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Etiquetas:   Derechos   Felicidad   -   Sección:   Opinión

Derecho a la felicidad

La felicidad tal como la entendemos es una maratón que antes de llegar a la meta el atleta sufre un ataque cardíaco y no la alcanza
Octavi Pereña
lunes, 8 de junio de 2015, 22:59 h (CET)
El rey Salomón escribió: “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo, y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré luego todas las cosas que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas, y he aquí todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesiastés 2:10,11).

El libro de Eclesiastés lo escribe un hombre que después de esforzarse buscando la felicidad, observando todas las cosas que se realizan bajo el sol llega a la conclusión que “todo es vanidad y aflicción de espíritu” (1:14). Desde siempre el hombre se ha esforzado en alcanzar la felicidad y, cuando cree que la ha atrapado, es como el viento que se escurre de entre los dedos. Aflicción de espíritu es todo lo que el hombre encuentra en su carrera por alcanzar la felicidad. Salomón está tan desilusionado con su sabiduría alcanzada que era admirada allende las fronteras de Israel, y del esplendor de las obras realizadas que no puede por menos decir: “aborrecí, por tanto la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa, por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (2:17).

El ser humano busca la felicidad porque a diferencia de los animales posee un alma a la que le falta un ingrediente para encontrarse plenamente satisfecha. La Declaración de Derechos del Buen Pueblo de Virginia (1776) afirma que los hombres tienen por naturaleza el derecho a buscar y a obtener la felicidad. La más conocida Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) proclama que la finalidad del gobierno es “alcanzar la seguridad y la felicidad”, es decir, proveer los medios para que los ciudadanos gocen de cierto bienestar material que les haga relativamente felices al tener cubiertas sus necesidades básicas. Si la felicidad que pretenden estas dos declaraciones fuese definitiva “podríamos decir que los bueyes son felices cuando encuentran garbanzos para comer” (Heráclito).

“Se habla tanto de la felicidad y está tan de moda que pronto resultará vulgar ser feliz…El motivo es una reducción del concepto. La felicidad se equipara a la ausencia de emociones desagradables. Reducida a eso, se convierte en un reclamo de agencia de viajes: Vacaciones, playa, palmeras y mojito. ¡Qué error!” (José Antonio Merina). La felicidad que se disfruta satisfaciendo la sensualidad convierte en drogas las cosas que la complacen. Las drogas terminan produciendo adicción. Cada vez exigen más. Esclavizan y no dan la felicidad deseada. Peor hacen más desgraciado a quienes caen en sus redes. El resultado de buscar la felicidad en la posesión de cuantas más cosa mejor es vanidad y aflicción de espíritu de que nos habla Salomón.

Perdemos el control cuando perseguimos la felicidad confiando en la falsa esperanza del dinero y de todo lo que se puede obtener con él. El problema que acompaña la prosperidad es que proporciona comodidad, pero no felicidad genuina. Hoy, a pesar de la crisis gozamos de un nivel de bienestar impensable hace cincuenta años, también hemos alcanzado una cota muy alta de consumo de antidepresivos y ansiolíticos que manifiestan que el bienestar material no es equivalente a felicidad.

No debe olvidarse que el ser humano además de cuerpo como los animales, se distingue de ellos porque que tiene alma ya que ha sido creado a imagen de Dios y, sólo en Jesucristo, el Hijo de Dios que vino aquí en la tierra para compartir con nosotros una revelación más completa del Creador, se encuentra el pan y el agua de vida que satisfacen plenamente las necesidades del alma. El alma necesita alimento espiritual, no cosas. Por ello, el materialismo en que estamos inmersos es incapaz de proporcionar felicidad a los consumidores compulsivos.

La degradación moral que acompaña al ateismo es la causante de todos los problemas sociales que hacen que los buenos propósitos de declaraciones como las de Virginia y de Estados Unidos sean incapaces de proporcionar a los ciudadanos la felicidad que la ley les otorga. La máxima es bien sencilla: Sin Dios no existe auténtica felicidad porque el hombre ha sido creado para Él y sólo en Él encuentra la plenitud.
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