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La mala educación, la zafiedad y la falta de respeto de una izquierda fanatizada

“La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe” H.G. Wells
Miguel Massanet
domingo, 21 de junio de 2015, 00:43 h (CET)
Es posible que los que pertenecemos a otros tiempos, a generaciones pasadas o a culturas distintas nos parezca que hemos entrado en una fase en la que la Humanidad ha decidido prescindir de la sabiduría de los ancianos, del consejo de los mayores o de las enseñanzas de la Historia, como un método eficaz para evitar repetir equivocaciones, para educar el pensamiento o para aprender a no fiarnos de decisiones apresuradas, impulsos poco meditados o calenturas irreprimibles. El gran filósofo español don José Ortega y Gasset, durante los años en los que estuvo residiendo en Alemania para estudiar a fondo las teorías de Kant y del resto de filósofos germanos, seguía desde lejos los acontecimientos de España y sentía preocupación, como buen español, por los compatriotas españoles. El hubiera querido y así lo hizo patente en el año 2007, un nuevo modelo de cultura basado en la política pero también en la estética.

Su obra “La rebelión de las masas” gira en torno a una estructura de la sociedad donde Ortega distingue entre minoría y masa. No se trata, evidentemente, de establecer una distinción de tipo elitista, sino que hablamos de una minoría selecta, que nada tiene que ver con la posición o clase social ni con el tipo de trabajo que se desempeñe, sino que se basa “en la búsqueda personal del esfuerzo y la excelencia en cualquier campo de la actividad humana”. Para Ortega cada individuo tiene la opción de ser minoría o masa o, incluso ser minoría selecta en determinados campos y masa en el resto. En toda sociedad, para el filósofo, se quiera o no, existen minorías y masa y, a la minoría le corresponde la función de ejercer el “liderazgo social” sobre la masa.

Sin embargo, cuando en una nación se produce el fenómeno de que la masa está dividida y las minorías, no siempre selectas, simplemente mejor preparadas para la captación de adictos, instruidas en métodos de influir en las masas, en pintarles un sistema de gobierno en el que las mayorías, pretendidamente, salen favorecidas y los ricos son los que pierden o se les prometen represalias, venganzas o la ruina de las clases habitualmente dominante; lo que en España en boca del señor Pablo Iglesias de Podemos calificó como las “castas” dominantes; se produce una peligrosa rareza consistente en lo que se pudiera definir como “el caos político”, mediante el cual el poder se va fragmentando, la insumisión a las reglas de juego prolifera y la unidad de la nación experimenta los primeros síntomas de división. Todo empieza por intentar erradicar todos aquellos principios, creencias, lazos familiares o costumbres que contribuyan a que los vínculos entre las personas salgan reforzados y las posibilidades del Estado de intervenir en la vida privada de los ciudadanos queden reducidas.

En España los socialistas durante las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero supieron erradicar, mediante leyes que impedían a los padres y tutores imponer la disciplina a sus tutelados y aplicar los correctivos necesarios para conseguirlo; rompiendo con ello la autoridad paterna y fomentando la rebeldía de los hijos. Este primer paso fue seguido por establecer un sistema educativo en el que los profesores se ponían a la altura de los alumnos, establecían una conexión de igualdad y rompían el tabú de la autoridad del profesorado sobre los alumnos, su facultad disciplinaria y la distancia necesaria que siempre debiera existir entre profesor y alumno, para que se mantenga la autoridad. La degradación que, en este sentido, ha sufrido la sociedad ha culminado en el cambio de rol entre padres y profesores cuando, en la actualidad, los padres se ponen de parte de sus hijos en contra de los profesores llegándose, en ocasiones, a la violencia física. El ejemplo de semejantes actitudes y el evidente distanciamiento entre padres e hijos originado por el hecho de que ambos progenitores trabajan, están muchas horas fuera del hogar y es muy posible que, en festivos y vacaciones, tampoco se reúnan el tiempo que sería de desear. La necesaria complicidad producida por el contacto diario entre padres e hijos ha desaparecido cuando, en muchas ocasiones, los unos y los otros se organizan independientemente los unos de los otros.

Los que tenemos una edad avanzada, que tuvimos la suerte de gozar de un entorno familiar más acogedor, que fuimos reprendidos e incluso recibimos algún golpe de nuestras madres; sin que nunca, como ahora pretenden hacer creer estos sociólogos de vía estrecha, nos sintiéramos humillados o reprimidos, y que recibimos una educación desde pequeños en la que se nos enseñó a respetar a las personas mayores, a los profesores, a las señoras embarazadas, a las personas con alguna disminución física y, en general, a todas aquellas que representaran una posición jerárquica en la sociedad por encima de la nuestra; no entendemos el grado de mala educación y falta de respeto que hoy en día vemos entre personas jóvenes y no tan jóvenes.

Todo ha cambiado, los padres enseñan a sus hijos a defenderse de los otros a puñetazos; en los deportes ponen de chupa de dómine o agreden al árbitro en presencia de sus hijos; se enorgullecen cuando el hijo se convierte en el matón de la clase o es el más bruto en los juegos etc. Luego se quejarán de que muchos jóvenes se descarrían, se drogan, hacen bulling a sus compañeros se dedican a maltratar salvajemente a los mendigos por las calles o atropellan a las mujeres sin el más mínimo respeto por las personas mayores a las que, una gran parte de esta chusma, los consideran un verdadero estorbo.

Y aquí viene la consecuencia de la falta de preocupación, el exceso de libertades, la politización de las escuelas y, aún más de las universidades donde las izquierdas han sabido establecer el verdadero centro de captación de nuevos militantes, en las que se enseñan a los jóvenes a ir en contra del orden establecido, se mima a los más revolucionarios y se prima con títulos a aquellos a los que se les ve con más posibilidades de convertirse en verdaderos revolucionarios. Manifestaciones, paros, huelgas de estudiantes, salvajadas callejeras donde se juntan profesores y alumnos, y días y días dedicados al adoctrinamiento en perjuicio de los que debería ser su dedicación al trabajo. Y de esta juventud, entrenada para la revolución, están saliendo todos estos grupos antisistemas, okupas, del 15M, Podemos y demás formaciones cuyo único proyecto es conseguir el poder para convertir a España en una reproducción de la Venezuela bolivariana del señor Maduro.

Políticos sin educación, que insultan, injurian, calumnian, cometen vejaciones, descalifican, ofenden, defienden a los delincuentes y atacan las iglesias, impiden a las fuerzas del orden que cumplan con su deber y permiten que, en las calles, los gamberros se desenvuelvan a su antojo, mientras los transeúntes tiene que procurar encontrar un lugar donde guarecerse de tales energúmenos, sabedores de que no tienen nada que hacer para evitar tales desaguisados. Si, señores, este es el panorama de Barcelona, Madrid, Valencia y todas las grandes ciudades de España, que los votos de los insensatos han entregado a estas formaciones de ultras incontrolados, que militan en partidos comunistas y anarquistas, dispuestos a convertir a nuestra nación en un país inhabitable, donde el caos y la delincuencia campen por sus respetos y los ciudadanos se vean obligados a soportar la tiranía de un estado dictatorial.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie valoramos la situación actual de nuestro país desde el temor de que, si no se produce un milagro, pronto vamos a vernos en una situación semejante a los griegos del señor Tsipras y sus seguidores, grande amigos del señor Pablo Iglesias y sus cofrades de Podemos.
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