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¿Apoyará el pueblo a Obama como lo hiciera con FDR?

Ben Tanosborn
Ben Tanosborn
lunes, 10 de noviembre de 2008, 07:35 h (CET)
Para el mediodía del miércoles había recibido docenas de correos electrónicos tanto de amigos como lectores narrándome su gozo la noche anterior después que los medios declarasen a Obama victorioso en las elecciones presidenciales. Algunos explicaban sus lágrimas emotivas, sin vergüenza alguna, cuando el presidente-electo diera su discurso de victoria ante una gran multitud en el Grant Park, Chicago. Conmovedoras muchas de esas cartas, a la altura de la hazaña lograda, a pesar de los pronósticos, por este merecedor ser humano, en primer lugar; y hombre de color, después.

Se estaba haciendo historia, me recordaban una y otra vez, con la elección de quien pronto será nuestro cuadragésimo-cuarto presidente. Pero según se hacia historia, tristemente, otra realidad salía a relucir; algo de lo que no se habla: el racismo.

En la mañana del jueves recibí copia digital de Al-Sahafa, periódico de la comunidad procedente del Medio Oriente en el estado de Ohio, editado y publicado por una amiga, Fatina Salaheddine. Me llamó la atención una letanía editorial escrita por mi amiga el día después de estas elecciones, algo que se identificaba con mi propia forma de ver el racismo en estas elecciones, bien fuese oculto o patente.

La letanía reflexiona sobre la campaña electoral entre Obama-Biden y McCain-Palin…

“¿Qué tal si intercambiamos las cosas? Pensemos sobre ello… ¿Nuestro pensamiento colectivo, seria diferente? ¿Hasta que punto afecta el racismo en nuestras opiniones? Consideremos lo siguiente:

“¿Qué tal si los Obama hubiesen desfilado a cinco hijos en el tablado, incluso a un bebé de seis meses y a una adolescente soltera… y embarazada?

“Que tal si John McCain hubiese sido presidente de la prestigiosa revista Harvard Law Review mientras Barack Obama se graduase quinto por la cola de la Academia Naval (el 894 de 899 en su promoción)?

“¿Que tal si McCain solo hubiese estado casado una vez, y Obama fuese divorciado?

“¿Qué tal si Obama hubiese conocido a su segunda esposa en una coctelería y hubiese tenido una relación larga con ella cuando aun estaba casado?

“¿Qué tal si Michelle Obama fuese la esposa que no solo se convirtió en adicta a analgésicos sino que los adquiría ilegalmente mediante su organización caritativa?

“¿Qué tal si Cindy McCain se hubiera graduado de Harvard?

“¿Qué tal si Obama hubiese sido miembro de los Keating Five? (Los Five [cinco] eran los senadores estadounidenses acusados de corrupción en 1989, que provocaron un gran escándalo – crisis de cajas de ahorro para la vivienda, 1988-1992.)

“¿Qué tal si McCain fuese un elocuente orador y figura carismática, mientras que Obama no pudiese ni leer adecuadamente de un teleprompter?

“¿Qué tal si Obama hubiese tenido la experiencia militar, incluyendo problemas de disciplina y haber estrellado siete aeroplanos?

“¿Qué tal si fuese Obama quien desplegase en múltiples ocasiones un problema serio de oleadas de ira?

“¿Qué tal si la familia de Michelle Obama hubiese hecho su fortuna ‘de la cerveza’?

“¿Qué tal si los Obama hubiesen adoptado a una niñita blanca?”

Probablemente pudiéramos añadir muchos mas “que-tal-si” a la lista de Salaheddine intercambiando virtudes o vicios entre un candidato y el otro; pero lo esencial de nuestra sugerencia ya está claro. Si John McCain – aun con su edad, estado de salud e ideología – hubiese poseído una mente brillante, buena educación, buen temple y la entereza moral/ética que vemos en Obama, ¿cabria duda de que hubiese podido conseguir casi todos los 538 votos electorales y posiblemente más del 80 por ciento del voto popular?

Y si Obama hubiese poseído dos o tres de los “atributos” recibidos de McCain, ¿no se hubiese hundido en las Primarias, juzgándosele de incompetente para la candidatura?

Entonces nos preguntamos, ¿porque el presidente-electo Obama recibió tan solo 360 votos electorales y apenas el 53 del voto – tan solo 6 puntos más que McCain? Estas elecciones, a diferencia de otras en el pasado, tenían que ver con el estado patético del país y no la ideología liberal o conservadora de los candidatos. La ideología esta vez no venia al caso cuando el país esta hecho un desastre; un maniaco genocida dirige dos guerras “por que le da la gana”; y una economía rumbo a la depresión, una depresión que nos acompañará por varios años. Una depresión traída por el robo de un Wall Street sin control alguno ayudado por el gobierno rapaz de Bush y un Banco Central consentidor bajo la batuta de Alan Greenspan.

Diecinueve elecciones atrás, Franklin D. Roosevelt fue elegido por una nación entonces sumergida en una gran depresión económica que persistió por una década… hasta la Segunda Guerra Mundial. Pero el pueblo apoyó a su líder carismático con esperanza y determinación; y de la desesperación surgió una gran reforma social y económica. Eso si fue cambio, ¡verdadero cambio! ¿Apoyaran los norteamericanos con esa misma esperanza y resolución que se diera a FDR para traer ese cambio que se necesita, o seremos poco razonables exigiendo que Obama lo resuelva todo en el primer día?

Seamos realistas, ¿acaso nos hemos dado cuenta de la situación caótica del país que Obama hereda de George W. Bush? La comprensión y paciencia en este camino hacia el cambio, el que será increíblemente difícil, determinará el verdadero carácter de nuestro pueblo… y si el racismo, un racismo significante y colectivo, continua vivito y coleando en esta tierra nuestra.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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