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Aumenta la violencia en la sociedad

Javier Úbeda Ibáñez
Redacción
miércoles, 16 de enero de 2008, 00:03 h (CET)
No sólo no ha sido abatida por la razón humana sino que por el contrario parece como si el hombre utilizara la razón para ser el más violento de los animales. Hemos de confesar, avergonzados, que ningún animal supera al hombre en violencia. Éste, por desgracia, utiliza frecuentemente la razón para comportarse más violentamente que el más animal de los animales.

En todos los niveles pero sobre todo en las grandes ciudades crece la impotencia de la policía ante la ola de hechos violentos: robos, atracos, asaltos, torturas, secuestros, “huelgas salvajes”, la llamada “guerrilla urbana”, etc., que están a la orden del día. El aumento de la criminalidad es una realidad que mantiene perplejo al hombre actual que se siente sorprendido por un hecho que su inteligencia no acierta a explicar y mucho menos a controlar. Conflictos laborales, familiares, generacionales, estudiantiles y hasta clericales, se producen sin cesar. Anhelamos la paz y sólo encontramos conflictos. Conflictos en el seno de la familia, del colegio, de la Universidad. Conflictos en la calle y en el cine. Junto a hechos maravillosamente humanos, otros violentamente inhumanos. Lo primero que el hombre ve cuando sale a la calle no es el orden y la seguridad sino el desorden y la inseguridad cada día más agobiantes y extremecedores y unos hombres siempre con prisa, neuróticos en potencia, con el cerebro confuso y convertidos en un “manojo de nervios”. No es extraño así que la violencia aumente en la sociedad y que la policía pierda la carrera ante una violencia que crece incontenible.

Es interesante resaltar cómo la policía crece continuamente en las principales capitales del mundo. El verdadero Estado-Policía no es el del siglo XVIII sino el actual. Ciertamente no estamos en el paraíso. Resurgen hoy por todas partes los demonios del ayer y la supremacía de los intereses económicos confirma la gran verdad resaltada por Zundel: “al aceptar la primacía de los valores materiales hacemos inevitable la guerra”; se extiende el abuso sobre los débiles; el hábito del odio, olvidando la indicación de Manzoni: “hay pocas cosas que corrompen tanto a un pueblo como el hábito del odio”; la lucha por la supremacía entre los grupos sociales, renaciendo así la guerra internacional y civil casi endémica; retorna la competencia violenta por el poder político y el prestigio nacional; las ambiciones en pugna de los individualismos cerrados y de los sistemas ideológicos; la tortura y el terrorismo, el delito y la violencia como sistema ideal sin pensar en el incendio que pueden originar; se piensa en la paz como una pura tensión y equilibrio de intereses en juego y de armas espantosas. Es indiscutible que las relaciones sociales se endurecen. Todo se discute, en nada o en poco se cree: quizá sólo ya en el progreso técnico y en la sociedad de consumo, por él engendrada, en la que el primer consumido, paradójicamente, es el propio consumidor. Se discute el principio de autoridad, las técnicas de educación, la distribución de responsabilidades y el uso y abuso de la autoridad, las estructuras del pensamiento, los principios de la moral y la incomprensión llega al interior de las familias. La violencia es también ahora un problema que se le plantea a toda sociedad y a todos en la Sociedad.

La violencia, al menos en el plano del sentido común, no aparece como un bien, ni como un valor, sino todo lo contrario: como un mal, indiscutiblemente como un contravalor. Dando un paso más en profundidad nos preguntamos ahora porqué una mente humana no invertida estima la violencia como un mal. La respuesta filosófica es la siguiente: La persona humana rechaza incondicionalmente la violencia injusta por su misma naturaleza irracional y antihumana y por lo tanto antisocial. Este principio, o si se quiere conclusión, se apoya en muchos motivos: La violencia es un fenómeno negativo, emocional, intrínsecamente irracional y en consecuencia difícilmente controlable. Es la negación, por consiguiente, de lo que se entiende por un comportamiento humano. La violencia no está en posición de establecer y mucho menos de garantizar la justicia, que es esencialmente una relación positiva de racionalidad (puesto que persigue el orden justo), no emocional, un comportamiento controlable que falta casi siempre –por propia definición- en la actitud violenta.

La violencia es una consecuencia de la pérdida del valor del hombre como persona. Y muchas actitudes violentas lo son del nihilismo al que por este camino se llega.

Aceptar la violencia –hija de la ira y prima hermana del odio- es aceptar un mundo impersonal que, para cualquier persona normal que no haya abdicado de la facultad de pensar, es inaceptable. El hombre maduro es el que sabe que la violencia y la victoria consiste en triunfar sobre uno mismo, no sobre los otros.

La violencia no puede ser una filosofía de la vida.

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Javier Úbeda Ibáñez es escritor.


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