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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Encuentro con la muerte

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
viernes, 26 de septiembre de 2008, 17:18 h (CET)
Hoy no era mi día, estaba junto a esa multitud de gente que lloraba y sollozaba y sólo pensaba “hoy no me ha tocado a mí”. Era la primera vez que acudía a un velatorio y también, la primera que me encontraba frente a frente con la muerte. Cuando sonó el teléfono y me dieron la triste noticia pensé que una vez más bastaría con una llamada telefónica y un “lo siento”, pero en esta ocasión no pude escapar del compromiso, todos esperaban que estuviera con ellos arropándoles en este duro trance.

Cuando entré al tanatorio un escalofrío recorrió mi cuerpo, ver la floristería que se encarga de las coronas fúnebres, la cafetería en la que se mezclaba el cuchicheo de la gente y los llantos de otros, el expositor que mostraba las urnas funerarias como si se tratara de un producto comercial más. Quise escapar, no sabía cómo enfrentarme a la encrucijada de estar frente a frente con el fallecido. Era mi tío, aquél que tantas veces me había llevado a las fiestas del pueblo de mis padres, el que siempre venía cargado de helados cuando llegaba a casa, el que tenía ese olor tan especial a tabaco y que, sin embargo, nunca me resultó desagradable. Murió de repente, sin esperarlo, estaba sano como una pera y ahora estaba en un ataúd. ¿Por qué tenían que pasar estas cosas? Sólo de pensar que algún día le tocaría a mis padres o a mí mismo me ponía los pelos de punta. Mejor no pensarlo, quería huir, hacer como si nada hubiera pasado. Pero allí estaba, entrando al tanatorio para ver a todos mis familiares rotos de dolor frente al cadáver de mi tío, que en pocas horas, descansaría tras una fría lápida.

Allí estaba mi tía, desconsolada al lado del que había sido hasta ahora su marido y mi madre, con la cara desencajada despidiendo a su hermano mayor. Mis hermanas levantaron la cabeza y esbozaron una escueta sonrisa al verme. Llegaba, por fin, el sobrino favorito que no sabía cómo hacer frente a una situación como esta. Mi padre me abrazó, para él no era esta una circunstancia nueva, antes mis abuelos y muchos otros conocidos habían pasado a mejor vida, pero yo, ¿qué podía hacer allí? Los saludé, uno por uno, sin intercambiar demasiadas palabras, quería evitar el encuentro con la fría madera que contenía a mi tío, pero algo dentro de mí parecía necesitar corroborar que verdaderamente estaba muerto. Me preguntaba ¿qué era la muerte?

La gente no cesaba de llegar hasta la sala donde le velábamos, unos y otros se iban acercando hasta nosotros y nos daban el pésame, mientras algunas risas inapropiadas llegaban desde el exterior. Era una extraña mezcla de reacciones ante el fenómeno de la muerte. Personas que apenas conocían a mi tío lloraban como magdalenas y otros, tan cercanos, apenas podíamos expresar la tristeza que una pérdida semejante debería suponer. Parecía un mal sueño del que no pudiera despertar, pasaban las horas y llegó el momento de tapar el ataúd, fue entonces cuando me acerqué al cuerpo de mi tío y dirigí mi vista hacia su cuerpo inerte. Tardaron poco en poner la tapa y todos nos dirigimos hacia la capilla donde se haría la misa.

Los días siguientes fueron extraños, retomé mi vida cotidiana, nada había cambiado aparentemente, sin embargo una sensación desagradable me acompañaba. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué las copas no me sabían igual y la música me sonaba diferente? Las bromas, los chistes no me hacían ninguna gracia, no me apetecía quedar con nadie, quería estar solo en casa, tranquilo, ausente. Tal vez esta palabra pueda ser la que más defina la situación, “ausente”. Yo no había muerto pero me sentía ausente de mi propia vida, algo se había quebrado en mi interior. La palabra muerte es una cosa y otra, bien distinta, es encontrártela frente a frente y tan cerca. No hace falta ser viejo ni estar enfermo para morir, sólo hace falta estar vivo. ¿Cómo vivir sabiendo que todo puede acabar en cualquier momento? ¿Para qué seguir? Fue curioso no derramar una sola lágrima por mi tío y que su muerte, sin embargo, me hubiera producido este efecto. Algo de mi propia vida se había puesto en juego y me tocaba decidir si valía la pena seguir adelante.

Fue en esos días cuando cayó en mis manos un libro diferente, “Aforismos y decires” de Miguel Óscar Menassa, un psicoanalista y poeta. Inmerso en sus páginas fui encontrando verdad tras verdad sobre la vida y, también, sobre la muerte. Me impactó esta frase: Elaborar la falta o la pérdida o como se llame, también es saber lo que no falta, lo que todavía no se perdió. Qué verdad, cómo esta frase estaba hecha precisamente para mí en este momento. Lo que todavía no se perdió, mi vida todavía no la he perdido, estoy vivo. Seguí leyendo con pasión y la vida me fue cogiendo, de nuevo, con más garra. Hoy no era mi día, hoy me tocaba vivir. Y así pude enterrar a mis muertos y respetar a mis vivos. Y aquí me tienen, amando y trabajando como nunca, llegando a la muerte por el camino más largo, la vida.

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