Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil
Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Pena de aborto

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 27 de marzo de 2009, 11:40 h (CET)
Alejandro llevó la sangre y la cultura a Oriente y se trajo de Persia la crucifixión, la cual heredaron más tarde los romanos al conquistarles y quienes hicieron de ella un signo distintivo de su egregia barbarie: hasta a Dios mismo crucificaron. Ninguna pena era más terrible que ésta, y, al principio, sólo se aplicaba a esclavos y a las clases más bajas (con cualquier excusa), pero pronto se extendió a los propios ciudadanos romanos que cometieran ciertos crímenes o a los cristianos por el solo hecho de serlo. La Vía Apia solía estar a menudo jalonada de crucificados, como sucediera con Espartaco y los rebeldes gladiadores que venciera Licinio Crasso, o con los cristianos que, convenientemente untados de pez y prendidos con fuego, iluminaron las tinieblas de Nerón, Trajano y algunas otras glorias de su época en sus entradas triunfales al Palatino. Sin embargo, estas terribles penas para el romano de a pie eran lógicas, estaban bien, eran consecuentes, aceptables, plausibles, como lo eran las fiestas circenses en las que se alimentaba a las fieras con seres no-humanos, u otros seres no-humanos se daban muerte entre sí para diversión de la plebe. No; nada había de punible en ello, porque esos hombres, mujeres y niños habían sido desvestidos de su humanidad, y, en consecuencia no eran más que animales con apariencia humana. Alguien poderoso e influyente en la sociedad o el senado había tendido una línea roja dividiendo la creación, y con ello había desnudado de humanidad a la parte que no estaba de su lado, convirtiéndolos en simples cosas de las que servirse o con las que entretenerse.

Desde mucho antes, durante y mucho después de los romanos, hasta bien entrado el s. XIX, algunos hombres poderosos e influyentes declararon que otros hombres, mujeres y niños no eran humanos, y, en consecuencia, se podían servir de ellos como esclavos o entretenimiento, trazando su línea roja entre quienes dominaban y quienes eran dominados, o entre blancos y negros. Cuando terminaron las conquistas y la sociedad Occidental pareció caer en la indolencia, se encargó a otros hombres mercenarios ir en busca de esclavos a las zonas costeras de África para surtir de mano de obra barata y de entretenimiento exótico a los poderosos. Nada había de punible en eso, nada de terrible o simplemente que perturbara sus conciencias. La sociedad en pleno lo aplaudía como algo saludable y, quien más quien menos, todos quisieran poder ser propietarios de un buen número de esclavos, signo y marca de progreso y poderío social.

Algo parecido sucedió con la Alemania nazi y su obsesión por la pureza de la sangre aria, tendiendo los sabios del Régimen una línea roja que dividía a la sociedad entre humanos y animales con aspecto humano, como los judíos, los gitanos, los homosexuales, los lisiados, los locos y los disminuidos. Todos lo veían bien, muy bien, porque los que quedaban a ese lado de la línea roja eran más, estaban conformados por la misma materia que los dioses: eran los humanos. Los demás, no, y podía hacerse con ellos lo que fuera y como fuera, propiciando la aparición de criaturas como Mengele, quien sacrificó sañudamente a decenas de miles de niños sólo para saber si les podía cambiar el color de los ojos, si los gemelos sufrían lo mismo o cuál era la capacidad de dolor y sufrimiento de un niño. Unas decenas de miles de criaturas que, en fin, no eran nada frente a los casi seis millones de seres no-humanos que los nazis sacrificaron por sus creencias coyunturales; algo que sobradamente sabían los aliados y la Iglesia, y tampoco hicieron nada por evitarlo porque, dentro de la barbarie que asolaba el mundo, tenía su lógica.

Desde el fin de la II Guerra Mundial, pero muy especialmente desde hace unos años a esta parte, le ha llegado el turno a los más inocentes e indefensos entre todos los inocentes e indefensos: al aborto. Algunos poderosos e influyentes han tendido una línea roja en cierta parte de la humanidad, decretando que para ser humano hay que estar de esa línea para acá, y que desde esa misma línea para allá puede hacerse con esa no-humanidad lo que se quiera y como se quiera, ya sea descuartizarlos salvajemente por entretenimiento o utilizarlos como Mengele para experimentos y crueles juegos biológicos. La sociedad, los mismos que desde persas hasta los nazis consintieron parejas barbaries, lo ve bien, lógico, plausible, algo normal. Normal como la crucifixión para los romanos, la esclavitud para casi todos los pueblos dominantes hasta el s. XIX o la liquidación de casi seis millones de personas para los nazis. Después de todo, desde el fin de la II Guerra Mundial para acá en Occidente se han producido casi 400 millones de abortos, lo que implica un pacto de sangre tan extendido, que a pocos o a ninguno deja con las manos limpias: casi todos estamos de esta parte de la línea roja, pues que pocos o nadie se enfrenta a riesgo de su vida a este silencioso genocidio.

Los criterios de los poderosos, y aun de las sociedades, cuando se invisten de la arrogancia y la soberbia de su condición transitoria (tempus fugit), propicia atrocidades como éstas: más de media humanidad ha sido liquidada cruelmente por unos cuantos iluminados, miles de millones de seres humanos exactamente iguales que nosotros, a quienes, en algunos casos como en el aborto, ni se les ha dado ocasión siquiera de conocer otra cosa que la saña de abortistas que sólo les han procurado el más atroz de los sufrimientos. Para algunos es algo lógico y normal, es natural que suceda así porque están a este lado de la línea roja; pero para otros, para muchos de nosotros, no hay diferencia entre lo que se hacía con los penados y crucificados por persas, griegos romanos, etc., o con la esclavitud y aun la muerte gratuita a la que se sometió a los pueblos dominados, primero, y a los negros, después, o todavía con lo que lo que los nazis hicieron con los judíos, gitanos, homosexuales, lisiados, locos o disminuidos: para nosotros es un crimen horrible y sin concesiones, tenga la cobertura legal que tenga. También tenían leyes para cometer aquellas barbaridades los pueblos que he mencionado más arriba.

Es posible que el poder enceguezca la inteligencia de quienes están sometidos a su influjo. Miro, y veo entre los poderosos e influyentes a personas aparentemente como yo que decretan gratuitamente la muerte seviciosa de otros seres que podrían ser personas como yo, simplemente porque han tendido una línea roja. Miro a la ministra Aido, y veo una persona como yo —más joven—, y no lo entiendo, ni comprendo que quiera echar sobre su alma la tiniebla de miles de millones de vidas inútilmente sacrificadas. Hoy es posible que reciba aplausos y que éstos la compensen; pero incluso las palmas callarán en la soledad de su intimidad, y sus propios actos la convertirán en un personaje para la ignominia en el porvenir de la Historia. Los crímenes que hoy por ley sean despenalizados, mañana por humanidad serán reprobados, y tendrá el dudoso privilegio de habitar el mismo infierno que Nerón, Calígula, Trajano, Hitler y tantos otros que con sus leyes injustas trazaron líneas rojas que legitimaban la extinción de otros seres humanos. Tal vez acertadamente el gobierno del PSOE ha elegido para este fin de muerte a Bibiana Aido: Vida, se escribe con una sola V.

Noticias relacionadas

Qué explicaría la visita de Xi Jinping a Panamá

Panamá no constituye ejemplo de gran o mediana potencia

¿A quién voto en las próximas elecciones andaluzas?

Los socialistas han gobernado en Andalucía desde 1982 sin interrupción y no hemos salido del vagón de cola

Macron y Mohammed 6 en tren de alta velocidad

Mientras otros países del Magreb se resisten a la modernidad, Marruecos se suma a la carrera espacial y viaja en trenes de alta velocidad

¿Hacia un Brexit traumático?

La irrupción de fuerzas centrífugas consiguió la victoria inesperada

Interior del Ministro de Interior

​Desayuno de Europa Press con el ministro de Interior Grande-Marlaska en el hotel Hesperia de Madrid. Llegué con adelanto y atendí el WhatsApp: “¡Vaya espectáculo!.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris