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¿Apartheid para los que piden estudiar en castellano en Cataluña?

"El patriotismo es el sentido generoso de la responsabilidad colectiva. El nacionalismo es el gallo jactancioso en su propio corral”. Richard Aldington.
Miguel Massanet
domingo, 17 de mayo de 2015, 02:19 h (CET)
Cuando un territorio se obceca en cerrarse en si mismo, en refocilarse en sus quejas y diferencias con sus vecinos; en buscar todo lo que lo diferencia del resto del país en lugar de primar lo que les une o se empeña en hacer bandera de su lengua y sus propias costumbres en lugar de alegrarse de compartirlas con el resto de las que constituyen la riqueza idiomática y costumbrista de la nación; empeñándose en separar, excluir o rechazar lo que se le ofrece de fuera, impidiendo que se pueda utilizar, enriquecer, aprovechar o incorporarse al acervo propio; entonces, señores, deberemos convenir que esta región se está empeñando en remar a contra corriente y que, sus perspectivas de futuro, con toda seguridad, irán encaminadas hacia un futuro gris, sin posibilidades de progreso ni oportunidades de formar parte de un ente común que, según las tendencias actuales, parece ser el futuro de las naciones, al menos las europeas.

El señor Mas, el señor Junqueras, el señor Homs, la Forcadell, el Omnium, la UP y, últimamente, la Ada Colau; han conseguido, ante la impasibilidad del gobierno de España, hacer de Cataluña un guetto de odios, reclamaciones, rencores, difamaciones, calumnias e invectivas contra el Estado, el Gobierno y los propios ciudadanos españoles del resto de autonomías; como si todos se hubieran confabulado contra ellos, les hubieran pedido que fueran los únicos que cumplieran el mandato constitucional y les hubieran exigido, sólo a ellos, la solidaridad para ayudar a las comunidades menos favorecidas del país. No ha sido así y, en honor a la verdad, si se han producido algunos atentados contra el orden constitucional, desobediencias a las sentencias de los tribunales, incumplimientos de las leyes estatales y postergación del idioma nacional, el español, excluyéndolo de la enseñanza y procurando poner todos los impedimentos posibles, hasta saltarse las leyes; se ha debido al empeño de las autoridades catalanas, de la Generalitat para abajo, de que se haya creado un clima, entre la población catalana, de antipatía y rechazo ante todo lo español, empezando por el castellano, como si la enseñanza obligatoria del español tuviera algo que ver o desprestigiara la enseñanza del catalán que, por otra parte, es mayoritaria y, por desgracia, parece que excluyente.

Se enseña el Inglés y puede que el ruso o el chino, pero un idioma que hablan más de 600 millones de personas en el mundo, parece que hay que excluirlo, no por ser inútil el conocerlo, sino por hacerlo responsable de no se sabe que antiguas quejas de cuando Franco ganó la guerra civil y se obligó a que todos los españoles supieran el castellano, impartiéndose la enseñanza en tal idioma. Es evidente que la llamada “inmersión” en el catalán no tenía la finalidad de que todos los que vivan en Cataluña supieran este idioma, sino que esta planeada como una suerte de venganza contra los españoles, a los que, por lo visto, se les estigmatiza por algo de lo que no son culpables y que, por ende, ocurrió hacer casi 80 años. Curiosamente, aquellas familias a las que, los sicarios del gobierno de Companys, durante la contienda, se encargaron de ajusticiar y robar o aquellas a las que les mataron algún pariente sacerdote (más de 6.000, sólo durante la guerra, amén de los que, los revolucionarios, habían eliminado en tiroteos y asaltos durante los años de la II República) han sido capaces de olvidar y perdonar y no les guardan rencor a los catalanes por aquellas atrocidades de los años 30.

Es evidente que, en todo este proceso, no se les puede achacar toda la culpa a los separatistas catalanes porque, si el Gobierno hubiera actuado con menos pusilanimidad y más energía, una gran parte de los problemas derivados del envalentonamiento con el que se vienen comportando ahora los cabecillas de la Generalitat, seguramente no existiría. No obstante choca que, cuando se habla de la falta de aplicación de la Ley en la enseñanza del castellano, inmediatamente salgan todos los políticos y los encargados de la enseñanza afirmando que “en Cataluña no existe ningún problema con el catalán”, añadiendo que los jóvenes catalanes tienen mejores calificaciones que los del resto de la península en esta asignatura. Claro que las calificaciones quienes se las ponen son profesores catalanes que, por la cuenta que les trae, es muy posible que no regateen en aplicar notas favorables.

Pero algo falla, señores, cuando en Mataró (Barcelona) unos padres que solicitaron que se aplicara el 25% de enseñanza en castellano para sus hijos, en un colegio, la Escuela Pía de Santa Ana de la localidad, al que los tribunales obligaron a cumplir con dicho requisito; han estado sometidos a todo el aparato propagandístico de la Generalitat que, sin tregua ni cuartel, juntamente con voluntarios de la ANC, Omnium Cultural, y “Som escola”, los han sometido a toda clase de insultos, manifestaciones a la puerta de su domicilio, pancartas y presiones de todas clases; hasta tal punto que, aquella pobre gente, ha pedido al colegio que, por lo que resta de curso, no es necesario que este año les den clases a sus hijos tal y como estaban obligados, en el idioma patrio. Decir que, hasta los funcionarios y profesores del citado centro, participaron en las algaradas, en algunos casos con pancartas que incitaban a la “desobediencia”.

¿Alguno de ustedes cree que se han tomado medidas contra estos señores que confunden las sentencias con salvas de fogueo y que se pasan por el arco del triunfo cualquier orden o requerimiento que se les haga desde el Gobierno de Madrid? En absoluto. Todos los que han intervenido en semejante salvajada siguen en sus puestos sin que ni la autoridad de la Generalitat, ni las fuerzas del orden o el Delegado del Gobierno de Cataluña se haya tomado la molestia de enviar una carta de protesta ante tamaña intimidación. ¡Así no es raro que, el señor Mas, con toda su cara dura, pueda decir que “Pero si casi no hay nadie que, en Cataluña, pida que se le enseñe en castellano”! Estos gamberros que se ceban en estas pobres familias abandonadas a su suerte han llegado a pedir que a estos niños se los debiera (sic) “arrinconar y hacerles apartheid como con los negros”. El señor (cuesta ponerle el apelativo) F.Marc Álvaro, del colegio Ramón Llull de los Jesuitas (indigna que estos religiosos se presten a semejante vergüenza), sostiene que lo ocurrido en Mataró y el “intento” del Ministerio de Cultura de “introducir” el castellano en los colegios públicos y concertados catalanes, constituye “un acto de guerra”.

¿Qué va a hacer falta para que, los españoles de verdad que residimos en Cataluña, tengamos la protección del Gobierno para impedir que unos comisionados de la Generalitat puedan chantajear, amedrentar, presionar y hacer desistir del ejercicio de sus derechos (para evitar que a sus hijos les hagan la vida imposible o, incluso, que les puedan agredir físicamente)? Uno que ya lleva muchos años viendo lo que hacen los políticos y observando los efectos de situaciones parecidas, tiene la ominosa sensación de que, en algunos aspectos, nos vamos aproximando a situaciones pretéritas de amargo recuerdo. Un día habrá un muerto, se cometerá una imprudencia o se revolverá alguien contra la injusticia y, señores, puede que, como ha sucedido en muchos otros lugares, las discrepancias entre unos y otros vayan a estallar y, luego, es muy posible que lamenten no haber intervenido antes aunque no sirva ya para nada.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, repetimos una vez más, aunque clamemos en el desierto de la incomprensión, que la inacción y el esconder la cara no sirven para evitar la que se nos viene encima.
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