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Israel no tiene sentido sin ideología sionista

Marianna Bélenkaya
Redacción
martes, 4 de septiembre de 2007, 21:55 h (CET)
Hace 110 años, el 29 de agosto de 1897, se inauguró en Basilea el Primer Congreso Sionista. Aquel evento marcó el nacimiento de la Organización Sionista Mundial (OSM) cuyo primer presidente fue Theodor Herzl. Desde entonces, no amaina entre los judíos dispersos por el mundo, y fuera de su comunidad, la polémica acerca de cuál es la esencia del sionismo, cómo debería ser y hasta qué punto es necesario.

Dejemos claro, de entrada, que el movimiento sionista siempre fue heterogéneo: incluía a sionistas religiosos, sionistas prácticos y partidarios del sionismo político. En diversas etapas históricas, todos ellos mantuvieron violentos debates – a veces, encontrando puntos de convergencia, y en otras ocasiones, volviendo a discrepar – pero siempre compartieron una meta común que era la creación del Estado de Israel. El Congreso de Basilea proclamó que el sionismo busca el objetivo de “establecer en la Tierra de Israel un hogar nacional judío, garantizado por el Derecho Internacional”. Traducido del lenguaje oficioso, lo anterior significaba hallar para los judíos un lugar donde pudieran estar a salvo, no ser forasteros y desarrollarse como nación. Los fundadores del sionismo estaban convencidos de que sería imposible lograr aquello sin un territorio y un Estado propios.

Podría parecer paradójico pero son precisamente los musulmanes, e incluso las personas que le niegan a Israel el derecho a la existencia y prefieren llamarlo “formación sionista”, quienes definen la esencia del Estado hebreo con máxima precisión. Israel encarna el sueño de los sionistas y se sustenta sobre la ideología del sionismo. Es la constatación de un hecho real, al margen de todas evaluaciones. La auténtica fecha de nacimiento de Israel, por consiguiente, es el 29 de agosto de 1897, día en que se inició el Primer Congreso Sionista. Después de clausurado aquel foro, Theodor Herzl dejó en su diario la nota siguiente: “Fundé en Basilea el Estado hebreo…” Muchas personas creían entonces que era una locura pero el Estado de Israel ya es una realidad. Otra cosa es que ahora, casi 60 años después de su proclamación, continúan todavía los debates acerca del perfil que debería tener el Estado hebreo y el lugar que ha de ocupar en él la doctrina sionista.
Citemos un artículo de Daniel H. Gordis, vicepresidente de la Fundación Mandel. Son palabras escritas seis meses después de terminada la última guerra entre Israel y Líbano: “No, Israel no es un fracaso. Es todo un éxito como Estado pero, aun así, diría que no hace para los judíos lo que habían esperado los sionistas. Y una parte del ‘funk’ nacional tiene que ver precisamente con ello”.
Los primeros ideólogos del sionismo habían prometido que el hogar nacional, si llegaba a establecerse, sería el único lugar donde los judíos estarían a salvo, recuerda Gordis. Durante algún tiempo se tuvo la sensación de que la promesa se había cumplido pero el verano de 2006 puso fin a esta ilusión de seguridad.
Muchos israelíes, constata el articulista, se preguntan para qué fueron construyendo su país sobre pantanos y enviaron a sus hijos a pelear por él, si el sionismo no consiguió lo prometido. Y el mismo Gordis ofrece la respuesta: el objetivo de Israel era la esperanza, no el Estado en sí. Por algo fue adoptada como letra del himno – primero, del movimiento sionista, y luego, del Estado hebreo – un verso titulado Hatikva, o Esperanza. La esperanza de “ser una nación libre en nuestra tierra, la tierra de Sión y Jerusalén”.
La desaparición de Israel, en opinión de Gordis, supondría un golpe a todos los judíos. “Un pueblo no puede aspirar a la soberanía durante dos mil años, verse al borde de la extinción, recuperarse y fundar un Estado para después perderlo otra vez y seguir adelante como si todo estuviera bien”, escribe Gordis.
Sus palabras podrían dirigirse, sin duda, a numerosos miembros de la comunidad judía, por ejemplo, a Avraham Burg, ex presidente de la Knéset (Parlamento) e hijo de uno de los padres fundadores de Israel.
Un reciente libro de Burg, “Derrotando a Hitler”, causó mucho alboroto, en particular, por la tesis de que el sionismo, en vez de liberar a los judíos, los llevó a una catástrofe al derivar en la creación de un gueto parecido a los campos de concentración nazis. El periódico árabe Al-Shark al-Awsat dedicó a este libro una reseña titulada “Los judíos impugnan a Israel”. Pero no es del todo correcto. Burg rechaza a Israel en su versión contemporánea, no la existencia del Estado hebreo en sí. Él sugiere volver al “sionismo espiritual”, revitalizar la esencia de lo judío, diluida hoy en lo israelí. Hay gente que piensa igual, y a lo largo de la historia del sionismo se han formulado ideas similares.
Muchas afirmaciones de Burg y sus partidarios son cuestionables, en particular, en lo relativo al grado de seguridad que los judíos tuvieron en Europa durante el último milenio. Aún es muy vivo el recuerdo de los judíos alemanes que soñaban con la asimilación pero acabaron en las cámaras de gas de Auschwitz.
Cinco décadas antes, el “caso Dreyfus” había destruido ilusiones similares entre los judíos franceses. De siglo en siglo, la historia se fue repitiendo hasta que Israel dio a los judíos la esperanza.
Por otro lado, los pensadores como Burg plantean interrogantes muy serias. ¿Puede ser exclusivamente “hebreo” un Estado democrático en el mundo actual? ¿Cabe calificar como democracia a un régimen cuya legislación se sustenta, en grado considerable, sobre postulados religiosos? ¿No será que el sionismo conduce al racismo y por qué la critica de aquella ideología es equiparada al antisemitismo? ¿Puede un Estado existir siempre con la sensación de que el mundo entero está en contra suyo?
Los israelíes, independientemente de sus convicciones, deberán buscar una respuesta para que su Estado pueda desarrollarse. Conste que nadie pretende suprimirlo. Israel y el pueblo hebreo afrontan hoy los mismos retos que Europa, Rusia y muchas otras naciones. De lo que se trata aquí, en primer término, es de la supervivencia y la búsqueda de una identidad propia. Después del colapso de la URSS, por ejemplo, los rusos se pusieron a destruir abnegadamente la ideología imperial soviética y los mitos del pasado. Pero los mitos y los ideales, que constituyen la base de cualquier ideología, son vitales para la supervivencia de una nación. Europa había colocado la tolerancia por encima de los demás ideales y en un momento determinado perdió el instinto de conservación. También hay numerosos países fuera del continente europeo, ante todo, los musulmanes, que se debaten entre el fundamentalismo y la democracia, la globalización y la preservación de identidad propia.
Israel no tiene sentido sin ideología sionista. La pregunta es qué perfil tendrá el sionismo en el mundo moderno.

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Marianna Bélenkaya, para RIA Novosti.


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