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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los más pobres entre los pobres

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 25 de diciembre de 2007, 03:32 h (CET)
“¡Qué poco me va quedando
de lo poco que tenía!”


José Bergamín

En esta España del “todo va bien”, de “la cultura de los satisfechos”, a algunos que realmente les va bien, quieren que les vaya mejor. Algunos que viven con notable desahogo, se oponen enérgicamente a todo lo que pueda suponer un peligro, no de toda su comodidad sino de una parte de ella. Por eso nuestra cultura de la satisfacción es reacia a cambios estructurales, y sólo tolera pequeños avances y cambios estéticos. Y aunque cada vez son más los que protestan contra la pobreza de una gran porción de españoles y manifiestan una seria preocupación por el futuro, lo cierto es que no constituyen todavía una clara amenaza para la mayoría electoral.

Nuestra cultura de la satisfacción se muestra tolerante con las enormes diferencias de ingresos y rentas que hay en nuestra sociedad y con el abismo de desigualdad que existe entre los países.

No cabe duda que la ética debe jugar un papel crucial en la construcción de un futuro mejor y en la lucha contra la pobreza. La ética individual y comunitaria; la ética en el poder y en la sociedad civil organizada. Nada pueden temer más la injusticia y los defensores del actual status quo planetario que la unión y la acción organizada de la gente frente a ella. En este fin de año, si la sociedad civil encuentra el modo eficaz de encaminar su acción autónoma y consciente, podrán abrirse las puertas de ese callejón ecológico, económico y social en el que está sumida. El mundo está cercado por esta realidad: tres de cada cuatro mujeres, hombres y niños, son pobres. En la actualidad, 1.300 millones de personas viven con menos de un euro por día; 800 millones sufren hambre y desnutrición crónica; 200 millones mueren anualmente antes de alcanzar los cinco años de edad. Más de la cuarta parte de la población mundial no dispone de agua potable, de instalaciones sanitarias, de atención médica... Una inmensa cantidad de hombres y mujeres que pueblan la Tierra contemplan su presente y su futuro más inmediato sin ninguna esperanza. En estos últimos años de bonanza económica ha aumentado la pobreza y el hambre en el mundo. Ha aumentado la exclusión de la mayoría de la población en la toma de decisiones sobre su vida y su futuro. Ha decrecido el acceso a lo más básico: la tierra, el uso de los bienes, los avances técnicos, el alimento, el vestido, la salud, la educación.

La pobreza es una realidad presente también en los países ricos, en las llamadas “sociedades desarrolladas”. El progreso de la tecnología, la aparición de nuevos países industrializados que se valen de una mano de obra mucho más barata, y otro tipo de razones de carácter no sólo económico sino también político, social y cultural, han modificado totalmente las reglas de juego. La pobreza y la miseria avanzan también en importantes sectores de población de los países desarrollados.

Parados de corta o larga duración. Inmigrantes mal llamados “ilegales”. Campesinos de zonas rurales marginadas. Jóvenes sin familia. Ancianos olvidados y abandonados. Millones de mujeres que viven diariamente al límite de sus posibilidades económicas, físicas y psíquicas como precio por su condición de mujer . Personas sin techo y sin hogar. Población reclusa. Enfermos terminales y crónicos sin atención ni cuidados. Discapacitados físicos y psíquicos carentes de las más básicas prestaciones. Drogodependientes... El dibujo es una realidad social cada vez más rota, donde “las bolsas de pobreza” dejan de ser pequeños espacios aislados y localizables, para constituir, paulatinamente, un elemento cualitativo y definitorio del tejido social de las sociedades opulentas.

En los países ricos existe un número creciente de hombres y mujeres que se definen socialmente por su falta de identidad social, por el nulo reconocimiento que se hace de ellos como personas. Son los más pobres entre los pobres. Una variedad de pobreza que reúne a millones de personas.

Al no acceder a los sistemas y redes de protección social que existen en su entorno, su patología personal y su desocialización adquieren tonos límites. Ciertos grupos de población gitana, mendigos, “yonkis”, jóvenes prostitutas seropositivas, mujeres con cargas familiares y en situación límite por graves problemas o catástrofes familiares, ancianos con atrofia cerebral, abandonados por la familia y la sociedad..., son algunos de estos grupos sociales.

Desarraigo familiar, exclusión social, graves problemas de carácter sanitario y afectivo, desempleo continuado, carencia aguda de recursos económicos y soledad, son algunas de las características que describen la situación de este colectivo.

Los estudios sobre el nivel de pobreza en España llevados a cabo por diversas entidades tienen como común denominador la constatación de que, al menos, una quinta parte de la actual población española vive bajo el umbral de la pobreza, o sea, tiene ingresos inferiores a la mitad de los ingresos medios.

En nuestro país más de un millón de personas viven en una situación de auténtica miseria, con unas condiciones de vida tan límite que su existencia está gravemente amenazada. Aquí se sitúa ese millón trescientas mil personas que viven con una renta disponible inferior al 25 por ciento de la del español medio, y que constituyen la franja de lo que se llama “pobreza severa”. Esta pobreza está constituida preferentemente por madres solteras, mujeres separadas o viudas con cargas familiares, y por personas en paro de larga duración.

Los procesos de empobrecimiento que no cesan ni siquiera en estos tiempos de crecimiento económico ponen a nuestro país en situación de ruptura social. Frente a “una zona de integración”, caracterizada por un trabajo estable y por la solidez en el ambiente familiar y en el contexto comunitario, existe una “zona de vulnerabilidad”, caracterizada por la precariedad del empleo y de la protección social, y por la alteración de las relaciones familiares y sociales. Y finalmente, está la “zona de la exclusión”, en la que se encuentran aquellos españoles que viven en una completa marginación, carentes de recursos materiales básicos, con un empleo inestable o sin empleo y con una desprotección social aguda o inexistente.

Los excluidos absolutos son un sector cada vez más mayoritario. Y como dijo el poeta: “Y cuántas promesas, madre / ¡ay!, cuantas hicieron. / Y no cumplieron ninguna / de las que hicieron”.

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