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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El Bien y el Mal

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 13 de mayo de 2009, 08:21 h (CET)
Si a la población Occidental se le pregunta sobre sus creencias sobre los ángeles y los demonios, con seguridad respondería la inmensa mayoría que eso son cuentos de la religión, cosas de curas, mitos o supersticiones; pero al mismo tiempo devoran con particular devoción el bodrio de novela de Dan Brown o la película basada en ese panfleto. Una aparentemente inocua contradicción que, sin embargo, se extiende de punta a término de las grandes cuestiones sociales. Por ejemplo, siempre he escuchado hablar sobre la barbaridad nazi de eliminar a los impedidos o los disminuidos para mantener la pureza racial como una atrocidad de cargo sobre su genuina maldad... a los mismos que hoy defienden con inusitado encono el aborto, especialmente si la criatura va a nacer impedida o disminuida, y todo eso al mismo tiempo que se declaran fervorosos defensores de los derechos humanos... en las personas de los criminales más abyectos. No hay duda de que actualmente elegimos al definitivamente malo sobre el potencialmente bueno, al verdugo sobre la víctima, o aun consideramos epidemia al SIDA que mata a millones de seres humanos cada año (y permitimos que los enfermos sigan infectando sin control alguno) y pandemia a una inocua enfermedad que apenas si produce decesos, tal como esa fiebre porcina. ¿Nos gobierna el Bien?...

Algunas de estas cuestiones tan capitales son de índole personal, tales como la Fe, y que crea o no cada cual en ángeles o demonios, o que tome partido contra algo o contra alguien por los desquicios de un iluminado soportado en la falta de rigor y en el artificio del márquetin, no va mucho más allá de lo irrelevante; pero otras son más trascendentes, de enorme calado y de consecuencias trágicas, tal y como sucede con el caso del aborto, el del SIDA o el de las guerras justas y el intervencionismo (neoimperialismo) de Occidente en esos mundos de Dios (con perdón).

Para los partidarios del aborto, por ejemplo, el asunto se circunscribe a una simple cuestión de elección más o menos caprichosa de la madre (sólo de la madre), entretanto para los detractores se trata de un crimen paliativos, y, en consecuencia, de una ley genocida la que lo permite. La cuestión, claro, es cómo pueden convivir personas que se consideran justas con otras a las que consideran genocidas. ¿Podría aceptar un ciudadano... normal, digamos, una ley que declarara libre el crimen o la violación?... Pues, ni más ni menos, ésta es la distancia que separa a los partidarios y detractores del aborto, como esa fue la distancia de quienes fueron partidarios y contrarios a la limpieza étnica nazi, a los campos de exterminio o a la extinción —por piedad— de los disminuidos o impedidos por cuestiones de pureza racial, que no es sino de uno de los supuestos en los que actualmente se consiente legalmente el aborto: por defecto o enfermedad congénita. Pero también, quienes ven bueno y correcto esto del aborto, ¿cómo pueden convivir con quienes les consideran asesinos?... Una cuestión nada baladí. Nada en absoluto. ¿Cómo un ciudadano puede respetar y aun obedecer a su propio Gobierno, si considera que las leyes que promulga su corpus legislativo son injustas y aun genocidas?..., ¿y cómo un Gobierno no va a perseguir a los ciudadanos que le consideran criminal?...

El agua y el azogue jamás se podrán alear, como jamás podrán convivir en paz el Bien y el Mal: sus propias naturalezas lo impiden. El Estado se ha instituido en el Pepito Grillo de cada conciencia individual y, desde luego, de la conciencia colectiva, razón por la cual irrumpen en al ámbito de la moral ciudadana no sólo adoctrinando a los niños desde su propia educación obligatoria, sino también irrumpiendo en el ámbito personal e individual de las personas y las familias imponiendo modos y maneras conforme a un ideario que para muchos de nosotros es aberrante. Muchos que consideramos que éxitos literarios como el de Dan Brown son dirigidos e intencionados para alcanzar un propósito muy específico, muchos que consideramos que las epidemias y las pandemias son interesadas por oscuros intereses, muchos que consideramos que los Estados a su vez dependen de otros Estados y éstos de algunos personajes, y muchos que consideramos que ciertos sucesos trágicos son producidos artificiosamente para luego ser utilizados como justificación para barbaries neoimperialistas posteriores.

A menudo se dice que estamos construyendo la sociedad —ardua tarea de miles de miles de años, por lo que se ve, y aún está manga por hombro—, pero la cuestión es qué clase de sociedad estamos construyendo si no tenemos claro qué es el Bien y qué el Mal. Sea desde la óptica moral, ética o religiosa, para construir entre todos, primero que nada es preciso alcanzar acuerdos sobre qué es y dónde está cada cosa. De otro modo, lo que construyan algunos hoy, tal y como ha sucedido históricamente, otros tendrán que destruirlo mañana para edificar la viceversa, consintiendo que sean los ángeles y los demonios los que se vayan alternando y gobernando la Historia, con el costo que ello comporta.

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