Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Libertad de expresión

Josefina Albert (Tarragona)
Redacción
jueves, 13 de noviembre de 2008, 11:11 h (CET)
Resulta útil a nuestro propósito la afirmación obvia de que el lenguaje, en su peculiar anatomía, hace que el hombre se enseñoree de la realidad, para escudriñarla, describirla, pero también para inventarla, matizarla o adornarla. La adquisición de la palabra, con sus múltiples variables, es el campo de adiestramiento para el ejercicio de la libertad; con ella, en efecto, comenzamos a ejercerla en la selección del vocablo indicado para expresar nuestro yo, nuestra voluntad personal o nuestro estado de ánimo en un momento dado. Por eso se puede afirmar que la batalla por la libertad siempre se ha dado y se dará en el terreno del lenguaje: es ahí donde radica la posibilidad que tiene el hombre de decir o escribir ciertas cosas.

Y a la palabra nos vamos a referir. Libertad es un término que ha sufrido, como la mayoría de las palabras, una evolución histórica acorde con los cambios sociales y la aparición de nuevas realidades, en la que el usuario, el único que mantiene viva la lengua, juega un papel fundamental.

Es sabido que antiguamente el concepto de libertad se contraponía a la situación de esclavitud: hombre libre y hombre esclavo eran dos paradigmas importantes. Por su parte, los griegos hablaban de libertad para designar la independencia respecto a poderes externos, aunque en el pensamiento político grecolatino más desarrollado se empezó a considerar que la libertad era algo asociado a una forma de gobierno. El pensamiento posterior, que nació en el mundo griego y que se detecta en multitud de aspectos tales como la vida política y jurídica, las ciencias, las letras, las artes y, de manera más global, la filosofía, construyó una actitud en el individuo en la que el elemento predominante era la libertad del ser humano, una herencia que Occidente recogió impregnando todos los periodos históricos hasta nuestros días. Y hoy la Real Academia, en la acepción 5 de su Diccionario, define el artículo libertad como la «Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres», definición, a mi juicio, un tanto obsoleta (claro, dependiendo de lo que se entienda por la expresión «naciones bien gobernadas»), dado que las leyes que, por ejemplo, se consideren injustas, por muy leyes que sean, se pueden no solo criticar, sino que se puede, y se debe, luchar, siempre por vías democráticas, para que sean revocadas. Mas cercano a lo que hoy entendemos por libertad es lo que, al final de la Modernidad, ya casi en los albores de la Edad Contemporánea, dice al respecto el barón de Montesquieu en su obra, El espíritu de las leyes (1748). La libertad para Charles-Lous de Secondat no consiste exactamente en que cada uno pueda hacer lo que le dé la gana, sino que es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, cuando esas mismas leyes buscan el interés general y el bien común.

En todo caso, el concepto moderno expresado por la palabra libertad, aunque en un plano meramente teórico, se podría desglosar en las nociones siguientes: la idea de los derechos individuales, la idea de la supremacía de la Ley o Estado de Derecho, la idea del gobierno democrático, la idea de la representación de la ciudadanía para la elaboración de las leyes y la idea de la división y separación de poderes, componentes todos ellos que, aunque interrelacionados y ordenados armónicamente, por separado, pueden constituir la base teórica de todos los totalitarismos modernos, como son, por ejemplo, los nacionalismos, una de las mayores desgracias que ha sumido a nuestra querida España en una crisis que amenaza con quebrar los fundamentos del estado de derecho. Y a ello quiero referirme.

Hace poco menos de tres días que el gobierno tripartito catalán (el CAC, que para el caso es lo mismo) ha arrebatado a la «peligrosa» COPE las dos frecuencias de emisión de Gerona y Lérida, respectivamente, eliminando de un plumazo, si se me permite el coloquialismo, al «enemigo». Es la consumación de la ideología del segundo Reich (el primero, que quedó en intento, fue el del Sr. Pujol). Es un ataque en toda regla a un derecho inalienable consagrado en el artículo 20 de la Constitución Española, que reza como sigue: «Se reconocen y protegen los derechos: a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción», de la misma manera que el gobierno del Sr. Montilla también ha vulnerado otro derecho, según el artículo 3.1, que establece que «el castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla». Decía George Orwell que «La libertad es el derecho a decirles a los demás aquello que no quieren oír». Son los totalitarismos quienes no quieren saber y para ello acaban corroyendo las entrañan de los ciudadanos, apagando las voces discrepantes, nublando los ojos para que no vean, oscureciendo el día, cortando las alas de la libertad. El CAC se equivoca si cree que con medidas como estas va a acallar a los ciudadanos. Ignoran -y por eso se atreven- que la libertad de expresión no es una conquista adjetiva de los seres humanos, sino un fundamento consustancial a su propia naturaleza; tampoco la libertad es un subproducto de la prosperidad, sino su componente básico: mientras más libertad de expresión, mayores serán las posibilidades de desarrollo individual y colectivo. No conseguiréis enmudecer a quienes discrepan de vuestras opiniones; no conseguiréis hacer de esta hermosa tierra catalana un erial ideológico a vuestra medida. Pronto estaremos en disposición de suscribir, respecto a Cataluña -las palabras siempre vuelven-, lo que Franklin decía: «Allí donde la libertad echa raíces, estará mi tierra».

____________________

Josefina Albert Galera es Doctora en Filología Románica. Tarragona.

Noticias relacionadas

Leticia esclava de su imagen y aguijonazos electorales

“Con los reyes quienes gobiernan son las mujeres y con las reinas son los hombres los gobernantes” Duquesa de Borgoña

Cataluña a la deriva (y 3)

Entre lo emocional, caótico y ridículo

Hipatia, filósofa de Egipto

Es una mujer dedicada en cuerpo y alma al conocimiento y a la enseñanza

Hipnosis colectiva

La capaña representa uno de los capítulos más esperpénticos

Inés Arrimadas, la chica del 17

Perfiles
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris