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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La barbarie desbocada

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 7 de agosto de 2008, 12:01 h (CET)
Mientras nuestro Gobierno está dispuesto a iniciar sus “bien ganadas” vacaciones en España están ocurriendo cosas que se salen de los límites de la comprensión de cualquier ciudadano que tenga un mínimo de sensibilidad y un exigible respeto por los derechos de los demás, como seres semejantes a nosotros. Cuando algunos ponemos el grito en el Cielo por el hecho de que, desde el propio gobierno, se permitan, fomenten y jaleen determinados comportamientos, se proyecten hacia la ciudadanía promovidas filosofías y se permitan que en los medios de comunicación se prescinda de las más elementales reglas morales, se desprecien y vejen las creencias religiosas de los demás y se propaguen, defiendan y recomienden a predispuestas audiencias, fácilmente impresionables por las teorías relativistas y libertarias; conductas y actuaciones que puedan incitarlas a cometer actos lesivos para los derechos de aquellos que no comparten sus ideas y que, por añadidura, puedan atentar contra sus legítimos posicionamientos morales, éticos o religiosos; entonces es que el famoso Estado de Derecho se está tambaleando y entra en acción el caos, el desorden y lo que, en otros tiempos, quedó reflejado en las acciones de aquellos que decidieron tomarse la justicia por su mano contra ciudadanos que ellos consideraban que no tenían derecho a vivir. Estos eran el fruto de lo que fue la Segunda República reinstaurada en febrero de 1936 y que fue, con el Frente Popular y sus desmanes, la causa directa de la sublevación militar del 18 de Julio.

Todos hemos tenido ocasión de presenciar por TV el escalofriante documental de una chica ecuatoriana que ha sido agredida salvajemente por otra moza quien, animada y jaleada por sus amigas, le propinaba una paliza salvaje, sádica e implacable a su pobre víctima; hasta el punto de que la dejó semi–inconsciente, tirada en el suelo y visiblemente mal parada. Pero todos sabemos que estos hechos no son casos aislados y que ya son numerosas las denuncias de padres que advierten de los malos tratos que sus hijos reciben de otros sujetos que forman pandillas y que se lo pasan estupendamente infringiendo daño a sus compañeros; tanto, que incluso graban sus “hazañas” para presumir de ellas y colgarlas en Internet. Incomprensible, pero cierto, y por desgracia cada vez más frecuente. ¿Qué ocurre con estos descerebrados que disfrutan causando mal? Pues, por desgracia, los españoles nos negamos a reconocer que nuestros jóvenes, no todos afortunadamente, están expuestos desde pequeños al continuo bombardeo que, desde los medios de comunicación (especialmente las televisiones) les hacen de toda clase de actos violentos, acciones de crueldad y, lo que todavía resulta más demoledor, de estas nuevas doctrinas por las que se priman las ventajas del mal sobre el bien, de la fuerza bruta sobre la razón o del odio por encima de la bondad. No es de extrañar que, en seres que carecen de madurez intelectual para saber discernir, con claridad, lo que sólo debe ser ficción y entretenimiento, de aquello que puede llegar a ser una norma de conducta para la vida. Es, pues, natural que toda esta clase de estímulos puedan afianzarse hasta llegar a convertirse en un ejemplo que deseen imitar y con lo que se puedan sentir identificados estos jóvenes a los que se les ha privado de barreras morales y éticas que les sirvan de defensa..

Lo curioso es que parece que, en determinadas familias, esta cultura de la violencia ( mucha de ella importada por inmigrantes de países hispano americanos) no les parece mal, antes bien, es bastante corriente que algunos padres animen a sus hijos a demostrar su fuerza y a erigirse en los “matones” de la clase o la escuela. Generalmente son los mismos que amenazan a los profesores porque han castigado a su hijo o les han puesto una mala nota. Sin embargo, contemplamos estupefactos como los que tienen la obligación de velar para que estas anomalías sean erradicadas para mantener el orden en el país, parece que no prestan atención a la realidad, prefieren ignorarla o, enfrascados en sus propios intereses, partidistas o individuales, dejan que las cosas sigan como están sin preocuparse por la degradación social que pueden llegar a provocar conductas semejantes. Se ha hablado de rebajar la edad penal para que estos jóvenes descarriados puedan ser castigados como adultos cuando, como es evidente, actúan como tales y cometen los mismos delitos con el mismo ensañamiento y efectividad que un delincuente mayor de edad. Pero siempre nos encontramos con aquellos empeñados en pensar que estos jóvenes no deben ser sancionados con tanta dureza y que se debe recuperarlos para la sociedad. Lo que sucede es que de un joven al que le falte un día para la mayoría de edad penal al que la acaba de cumplir la edad ¡ya me dirán ustedes la diferencia que hay en cuanto a desarrollo mental! Por otra parte, hay que reconocer que en los correccionales y en las cárceles, al menos con los métodos actuales, es muy difícil que los reos salgan de ellos rehabilitados (tenemos casos numerosos de violadores, acosadores, pederastas etc, que apenas los dejan en libertad y ya vuelven a delinquir) y, puestos a encontrar soluciones tampoco estaría desacertado que, cuando llegasen a la mayoría de edad penal, si estuvieran cumpliendo condena como menores, fueran traspasados a los penales de adultos para terminar de cumplir su condena en ellos.

Lo que sí es cierto es que sin tomar medidas, dejando el tema en el olvido y permitiendo que actos vandálicos como el mencionado, se sigan sucediendo con la práctica impunidad de los que los cometieren; lo que se va a conseguir es crear una nueva casta de delincuencia juvenil del tipo de las bandas que están proliferando en toda Hispano América; donde la depravación moral ha llegado a extremos tan rufianescos que la vida de un hombre apenas si vale unos pocos dólares. Lo más chocante es que si volvemos la mirada a unos años atrás, si queremos encontrar una muestra de lo que está sucediendo en la actualidad en tiempos pasados, incluso en la propia dictadura, tendremos que admitir que, aparte del tiempo de guerra civil, no existen precedentes de situaciones como las actuales en la que en los colegios y en las propias universidades se están pisoteando los derechos individuales de muchos alumnos y se ha destruido por completo el concepto de disciplina y respeto por los profesores. Este es, sin duda, uno de los mayores defectos de este régimen, supuestamente democrático, en el que estamos inmersos, donde se confunde libertad con libertinaje, libertad religiosa con la potestad para arremeter contra la religión y libertad de enseñanza con la dejación de la autoridad del profesorado y la implantación de la anarquía en las aulas ejercida por grupos especialmente entrenados para implantar en ellas las doctrinas radicales aunque para ello deban ejercer la fuerza y la extorsión. ¿Qué podemos esperar para España de estas nuevas generaciones formadas dentro del caos mental surgido del nihilismo y el relativismo, sin otras metas que un epicureismo utópico?

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