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Opinión
Etiquetas:   Religión   Pascua  

Pascua

La religiosidad tradicional no es la mejor manera de ser obedientes a las instrucciones divina
Octavi Pereña
miércoles, 23 de marzo de 2016, 09:29 h (CET)
Cada día es el apropiado para hablar de Jesús porque nunca se sabe si será la última oportunidad de oír hablar de su perdón. El mensaje que transmite la llamada Semana Santa no es realmente el Evangelio. La verdad del Evangelio la oscurecen las tradiciones que se han ido añadiendo a lo largo de los siglos al relato evangélico de la pasión de Jesús, dejando a las personas que necesitan saber la verdad en una casi total oscuridad. Vayamos al relato en que Lucas describe el momento crucial de la vida de Jesús que es su crucifixión para perdonar los pecados del pueblo de Dios.

Alos ojos de la muchedumbre tres malhechores cuelgan es sus respectivas cruces rodeados de un populacho que vociferaba sediento de sangre que se ha reunido para disfrutar viendo como tres hombres mueren con grandes sufrimientos. No es el lugar más idóneo para entablar una conversación y menos de carácter espiritual que tiene que ver con la salvación. Si esta reunión la hubiesen convocado los protagonistas no habrían escogido lugar tan impropio en que no se daba la necesaria intimidad y rodeados de una ensordecedora multitud. Pero la reunión no la han convocado los hombres, es Dios quien ha predeterminado desde antes de la creación del mundo, el lugar y el momento: La Pascua en que tenia que morir Jesús para salvación del pueblo de Dios.

Los soldados romanos que vigilaban el escenario, que se distraían jugándose a los dados las pertenencias de Jesús (Lucas 23:3-7) se burlaban de Él diciéndole: “Si eres el Rey de los judíos sálvate a ti mismo”, ignorando que estaban diciendo una gran verdad: Jesús es el rey de los judíos y, más concretamente Jesús es el Rey del Reino de Dios cuyos ciudadanos lo son tanto judíos como gentiles que le reconocen como Rey.

Es posible que tanto el mensaje escrito y clavado en la cruz sobre la cabeza de Jesús como las palabras de los soldados llegasen a oídos de los dos malhechores estimulase a uno de ellos a dirigirse a Jesús de manera ultrajante, diciéndole: “Si tu eres el Cristo sálvate a ti mismo y a nosotros” (v. 31). El escenario pone de manifiesto lo misterioso que son los caminos del Señor. Uno de los crucificados se burla de Jesús en tato que el otro reprende a su compañero de fechorías, diciéndole: “¿Ni aún temes a Dios, estando en la misma condenación?” (v.40). El Espíritu Santo que de manera imperceptible rearguye los pecados le inspira a confesar su condición de pecador: “Nosotros, a la verdad justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos, mas éste ningún mal hizo”(v.41). ¡Qué admirable es la gracia de Dios que en un segundo cambia la manera de pensar de un hombre! Un bandido acostumbrado a la violencia y que es muy posible que la justificase con “se lo merecía”, a punto de morir reconoce que el terrible sufrimiento que retorcía su cuerpo se lo merecía por sus hechos delictivos cometidos.

Es más, reconoce que sus fechorías no las cometió únicamente contra los hombres. Admite que previamente las había realizado contra Dios. Aquel hombre que nunca había admitido haber hecho nada malo se humilla ante Jesús y le ruega. “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (v.42). El mismo Jesús que había dicho: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos…Porque no he venido a llamar justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9: 12,13), ¿no perdonará a aquel hombre que sufre a su lado y que humildemente le pide: “Señor, acuérdate de mi cuando vengas en tu reino”? Jesús le responde garantizándole su salvación eterna: “En verdad te digo: Hoy estarán conmigo en el paraíso” (v.43).

No todos los pecadores que se acercan a Jesús lo hacen poco antes de exhalar el último aliento. Muchos lo hacen años antes de su fallecimiento, pero a todos que le piden que se acuerde de ellos cuando venga en su reino, reciben la misma respuesta: “Estarás conmigo en el paraíso”.

A lo largo de los siglos se ha ido degradando la celebración de la Pascua, haciéndolo con mucha bulla religiosa, pero ignorando su significado. El apóstol Pablo nos dice que no debe celebrarse dejando que la “levadura leude toda la masa” (1 Corintios 5:6), es decir, que el pecado sin haber sido perdonado por la sangre de Jesús presida la celebración: “Limpiaos, pues de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois, porque nuestra Pascua que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (vv. 7,8). El apóstol nos dice: si Cristo ha muerto por nuestros pecados, ¿cómo podemos seguir viviendo en ellos? Nuestra vidas deben ser ázimas, es decir, panes sin levadura proclamando al mundo que la sangre que Jesús derramó estando colgado en la cruz verdaderamente “ha lavado nuestros pecados” (Apocalipsis 1:5).

Si no se da la evidencia de que Jesús ha lavado todos nuestros pecados con su sangre, no debe extrañarnos que sean muchos quienes al ver nuestro comportamiento tan poco edificante tomen la decisión de no querer saber nada del Jesús que anunciamos con nuestros labios y que negamos con nuestros hechos. “¡Ay de aquellos que hacen tropezar a uno de estos pequeñitos!” (Lucas 7:2).
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