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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Aprendiendo a educar (I)

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
viernes, 26 de octubre de 2007, 20:14 h (CET)
Padres, madres y educadores que se enfrentan diariamente a dudas y problemas sobre el desarrollo y la educación de los más pequeños. Muchas serán las cuestiones que tendremos que abordar para ayudarles a desempeñar su labor, pero creo conveniente comenzar por lo más desconocido y rechazado, el desarrollo psicosexual infantil. No es mi deseo ofrecerles un tratado teórico y espeso sobre cómo se produce nuestro crecimiento afectivo-sexual, pero sí tocar algunos elementos básicos que sería conveniente tener en consideración en el trato con niños y niñas.

Cuando hablamos de sexualidad no me estoy refiriendo a esa que todos pensamos, relacionada con los genitales, sino a un concepto más amplio, que es el que trabaja el Psicoanálisis y que tiene que ver con la dicotomía placer-displacer. La sexualidad humana es nuestra forma de relacionarnos con el mundo en la búsqueda de sensaciones de satisfacción. Comer, tocar, hablar, mirar son actos sexuales, en tanto son utilizados para generarnos satisfacción. Una vez dicho esto, el siguiente punto será entender que el niño, desde su nacimiento, tiene sexualidad, que se va constituyendo a través de los años para instaurar la posterior sexualidad adulta.

Esta sexualidad infantil tiene una serie de características fundamentales, entre ellas su desarrollo en dos etapas separadas por un período de latencia. El autoerotismo es uno de estos elementos característicos, es fácil observar que el niño utiliza su propio cuerpo como fuente de satisfacción, podemos tomar el chupeteo como un claro ejemplo, aunque hay muchos otros. Este autoerotismo le permite ir conociendo las distintas zonas así como los límites de su propio cuerpo, mucho más adelante aparecerá el interés hacia lo exterior como objetos de deseo. El niño y la niña obtienen satisfacción a través de todas las zonas de su organismo, aunque sobra decir que hay determinadas zonas que están predestinadas a tener un papel muy importante en nuestra sexualidad: boca, ano y genitales.

Muchos padres se preguntan asustados por qué sus hijos se tocan insistentemente alguna zona de su cuerpo, por qué necesitan una gasa para dormir, por qué le cuesta tanto a su hijo abandonar el chupete o por qué se muestran tan reticentes a aprender a hacer sus necesidades en el baño. Estas conductas, que podrían parecernos azarosas tienen su sentido en esto que estamos viendo, no abandonamos con gusto una posición de la libido. El niño o la niña repiten aquellas conductas que le resultaron placenteras. Lo habitual, sin embargo, es que conforme va desplazándose su interés hacia otras zonas orgánicas vaya desplazando también esas conductas.

No hay que asustarse cuando el niño o la niña se tocan sus genitales u otra parte de su cuerpo obteniendo con ello satisfacción. Muchos padres me preguntan cómo desviar esa conducta, está claro que es una actividad masturbatoria, entendiendo por este término lo que venimos hablando, el niño repite las conductas que le generan placer y lógicamente, la estimulación de estas partes de su cuerpo le deparan sensaciones diversas. No hay que considerar, sin embargo, que es una actividad autoerótica similar a la del adulto, el niño no le da la misma intención que el adulto le da a su sexualidad. En este sentido, en lugar de reprimir duramente este comportamiento “inadecuado socialmente”, tenemos que irle enseñando las normas sociales, mostrándole que no podemos hacer cualquier cosa en cualquier lugar, al igual que por mucho que le gusten las chuches no puede comerlas en todo momento. Los placeres también tienen sus límites.

Observamos que hay niños mucho más activos e inquietos que otros, más o menos caprichosos, ello es muestra de una sexualidad precoz, a veces avivada por la conducta de los adultos que se muestra excesiva en cariño. Por ello es conveniente realizar ciertas recomendaciones a padres y educadores. Hay que entender que lo que para un adulto no es nada para el niño puede resultar una fuente de excitación que no puede canalizar. Muchas veces encontramos padres y madres que abrazan y besan a sus hijos con tanta necesidad que parece que descargan en ellos sus anhelos afectivos, en otras ocasiones los mantienen en la cama o habitación conyugal. Muchos padres utilizan, sin ser conscientes de ellos, a sus hijos como tapadera de sus propios problemas conyugales.

Es muy importante que padres y educadores elaboren sus criterios educativos teniendo en cuenta las características del desarrollo psicosexual de los pequeños, porque la represión que muchos de ellos ejercen sobre ciertos hábitos puede producir el efecto contrario, su permanencia. Reprimir no es el camino de la educación, sino el amor, el cariño, la paciencia. Una excesiva tolerancia y falta de límites, tampoco es el camino, un cariño desmesurado puede convertirse en el caldo de cultivo de un niño inadaptado, nuestro psiquismo necesita leyes que deben irse imponiendo en nuestro crecimiento. Es preciso entender que el niño y la niña están desarrollándose, descubriendo poco a poco un mundo donde deben ocupar un lugar y, por ello, nos necesitan como referencia. No les podemos imponer que sean como nosotros fuimos o que hagan lo que nosotros no logramos hacer. Cada persona es diferente y debe tener sus propias oportunidades, su propia personalidad. La labor educativa es un trabajo continuo, de muchos años, que impone a los que la realizan un importante esfuerzo de tolerancia y para que esto sea posible cuentan con la ayuda de los profesionales.

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Helena Trujillo Luque es psicoanalista de la Escuela Grupo Cero de Málaga.

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