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Opinión
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Escritoras marginales

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 14 de marzo de 2008, 07:42 h (CET)
“Sólo con la confianza
vivo de que he de morir; porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza: muerte do el vivir se alcanza
no te tardes que te espero, que muero porque no muero.”

Santa Teresa de Jesús.

La cultura de la mujer, desde luego, no ha sido entre nosotros “fuerza de mayoría” hasta hace muy poco... si es que ya lo es. Sin embargo, siendo manifestación de minoría dio frutos más escogidos que en muchos otros países, que se tienen por más adelantados, en lo que al progreso de la mujer respecta. Esto, suponiendo que haya habido jamás, ni haya tampoco hoy día, país alguno en que la cultura -no la enseñanza, sino lo que por cultura deba entenderse- se halle difundida hasta el punto de estar generalizada. Ni entre las mujeres, ni entre los hombres, la cultura ha sido nunca bien abundantemente repartida.

Ahora bien; todos los autores que han estudiado la literatura española femenina, o, más explícitamente, las manifestaciones de ingenio femenino español, citan multitud de nombres. Parece como si en tal materia lo esencial fuese la cantidad.

Considerar como escritoras, como se ve en ciertos estudios, a todas las mujeres de quienes perduran escritos, así sean éstos tan pocos literarios como los memoriales presentados al Santo Oficio por la Pampana, en el proceso que le fue incoado en Ciudad Real en los años 1483 a 1484, nos parece un punto exagerado. Y nada digamos cuando la producción literaria se limita, cual la de Beatriz González, a dar cuenta a la Inquisición de Toledo, que la procesó por judaizante en 1530, de las prácticas que se le imputaban, tales como hacer bañar a su hijo en vísperas de boda, o encender candiles nuevos los viernes; o, cual la de Isabel de Granada, que sólo consta de una carta en que niega ser tan discreta como pregonaba la fama.

Escritos hay, mencionados entre la producción literaria femenina española, tan ajenos a la literatura como esa Relación de todas sus enfermedades, que hubo de hacer, por obediencia, la Madre Francisca de Jesús, en agosto de 1604.

Idéntico propósito nos debe hacer pasar por alto personalidades cuya fama se debe antes a un apellido ilustre, o a las relaciones que sostuvieron con ilustres personajes, que a la que su propio valor pudiera granjearles: el haber llegado hasta nosotros el nombre de Clementa Piña, verbigracia, obedece tan sólo a la amistad que unía a su padre a Lope de Vega, quien le dedicó El Domine Lucas, y le dejó por testamento cincuenta libros de su estudio, rogándole creyese “que quisiera que fueran otras tanta joyas de diamantes; pero piedras preciosas son los libros”, y a haber sacado de pila, el 26 de agosto de 1617, a Antonia Clara, la hija que el Fénix de los Ingenios hubo en doña Marta de Nevares.

Igualmente, de no pocas escritoras consideradas como tales, las únicas referencias que tenemos son las alabanzas que les dedicaron sus contemporáneos.

El feminismo, y aun en el sentido que actualmente tiene esta palabra, no es ni con mucho, cosa nueva o moderna. Tiempo ha que mujeres de espíritu inquieto intentaron laborar por el mejoramiento social de sus compañeras y la enmienda de leyes que estimaban injustas, o vejatorias, para con su sexo. Feministas hubo, como Sor María de Santa Isabel que a la par que proclamaba su feminismo merece por sus versos, ser considerada como una de las mejores poetisas de su tiempo. Y asimismo la hubo, como doña Isabel de Liaño que debe ser citada entre las que pudiéramos llamar feministas “a secas” -ya que su producción literaria no merece salir del olvido en que yace desde que salió a la luz.

Una dificultad con que se tropieza al estudiar nuestra literatura femenina, y que es preciso tener muy en cuenta, es la del problema de los apócrifos y seudónimos.

En las épocas anteriores al siglo XV sobre todo, conviene andar con mucho tiento para no incurrir en los más crasos errores. De María Cervellón, por ejemplo (1230-1290), cuyas Sentencias fueron publicadas cinco siglos después por Esteban de Corbera, no falta quien considere los escritos completamente apócrifos.

Más tarde, se dio gran abundancia de “literatas ficticias”, o sea de autores que publicaban sus obras con nombre de mujer. La más famosa de estas “fingidas” fue Oliva Sabuco de Nantes, a quien su padre, Miguel Sabuco, “endosó”, nada menos que la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre y La vera medicina. Treta bastante hábil, que llevó a Lope de Vega a calificar a doña Oliva nada menos que de “musa décima”. Si embargo, posteriormente don Miguel Sabuco se vio obligado a declarar ser él el autor del libro intitulado Nueva Filosofía.

Los seudónimos femeninos plantean una cuestión no menos ardua de resolver. En el siglo XVIII abundan extraordinariamente, y, de varios, es fuerza suponer que encubrían firmas masculinas. Fue, éste, artificio muy gustado por aquel tiempo. Había “La Sensible”, ”La Chinilla”, “La Observadorcilla”, ”La Principianta”, “La Defensora de la Belleza”, “La Petimetra”, “Doña X”, “La Pastora”, etc. En su mayoría, sus escritos quedan al margen de la literatura. Son consejos; protestas “en defensa de las colas de las faldas”, “Cartas de una madre a su hija que va a tomar estado”, etc.

Al menos puede abonarse en favor de estas escritoras “disimuladas”, o de estos escritores más disimulados aún, que no eran petulantes. “La sensible Gaditana”, por ejemplo, mandaba sus versos al Diario de Madrid (que los publicó en fecha del 22 de junio de 1796), si bien, por su desenfado, los versos más parecen de un que de una sensible.

A pesar de las escritoras marginales, la literatura femenina española no desmerece junto a la de otros países, en que la mujer suele ser tenida por más habituada al comercio intelectual que en el nuestro. Se dirá que no es posible comparar, bajo ningún aspecto, la producción literaria femenina con la masculina. Desde luego. Más téngase en cuenta que la censura eclesiástica se mostraba más implacable con los escritos femeninos, e impedía la publicación de no pocos de ellos. Y piénsese asimismo que, en las anteriores centurias, la vida apartaba aún más que hoy a la mujer de manifestarse objetivamente. Entre las escritoras femeninas se destaca una cumbre tan difícil de superar como Santa Teresa de Jesús, la cual por sí sola, justifica el alto nivel alcanzado por la literatura femenina española. No existe en ninguna mística de ninguna religión y ningún tiempo obra tan abrasada de amor, tan “fuego vivo” como la de la doctora de Ávila, autora del conocidísimo poema: “Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero / que muero porque no muero...”

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