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Memoria de la expropiación

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 30 de agosto de 2008, 01:52 h (CET)
En recuerdo de don Erasmo Capilla.

Si políticos, empresarios, académicos y los sospechosos comunes del columnismo político están enfrascados en un debate sobre el futuro de los energéticos en donde los grandes ausentes son el pueblo y la inteligencia, y los grandes acompañantes el lugar común, la ramplonería, la necedad, el oportunismo y la soberbia, ¿por qué no habría de echar al ruedo un cuarto de espadas yo también? Así que con la venia de mis lectores, comienzo una serie para recordar el tiempo en que comenzó lo que hoy tanta pasión despierta entre tan pocos… pese a que el petróleo es “de todos los mexicanos”.

Cuando Lázaro Cárdenas expropió la industria petrolera extranjera el 18 de marzo de 1938, la reacción de las compañías fue como la de un tigre acorralado, que ruge y da zarpazos. Los barones se empeñaron en generar una crisis que obligara al gobierno de Estados Unidos a invadir México, o por lo menos “proteger militarmente” las zonas productoras de petróleo, que desde el punto de vista de las empresas Washington debía considerar como extensiones de sus reservas estratégicas de combustible en aquellos momentos en que nubarrones de conflicto recorrían el mundo.

La guerra de propaganda de las petroleras contra el gobierno mexicano (con el apoyo moral, material y político de importantes sectores de allá y de acá), se libró en el territorio de los dos países. Desde un despacho instalado en el Rockefeller Center de Nueva York, los mejores propagandistas de la época trabajaron incansablemente para convencer al pueblo mexicano de que la expropiación era la causa del alza del costo de la vida, de la baja en las exportaciones y de la depresión general en que se había visto sumida la actividad económica del país en 1938, y augurar el fracaso inminente de Petróleos Mexicanos. La estrategia fue dar una “orientación adecuada” a las noticias sobre el conflicto petrolero. Tal “orientación” se tradujo, en memoria de Jesús Silva Herzog (abuelo), en una empresa de inquina inaudita. “México era presentado a los lectores de numerosos rotativos, de revistas semanarias, de publicaciones mensuales, con los colores más sombríos. Éramos un país de ladrones, nos habíamos robado el petróleo y estábamos incapacitados para pagar los bienes de que nos habíamos apropiado, y no sólo no podíamos pagar, sino que además no queríamos pagar”.

En general, la posición de las empresas petroleras encontró una acogida favorable en los centros de negocios que desde 1934 habían visto con gran recelo el nuevo “radicalismo mexicano” y por parte de la jerarquía católica, aún resentida por la lucha cristera y que se sumó al coro de quienes pedían a Roosevelt mano de hierro en el trato con México. En los periódicos de los Estados Unidos se hablaba de que pronto estallaría, o había estallado ya en México, una revolución que daría al traste con el gobierno del general Lázaro Cárdenas.

Pero el gobierno mexicano pudo mantener una opinión pública interna favorable a su causa. El Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad (DAPP) llevó a cabo campañas mediante publicaciones, presión sobre la prensa (que no estaba toda a favor de la nacionalización), y el uso intensivo de la radio, el cine y el teatro.

La respuesta popular al decreto expropiatorio fue de proporciones nunca antes vistas. El Embajador de los Estados Unidos recordó en sus memorias, diez años después, cómo con la expropiación una ola de entusiasmo delirante recorrió el país, y que el pueblo creyó llegado el día de la liberación. “¿Cuál era el valor monetario de entregar objetos personales para enfrentar una deuda de millones de pesos? Lastimeramente pequeño, no más de 100,000 pesos, insignificantes para reponer millones, pero la respuesta de las mujeres que entregaban sus pertenencias más preciadas era el resultado de un fervor patriótico como nunca antes había [yo] visto o soñado. Y si bien de escaso valor para la meta propuesta, fue esencial para amalgamar el espíritu de México, en donde privaba la sensación de que la medida de Cárdenas era el símbolo de la unidad nacional”.

Al jurar como Presidente de México el 1 de diciembre de 1934, Lázaro Cárdenas dijo: “Estoy convencido por mi experiencia como gobernador de Michoacán, que no basta la buena intención del mandatario. Es indispensable el factor colectivo que representan los trabajadores. Al pueblo de México ya no lo sugestionan las frases huecas. Libertad de conciencia y libertad económica”.

Inauguró una política de comunicación cuidadosamente diseñada para generar una amplia base de apoyo popular a su gobierno. En la ceremonia, 21 radiodifusoras se encadenaron para transmitir el evento, en un hecho hasta entonces desconocido. Casi la totalidad de los 600 mil aparatos de radio de la República captaron el mensaje presidencial y éste llegó a no menos de 4 millones de ciudadanos. Según un documento de la época, para informar a igual número de personas, los cuatro principales diarios, El Nacional, El Universal, Excélsior y La Prensa, hubiesen requerido de 22 días publicando consecutivamente el mensaje presidencial para alcanzar la cifra de personas que lo conocieron por conducto de la radio.

El aparato de comunicación del cardenismo también experimentó con el uso de la televisión, aunque el proyecto no maduró. El Partido Nacional Revolucionario (PNR) había comprado en Chicago un equipo de televisión electromecánica con el cual se realizaron pruebas de transmisión que alcanzaron a verse a 70 kilómetros de la capital, en la ciudad de Cuernavaca. Se dispuso la reorganización del aparato propagandístico del partido, para “ampliar los servicios sociales que, como organización de opinión clasista, presenta el Instituto Político de la Revolución a las masas trabajadoras”. Se puso en marcha un programa para enlazar al territorio nacional con una moderna red de medios de comunicación que incluían estaciones de radio, el diario El Nacional Revolucionario, el DAPP y la naciente estación de televisión. Es evidente que la organización y aplicación de una política de comunicación que tuvo como eje central el nuevo medio de la época, la radio, fue un elemento fundamental para el éxito y trascendencia del cardenismo y su política de masas.

Otro escenario de la guerra de propaganda antimexicana fue el Senado de los Estados Unidos, en donde se pidió que México saldara su deuda petrolera entregando una porción de su territorio para dar salida al mar al estado de Arizona. Esta increíble muestra de soberbia y desprecio, sin embargo, sólo recogía apetitos anteriores. En 1914 el Departamento de Estado llegó a considerar planes para establecer una “república independiente” desde la “Faja de Oro” al norte de Veracruz, cortando por San Luis Potosí hacia Nuevo León, Chihuahua, Sonora y, of course!, la península de Baja California. Tal “nación” funcionaría como la “República de Texas”: un periodo apropiado de “independencia” y luego una estrella en “Old Glory”. Está documentado que por esa misma época un emisario del establishment político de Washington propuso a Francisco Villa toda la ayuda norteamericana necesaria si se animase a “declarar la independencia del norte de México”, y la garantía de un pronto reconocimiento diplomático. ¿A cambio de qué? … De you know what!

En 1938 el gobierno de México no se cruzó de brazos y organizó su propia contracampaña internacional, si bien con una enorme disparidad. Enviados especiales, entre ellos Moisés Sáenz y Alejandro Carrillo, fueron despachados a explicar el punto de vista mexicano sobre los motivos que habían llevado a la expropiación. Se imprimieron y repartieron ediciones de folletos en inglés y francés y hubo enlaces radiales desde México a la Unión Americana. Los resultados de esta campaña fueron favorables entre intelectuales liberales, sindicatos y organizaciones pacifistas que veían con simpatía al régimen de Cárdenas. Por ejemplo, el misionero protestante Samuel Guy Inman, secretario ejecutivo del Comité para la Cooperación con América Latina, propuso que debía ser el gobierno de su país el que indemnizara a las compañías por una cantidad de 200 millones de dólares.

Molcajeteando…
El estudio de la historia debiera ser obligatorio para todo aspirante a la vida pública. Uno se pregunta cuántos de los altos, medianos y bajos funcionarios de los tres niveles de la administración, y cuántos de los padres de la Patria federales y estatales aprobarían un examen elemental de esta materia. México padece la maldición de Santayana: “Quien no conoce la historia, está condenado a repetir sus errores”.

Pero en otras partes del mundo hay ejemplos en sentido contario. Cuando Gamal Abdel Nasser tomó la decisión de nacionalizar el Canal de Suez, su gobierno revisó exhaustivamente la expropiación petrolera mexicana para armar su propio decreto tomando en cuenta este antecedente del derecho internacional. Esta es una historia fascinante que relataré en otra entrega. Me pregunto si los chavistas no harán algo semejante en relación a Cemex.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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