “gracias” al trabajo y esfuerzo de los trabajadores europeos, que mantienen a través de sus impuestos (directos e indirectos) a esta clase política, que no existiría si los ciudadanos no tuviesen el Síndrome de Estocolmo político. Si el rehén no coopera, el captor no puede llevar a cabo su empresa.

¿Qué hacer ante las elecciones europeas?

En primer lugar, cada cual deberá elegir si es rehén o es libre. Es la primera decisión antes de cualquier posicionamiento. Se trata por lo tanto de tomar conciencia de nuestra existencia, de nuestro poder, de nuestras limitaciones, de nuestros deseos y de lo que queremos y no queremos. Si alguien está de acuerdo con la segregación entre iguales -europeos-, con la injusticia social y la explotación laboral, con la sumisión a poderes imperialistas y colonialistas, lo tiene fácil: votar a cualquier opción mayoritaria que se presenta. Al fin y al cabo son los artíficesde esa situación, y entre unos y otros no hay grandes diferencias: los dos grandes partidos (ficticiamente enfrentados, pero por los actos e intereses unidos) votan prácticamente lo mismo en la mayor parte de las elecciones parlamentarias europeas [3].

Sin embargo si lo que uno quiere es precisamente lo contrario, lo tiene difícil. Una Europa unida bajo un nuevo orden económico y social no es un objetivo que se pueda lograr a corto plazo, mucho menos mediante el voto en unas falsas elecciones. Participar en el paripé supondría directa e indirectamente legitimar esta injusta situación. Porque votar significa participar y por lo tanto aceptar de forma más o menos consciente el juego pseudo-democrático. Votar es aceptar las reglas impuestas, aceptar el sistema de votación impuesto y por lo tanto acatar los resultados de las pseudo-elecciones. Si existiese un partido político que cuestionase y luchase contra este sistema oligárquico, sería ilegalizado. Por lo tanto no existe el voto anti-sistema (lejos de la etiqueta maniquea que utiliza la prensa interesadamente [4]), como mucho opciones distintas que cumplen los requisitos legales del sistema: euroescépticos de extremaderecha y extremaizquierda (estatalistas, regionalistas…), y que son más un problema añadido que una solución, o dicho de otro modo, son la expresión extrema de un interés generalizado entre la clase política: segregación europea y mantenimiento de status de privilegios de unos sobre otros, ya sean privilegios de clase, de raza o de nación.

Moralmente sólo queda la abstención. Una abstención activa que represente una oposición personal e individual a todo este proceso anti-democrático, puesto que la oposición colectiva de los que nos consideramos europeos tendrá que construirse socialmente primero. Algunos argumentarán que sería mejor votar en blanco, ya que la abstención suele utilizarse como argumento euroescéptico (”si no votan en las europeas es porque no quieren ser Europa”). Sin embargo el voto en blanco es “entre todos los mostrados, el más pernicioso y colaboracionista. Pernicioso si su intención es la de protesta y colaboracionista porque refuerza el poder y representación de los grandes partidos e impide el acceso a los pequeños (…) Tal como están las cosas, el voto en blanco es en sí mismo un parásito, un mal electoral que aumenta aun más el poder de los grandes partidos y ahoga las alternativas minoritarias. El sistema de cálculo de representabilidad se ve alienado por el voto en blanco, dando resultados desvirtuados y poco proporcionales y representativos del voto real.” [5]

Abstención como expresión máxima de rechazo hacia esta clase política parasitaria y su sistema político y económico, abstención como negación real a todas sus estructuras. Abstención incomputable, sí, pero honesta.

____________________

[1] BEJEROT, Nils.”The six day war in Stockholm”. New Scientist, volumen 61, número 886, p. 486-487

[2] FROMM Erich. (1976) To have or to be. Abacus. p. 44-45

[3] PP y PSOE votan lo mismo en el Parlamento Europeo en un 70% de los casos

[4] PRIGORIAN, Nelly. ¿Quién controla el cuarto poder?. Rebelión.

[5] Contra el voto en blanco

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