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Etiquetas:   Carta al director  

La mujer en el Siglo XXI

Helena Trujillo Luque (Málaga)
Redacción
miércoles, 18 de marzo de 2009, 13:30 h (CET)
"En esta vida es fácil morir. Construir la vida es mucho más difícil". Vladimir Maiakovski, poeta ruso

El pasado 8 de marzo se celebraba el Día Internacional de la Mujer, día en el que era preciso abordar uno de los retos femeninos para este siglo: su consolidación en el ámbito laboral.

Las necesidades sociales, la revolución industrial y la partida a la Primera Guerra Mundial de los hombres, que despobló las fábricas, dieron el primer empujón a la mujer para su introducción masiva en el mundo laboral. Sabemos que estas circunstancias, junto con la posibilidad de ser formada, son los pilares centrales sobre los que ha girado toda la liberación femenina.

Nadie puede dudar ya de sus conquistas laborales: aumenta el porcentaje de mujeres asalariadas, cada vez más estudiantes universitarias, empresarias, cargos políticos, etc. aún así siguen existiendo peculiaridades que establecen claras diferencias entre géneros. La realidad es que sigue habiendo una gran asimetría en el tiempo dedicado a la casa y los hijos. Las políticas de conciliación laboral no han incidido aún de forma suficiente en nuestra forma de pensar, todavía las mujeres tienden a poner en un segundo plano sus ambiciones profesionales ante el nacimiento de sus hijos y son muchas las que abandonan de forma prolongada o definitiva su vida laboral para dedicarse a la familia.
Se podría decir que el modelo ideal de mujer ya incluye la faceta profesional, sin embargo esto se corresponde con lo "políticamente correcto", porque el día a día demuestra que sigue estando mal visto que una mujer anteponga sus funciones y ambiciones profesionales a las familiares. ¿Por qué se siente como egoísmo y no como libertad de elección? En nosotras anidan resistencias, no debemos responsabilizar siempre a nuestras parejas o maridos, a nuestros jefes o compañeros, a los organismos o Estados de impedirnos estar donde podríamos estar. Muchas veces somos nosotras o nuestras decisiones las que nos excluyen. Muchas mujeres han demostrado que están capacitadas para el desarrollo de tareas de responsabilidad, pero esas tareas exigen amplios y continuos esfuerzos, que también se exigen a los hombres que desarrollan esa labor. Ello implica ciertas renuncias a nivel personal o familiar, asumir ciertos costes personales y ciertos cambios. ¿Estamos dispuestas?
Una actitud machista es aquella que discrimina a la mujer, la menosprecia o la considera inferior al hombre, pero también hay machismo en otras actitudes disfrazadas de proteccionismo. Machistas inconscientes podríamos decir que de alguna manera, en algún momento y en alguna medida, somos todos, porque todos pasamos por un momento de menosprecio de lo femenino. Seguimos pensando en los genitales en lugar de en la capacidad de las personas. Atribuimos roles a cada sexo, en lugar de unirlos a capacidad. Lo importante es que alguien capacitado desempeñe la función, no importa si hombre o mujer.
La historia nos muestra a la mujer como mercancía, el papel de la mujer en los siglos pasados ha sido el de madre y esposa, pasando de la economía de los padres a la economía del marido. Con la incorporación al mundo del trabajo, las mujeres se enteran de que además de la familia existe el trabajo, la guerra y eso genera en ellas un conflicto entre producción y reproducción. Una mujer trabajadora quiere decir alguien que no sólo trabaja por amor o para que la amen, sino alguien que trabaja para el orden del deseo humano. Muchos pasos han sido necesarios para que la mujer pasara de mujer objeto a mujer sujeto, haciendo posible pensar una mujer que se haga responsable de su deseo, de su capacidad de gozar, de amar, de producir.

Un cambio en nuestra sociedad sólo es posible si las mujeres están dispuestas a trabajar para modificarse, es decir, si están dispuestas a abandonar la aparente protección del silencio. No pienso una mujer explotada y sometida por el hombre, sino una mujer que en ocasiones está sometida a sus propios prejuicios. Y todos los humanos padecemos de los prejuicios históricos por lo que ha pasado la sociedad en su constitución hasta la actualidad. Desde Freud, sabemos que ha sido la represión de la sexualidad lo que ha reprimido todo el pensamiento femenino, y lo que ha retrasado durante siglos la incorporación de la mujer a la Historia. El camino de la liberación de la mujer pasa por amar, trabajar, escribir, es decir, participar en la construcción de su historia. La mujer que trabaja tiene la oportunidad de encontrar nuevos caminos con creatividad, esfuerzo y amor para conciliar familia y trabajo.

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