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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

El lenguaje ecológico

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 13 de marzo de 2008, 00:07 h (CET)
Alfonso S. Palomares dice. “Hace unos días estuve en las Filipinas y al hablar con un periodista de allí que conoce bien las zonas que han sufrido devastaciones, me dijo que se había instalado en sus poblaciones la desesperación delante de cualquier fenómeno de la naturaleza con su caravana de muertos. Parece como si en el interior de la Tierra un dios bárbaro se revolviese movido por insomnios cargados de pesadillas”. Además de las inundaciones en las Filipinas hemos de añadir las catástrofes que periódicamente provoca El Niño, el tsunami que devastó el sudeste asiático, los tifones que zarandean el Caribe, los graves incendios que han devastado extensas zonas de Grecia, Portugal, California, las persistentes sequías que asolan África y Australia…

Ahora se ha puesto de moda culpar al cambio climático de los cataclismos ambientales que nos afectan. ¿Qué lo provoca este cambio climático? Se está de acuerdo que lo aviva el hombre con la mala administración que hace de la Tierra y de los recursos que guarda en sus entraña. Esta conclusión no termina de convencernos porque es demasiado simplista. El rompecabezas no es tan fácil de solucionar.Se podrá estar de acuerdo o no, pero es un factor a tener en cuenta. En la Biblia se encuentran diversos textos que nos enseñan que la desobediencia a los mandamientos de Dios irá acompañada de graves sequías. Acab, rey de Israel, se caracterizaba por “hacer el mal ante los ojos del Señor más que todos los que reinaron antes de él”. A este rey perverso Dios le envió al profeta Elías para transmitirle este mensaje: “Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra” (I Reyes,17:1). Esta sequía duró tres años. Nos podemos imaginar la extrema penuria por la que pasaba la población. Tres años sin caer ni una sola gota de agua es mucho tiempo.

Tal vez el lector conoce la historia de José, el hijo de Jacob que fue vendido como esclavo a Egipto por sus hermanos. Este joven “bien plantado” tenía el don de interpretar sueños. Este don le abrió la puerta de la cárcel en la que había sido encerrado por una falsa acusación de intento de violación de la mujer de su dueño. De repente deja de ser un esclavo para convertirse en visir del faraón. Este cambio inesperado de condición social lo provocó el hecho de que interpretase el sueño del faraón, anunciándole que vendrían siete años de una gran abundancia seguidos de otros siete en que “aquella abundancia no se echaría de ver, a causa del hambre siguiente la cual será gravísima” (Génesis, 41:31).

La abundancia y la hambruna que comentamos nada tiene que ver con el comportamiento ético de los egipcios. Por la Escritura sabemos que José fue vendido como esclavo porque Dios tenía el propósito de que ocupase el segundo lugar después del faraón y así, desde esta posición privilegiada salvar a su familia que vivía en Canaan de morir de hambre. Me callo otros detalles porque sería largo de comentar y que manifiestan que la providencia de Dios estaba detrás de los acontecimientos.

El cambio climático del que tanto se habla y que tanta preocupación despierta por la trascendencia que puede tener para nuestro futuro bienestar, no es algo que sucede gracias a un azar ciego. Queremos poner remedio a la amenaza aterradora reduciendo las emisiones de CO2 a la atmósfera. Está muy bien que se quieran frenar dichas emisiones dañinas. Pero el problema no es exclusivamente químico. Detrás del peligro que aterroriza se encuentra Dios que quiere decirnos alguna cosa. Le hemos de preguntar qué es lo que desea comunicarnos. Hemos de aguzar el oído para así poder escuchar lo que el Señor quiere compartir con nosotros, mediante el lenguaje que hablan los acontecimientos naturales.

Si se llega a entender que los trastornos ecológicos no suceden porque sí, sino que Dios los permite y controla para que se hagan sus propósitos, que por cierto nos son desconocidos, pero que siempre son buenos y justos. A pesar que no entendemos sus pensamientos porque son más altos que los nuestros, descubrimos que los acontecimientos, sean del signo que sean, son para bien de quienes aman a Dios. Este descubrimiento arrancará de raíz el miedo que causa no saber que se esconde detrás de las situaciones que consideramos descontroladas. No es cierto que en el interior de la Tierra se esconde un dios bárbaro que se rige movido por insomnios cargados de pesadillas.

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