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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Veritatem dilexi, he amado la verdad

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 3 de mayo de 2008, 04:10 h (CET)
Al concluir la Primera Guerra Mundial, el mundo se contrajo y los pueblos se aproximaron. Cada nación sentía una mutua interdependencia, experimentaba que los demás estaban cerca. La causa inequívoca de esta “aldea global” en que emergen entonces las naciones y las personas no fue otra que el magnífico progreso de los medios de comunicación social. El Infierno parecía haberse atenuado, el mundo ya no estaba tan perpetuamente pendiente de sí mismo, todo indicaba que la seguridad y el propio bienestar dependían de lo que en las demás naciones y pueblos ocurriese.

Este triunfo sobre el espacio, constata Benedicto XVI en su Mensaje de la XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, ha llevado a la contribución de la “alfabetización” y “socialización”, así como al “desarrollo de la democracia y el diálogo entre los pueblos”. Pero el Santo Padre sugerirá que semejantes logros no han hecho a los hombres mejores, advirtiendo del peligro de dirigismo político, ideológico, amoral, económico y cultural cuando esos medios de comunicación someten al hombre a “lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento”, las dictaduras de audiencias, validando cualquier medio para alcanzar el intencionado fin ideológico o comercial. De ahí que el Papa reclame una “info-ética”, el respeto de los medios de comunicación a la persona y a su dignidad.

Lo que manifiesta Benedicto XVI es algo tan innegable como olvidado. La aproximación espacial no va acompañada por una aproximación en el modo de ser, en las ideas y sentimientos de los pueblos, en sus costumbres, instituciones y economías, de modo que el beneficio radical de la globalización entraña grandes pérdidas y enormes conflictos. Con frecuencia, los hechos que se transmiten son totalmente falsos; otras veces, los son parcialmente, algo mucho más grave porque provoca una más lacerante confusión. En el colmo del descrédito a que pueden llevarnos los medios de comunicación, hay hechos silenciados o mal contados, lo cual conduce a perder cualquier realidad y verdad interior. La fe que se pueda depositar entonces en esos medios es sólo una fragmentada confianza; al cabo, aparte de intereses, la vida de una nación y de sus personas siempre será un íntimo secreto sólo por Dios conocido.

En su discurso pronunciado al fin de sus días, exclama Renan: “Quiero que sobre mi tumba sea puesto: Veritatem dilexi, he amado la verdad”. Ignoro si el amor a la verdad era el rasgo característico del alma del “blasfemo europeo” Renan, o si la naturaleza de esa verdad consistía en aquello que Platón afirma en La República, la “teoría”, la “visión”, el afán de contemplar las cosas en sí mismas. Sin embargo, si algo es evidente es que la verdad es un bien humano, y que vivir es pleorexia, un crecer ilimitado hacia el bien y la verdad, aunque encontremos en el camino una torre en el desierto, como llama Milton a Luzbel, el padre de la mentira. El magno deber del sabio y del científico, del comunicador y del moralista, es sentirse llevado imperiosamente a descubrir la verdad para mostrarla, a vencer la concupiscencia del propio corazón que se complace en la apariencia de las cosas. Es algo así como un afán divino, un oficio santo, una labor eucarística.

El fin de los medios de comunicación social consiste, según el Papa, en dar a conocer la verdad sobre el hombre para compartirla. Y esa verdad, para un cristiano, es Cristo. Bajo el lema “Los Medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la verdad para compartirla”, Benedicto XVI sólo contempla la única Verdad que “puede responder plenamente a la sed de vida y de amor que existe en el corazón humano”, a la sed de verdad que tiene el hombre, que es sed de Cristo. El cristiano, en la era de las Comunicaciones Sociales, debe dar testimonio de la Verdad, anunciar a Cristo, convencido, en medio de las dificultades, de que “todo lo puedo en Aquel que me conforta”, en profunda expresión de San Pablo.

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