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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Mujeres asesinadas

Antonio Cánaves (Palma)
Redacción
sábado, 1 de marzo de 2008, 21:27 h (CET)
Tras el penoso suceso este martes, de cuatro mujeres asesinadas por sus parejas, se vuelve a poner se de relieve tan salvaje situación y en lugar de tratarse con carácter de emergencia nacional, pasa a formar parte del anecdotario de las páginas de sucesos.

La situación, siendo cientos de veces más grave que la violencia del terrorismo de ETA, apenas se le dedican algunos comentarios en los medios de comunicación, y en lugar de profundizar en los bajos instintos que mueven a algunos hombres a matar sus mujeres, los organismos políticos le restan importancia. Para miles de mujeres, quizá millones, el miedo, la sumisión, las palizas y el desamparo ante la ley son su forma de vida, que el Estado, con la venda en los ojos que le caracteriza, irónicamente pretende venderles como Estado de Derecho. Según dicen los especialistas 1 de cada 4 mujeres, sufren maltrato, tanto físico como psíquico durante su relación de pareja, que se pueden prolongar durante años o toda la vida. Y aun así, siguen sin realizar simples test psicológicos a las parejas que quieren formalizar su relación, o a los adolescentes en edad escolar, para detectar los rasgos patológicos, para educarlos en emociones

Pero claro, hemos de mirar las cosas con rigor, sin apasionamientos: que no es lo mismo que cada año mueran cientos de mujeres y miles sufran malos tratos, que si los amenazados, maltratados y muertos fuesen los propios jueces, ministros, futbolistas, ídolos de la canción o familia real;

Las causas de esta violencia son diversas. La educación en la igualdad de sexos, no sirve si la religión sienta cátedra sobre la desigualdad, al instituir el matrimonio, y hacer de ello, una unidad indivisible “lo que ha unido Dios no lo separe el hombre”. La exaltación del enamoramiento y la ilusión de un futuro en común, han producido las desgracias más horrorosas. Prometer “amor eterno”, sentenciar “hasta que la muerte os separe”, la llegada del príncipe azul, la dama rescatada del villano, “y fueron felices y comieron perdices”, el cine, las canciones y la literatura han adoctrinado muy bien sobre la visión idílica de la pareja, pero no de las bajas pasiones y la violenta realidad que han de vivir millones de mujeres, que al establecer una relación con el hombre pasan a formar parte de sus posesiones. Una declaración de amor o una boda son en muchos casos la sentencia de muerte o los malos tratos. Ya que al formar pareja, cada uno pierde su independencia, y consciente o inconscientemente entra el sentimiento de pertenencia, de propiedad. Si esa propiedad colma las expectativas, será un matrimonio “feliz”, si no, se pueden separar, pasar una vida aguantándose, de malos tratos o acabar en asesinato.

Violencia machista como vía de escape, en una sociedad donde predomina la escala jerárquica de poder, anclada en el patriarcado, que promueve la competitividad por estar en lo alto del poder, ser el mejor, el mas rico, y que ejerce su violencia sobre sus inmediatos inferiores en forma de envidia, explotación, desigualdad etc. Al igual que el rico, utiliza al pobre mientras le es util para enriquecerse a su costa, y cuando deja de ejercer esa funcion, lo despide; el potencial maltratador o asesino, mientras la mujer se comporta a gusto del hombre, va bien, cuando nó, la mata o maltrata. Y así es el drama de los perdedores: después del fracaso amoroso o familiar, ofuscados por la frustración, se desmorona el carácter y la ética del hombre sin recursos emocionales, que arrastrándose o lanzando su ira contra el mundo, busca un sistema de evasión o de venganza; en muchas ocasiones, evasión en la droga o el alcohol, y venganza ¡pobre venganza! contra quien no tiene culpa, la venganza más cobarde contra el más débil, no contra el más fuerte, porque el perdedor, en lugar de enfrentarse a quien le formado como un invalido emocional, se dedica a ensañarse violentamente contra mujeres y niños. Así, el maltratador es por definición: un cobarde enfermo, al que el estado por no educarle, le da carnaza para satisfacer su patología.

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