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Fe y restos culturales

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 24 de julio de 2008, 23:04 h (CET)
Se dice que nuestra cultura es el resultado de la filosofía griega, el cristianismo y la revolución científica, pero pienso que el cristianismo no puede considerarse como una especie de sedimento del pasado, como un simple antecedente de lo que ocurre hoy, ya que Jesucristo sigue vivo, presente y actuante a través de los cristianos que viven su fe en la Iglesia, señal y sacramento ante el mundo del amor de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen a gozar de le eterna bienaventuranza.

Por ello, ser “culturalmente cristiano” es algo distinto a vivir la fe de la Iglesia cuya vocación consiste en transformar la realidad por medio del evangelio de Jesús. Ser cristiano es ante todo un encuentro con Jesús, que compromete la totalidad de nuestra vida y no un conjunto de prácticas rituales, doctrinas y normas morales de las que, como si se tratara de un supermercado, podemos elegir unas y rechazar otras.

La fe cristiana, vivida en la tradición de la Iglesia, es indivisible. Creer en Dios como nuestro creador es reconocernos criaturas suyas, pequeñas y limitadas, pero libres. Creer que Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre, murió por la salvación de todos, resucitó y está en la gloria, pero sigue presente entre nosotros, es seguir sus pasos, seguir sus enseñanzas, anunciar el reino de Dios, que puede hacerse presente desde ahora si superamos el egoísmo y amamos a todos, incluso a nuestros enemigos.

Creer en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, rige todas las cosas y es señor y dador de vida, es confiar en la acción misteriosa de Dios que ama a todas sus criaturas, aunque no comprendamos sus caminos. Creer que la Iglesia, fundada por Jesús, es la comunidad de los que vivimos y los que ya gozan de la vida eterna, señal y sacramento del amor de Dios y creer que un día resucitaremos para una vida en plenitud, es la esperanza de que nuestras vidas no terminen en una nada sin sentido.

Esta fe, y no unas cuantas devociones o ritos sociales, es la que nos exige a los cristianos estar presentes en el mundo. La buena noticia del evangelio de Jesús no puede quedar reducida al interior de nuestras conciencias o de nuestros templos, tiene que ser anunciada a todos los hombres de todos los tiempos, aunque este anuncio implique problemas y persecuciones. Pero nuestro testimonio no será creíble si no está avalado por nuestra propia vida personal, familiar, profesional y ciudadana.

A lo largo del tiempo los cristianos y su iglesia, con sus luces y sus sombras, aliados muchas veces con el poder político y combatidos otras tantas por fuerzas diversas, han dejado muchos elementos culturales en el mundo, especialmente en el mundo occidental. La aceptación de algunos de estos elementos culturales por una parte importante de la población ha hecho que pueda hablarse de personas culturalmente cristianas.

Pero ser cristiano es vivir en forma radical, viva y actuante, la totalidad de la fe. En este sentido los cristianos somos una minoría dentro de la sociedad cuyo papel es ser levadura, fermento y luz para los hombres de hoy y a ello tenemos que aplicarnos sin descanso.

Los restos culturales del pasado quizás sean un rescoldo que el Espíritu Santo puede avivar en cualquier momento, pero encarnar en nuestras vidas el evangelio es a lo que nos llama, aquí y ahora, ese mismo Espíritu.

Una encuesta reciente nos dice que el 57% de los españoles no cree en Dios, pero muchos de ellos seguirán celebrando la Navidad, celebrarán funeral por sus difuntos o mostrarán veneración por la patrona de su pueblo. Son restos culturales que no pueden transformar el mundo. Con un humor un tanto ácido alguien dijo que muchos españoles no creen en Dios, pero creen en la Madre de Dios. Nosotros creemos en un Dios que es amor para todos y es nuestra obligación anunciarlo.

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