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El reparto de funciones

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 6 de marzo de 2009, 07:24 h (CET)
El primer paso en la evolución que dieron los humanos para transformar los clanes que conformaban en auténticas sociedades, fue la distribución de tareas, el reparto de funciones. Hasta entonces, no fueron más que simples grupos tribales reunidos para sobrevivir en un medio hostil, pero al repartirse las funciones y especializarse, consiguieron la fuerza necesaria para enfrentar con éxito los enormes desafíos que debían encarar cada día; así, no sólo fueron capaces de asegurar su supervivencia, sino también de desarrollar florecientes culturas, pues que el soldado no tenía que cultivar o construir viviendas, ni el campesino que ser un filósofo o el artista que guerrear, a imagen y manera de cómo en el cuerpo humano las células mismas están especializadas, y el músculo no intenta pensar ni el cerebro realizar funciones de músculo o hueso. El reparto de funciones, pues, logró sociedades organizadas, fuertes y capaces. Cada célula y cada órgano, en fin, debe limitarse sólo y exclusivamente a cumplir rigurosamente con su función e ignorar todas las demás, hagan su trabajo bien, regular o mal; si por solidaridad mal entendida el bazo asumiera la función del páncreas, sólo una cosa sería segura: el organismo entero moriría.

Hoy, por alguna razón que algún día nos explicarán sociólogos y psiquiatras, gran parte de los individuos —casi todos— quieren ser cerebro, o al menos se consideran sobradamente cualificados para serlo, por más que sus naturalezas no sean sino las de las mucosas que revisten el intestino delgado. Y así nos va, claro, cuando quien es epitelio se mete en el enjuague de dilucidar los asuntos económicos, o cuando quien es hueso le da por resolver los intríngulis de la política internacional: sale un pan como unas hostias. La fortaleza social radica en el sostenimiento permanente de esa especialización de los individuos y los órganos: a quien le ha tocado ser músculo, a trabajar; a quien pensar, a ser materia gris o blanca; a quien hueso, a soportar la estructura social; a quien endorfina, a que el cuerpo social no sienta dolor y encuentre algún placer; y a quien glóbulo blanco, a meter en cintura a quienes intenten perturbar el funcionamiento del corpus social. Hacerlo de otro modo, por más que se ensalce el individualismo, no es sino atentar contra la propia supervivencia y contra la de la misma sociedad.

Nuestra sociedad se repartió trabajo y funciones, y tuvo éxito, convirtiéndose en la especie dominante; y está haciendo un batiburrillo con las funciones de cada célula y cada órgano, y está encaminándose hacia el abismo. Vivimos tiempos de freakys, donde los menos cualificados asumen papeles capitales, así desde el establecimiento de los modelos sociales en personajes inestables o llanamente defectuosos, como encargándose a músculos, huesos o mucosas la función que le debe corresponder al cerebro. Y lo que es peor, el cerebro se está dedicando últimamente a ser endorfina, cuerda vocal o vellosidad intestinal. Un desastre, en fin.

El Gobierno (cerebro), olvidándose de su función, se convierte en partidista —Zapatero da mitines partidarios, olvidándose que debe servir a todos los ciudadanos—; los sindicatos, tratan de comprender a los empresarios y al Gobierno (la sangre asume funciones linfáticas); y los bichos que atiborran televisiones y diarios, se convierten por arte de birlibirloque en opinadores, sabios sociales y hasta se atreven a dar recetas para salir de una crisis que tiene al cuerpo de la sociedad mundial contra las cuerdas (cilios nasales metidos a tejido neuronal).

Si se quiere que el cuerpo social funcione correctamente, y aun que sobreviva a los enormes peligros que nos conciernen, cada célula y cada órgano social ha de asumir sólo y exclusivamente la función que le corresponde en el reparto: el Gobierno debe ser cerebro y asumir que ni los éxitos son sólo suyos ni los fracasos vienen sólo de fuera, sino gestionar y resolver sin llamar la atención, un poco como el cerebro jamás se muestra ni hace propaganda de sí mismo, sino que funciona, coliga y dirige desde el anonimato de su escondite craneal; los empresarios deben hacer negocio para beneficio del conjunto social, pero asumiendo el papel regulador del control e incluso la sana oposición de los sindicatos; y los sindicatos, olvidándose de si la economía patatín o patatán, deben centrarse únicamente en cumplir su función y defender los derechos y privilegios de la clase muscular y la estructura ósea contra viento y marea, o el esqueleto se derrumbará y los músculos quedarán fláccidos. Y más vale que cada uno asuma su función, o de otro modo terminaremos con el hígado por cerebro, haciendo la digestión con el codo o tratando de resolver nuestros problemas con el mismo culo.

Si asumimos que es el reparto de funciones lo que nos ha permitido construir nuestra sociedad, tendremos la oportunidad de seguir adelante con el drama humano y aún llegar más lejos. Sin embargo, parece que nos hemos empeñado en la confusión y mezcla de funciones, de modo que todo el mundo tiene excusas para no hacer su trabajo: el Gobierno sólo tiene éxitos, los fracasos son ajenos; los freakys se manifiestan y debaten sobre los temas capitales que conciernen al cerebro; los empresarios tratan de beneficiarse contra el cuerpo del que forman parte, transplantando sus empresas en otros cuerpos sociales; los poderes políticos liquidan los órganos que alimentarán de presente y de futuro a las células de su propio corpus; los glóbulos blancos se pasan al bando de los virus; los sindicatos están en connivencia con los enemigos naturales de sus intereses, imponiendo inacción donde debiera haber tumulto; se exterminan antes de ser alumbradas a las nuevas células en gestación, las cuales repondrían a las que ya son viejas y traerían nuevas soluciones a los problemas ante los que las viejas han fracasado; y el orden general que ha funcionado durante millones de años, procurando la supervivencia y dominio de la especie, se pervierte porque algunos hedonistas descerebrados, por un simple chute de endorfinas, promueve desde los medios de su dominio que el vicio es virtud y la degeneración moral, santa y buena.

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