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El primer Sputnik

Andrei Kisliakov
Redacción
jueves, 30 de agosto de 2007, 22:19 h (CET)
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando los planos de diseño de los cohetes balísticos alemanes quedaron en poder de las tropas aliadas, la idea de aplicar la tecnología de propulsión a reacción como elemento bélico se erigió de golpe, en el objetivo prioritario en ambos extremos del Océano.

A mediados de la década de los años 40 del siglo anterior, muy pocos pudieron imaginar que los países que desarrollaron la tecnología coheteril obtuvieron sus éxitos políticos y económicos no precisamente por haber creado los cohetes nucleares soviéticos Satanás, o los Minuteman estadounidenses, sino por haber desarrollado otros artilugios con denominaciones como Saliut, Mir, Spacelab y Space Shuttle.

Esas enormes estructuras de muchas toneladas de peso que tuvieron y siguen teniendo esos nombres tan peculiares, surgieron a partir de una pequeña esfera metálica, el primer y famoso Spútnik, cuyas señales de radio, los legendarios “bip.. bip… bip…” por primera vez en la historia los escuchó el planeta el 4 de octubre de 1957.

La variante de reserva del cohete balístico R-7

Antes que cualquier cosa, el Gobierno de la Unión Soviética contaba con adquirir un arma capaz de atacar frontalmente el territorio de Estados Unidos, en otras palabras, un misil balístico intercontinental (MBI).
A pesar de contar con cierto “capital inicial”, como lo fue el cohete A-4 (V-2), uno de los tantos trofeos de guerra, los científicos soviéticos bajo la dirección de Serguei Koroliov necesitaron doce años antes de que pudieran crear el MBI R-7 de 8.000 kilómetros de alcance, identificado en Occidente con la denominación SS-6 (Sapwood).

Los primeros vuelos de prueba del R-7 no fueron del todo exitosos. El vuelo experimental del primer R-7, el 15 de mayo de 1957, duró apenas 103 segundos debido a un fallo en el sistema de combustible que ocasionó la destrucción del artilugio al caer a tierra.

Semanas después, el 12 de junio, prácticamente ocurrió lo mismo.
Y únicamente el 21 de agosto de 1957, la maqueta en peso de la ojiva que portaba el R-7, alcanzó el polígono Kuru, en la península de Kamchatka, tras recorrer una distancia de 5.600 kilómetros desde el lugar del lanzamiento.

No obstante el triunfal despliegue de la prensa oficial soviética, los científicos de forma muy clara entendieron que todavía estaban muy lejos de obtener aquella arma prodigiosa que tanto buscaban para ganar las guerras.

Porque para preparar el lanzamiento se requería una cantidad de tiempo fantástica, ¡casi diez días! Únicamente la operación para llenar los depósitos de combustible del cohete demoraba doce horas.

Además, el programa de vuelo no fue satisfactorio, como posteriormente establecieron los expertos, la maqueta de la ojiva que simulaba la carga nuclear no llegó a la superficie de la Tierra sino que se desintegró a consecuencia de la fricción en las altas capas de la atmósfera eso sí, directamente sobre el territorio del polígono establecido.

Koroliov comprendió que esos y otros problemas no se podrían resolver en poco tiempo, y por esa razón, influyó para que el consejo de constructores jefes que él mismo presidía, optara por desviar la atención de las autoridades del país con lanzamientos de cohetes que no estuvieran relacionados con las pruebas de los cohetes del programa militar.

De esta manera se acordó desarrollar la idea de poner en órbita de un satélite artificial terrestre (SAT).

Al respecto, cabe subrayar que siguiendo las huellas de Mijaíl Tijonrávov, otro destacado constructor soviético, Koroliov a mediados de los años 40 ya había planteado la posibilidad de lanzar artefactos artificiales al espacio que estuvieran tripulados.

Pero como se anotó anteriormente, a comienzos de la década de los años 50 en la URSS únicamente prevalecía la idea de utilizar los cohetes balísticos con fines bélicos.

En calidad de proyecto concreto, el asunto de la cosmonáutica tripulada y sobre todo el lanzamiento al espacio de un aparato sin piloto, en ningún momento fue tratado en las altas esferas del poder soviético.

No obstante, Koroliov intentó convencer a las autoridades sobre la conveniencia del lanzamiento de un satélite. “La creación del SAT tendrá una importancia política enorme porque será una evidencia del alto nivel de la ciencia nacional”, escribió Koroliov en un informe al Gobierno en 1955.
Por extraño que parezca, ya en enero del año siguiente, Koroliov recibió la autorización y el encargo oficial de emprender los trabajos para crear el aparato artificial espacial.

En el centro de diseño y construcción de Koroliov fue formado un departamento especial con la tarea exclusiva de diseñar el SAT.

Los planes de Koroliov eran de envergadura, el objetivo era efectuar en 1957 el lanzamiento de un SAT que no sería pequeño sino todo un laboratorio científico con una masa de 1.200 kilogramos denominado “Objeto-D”.

Una de las variantes del programa preveía el lanzamiento de “cargas biológicas”- con consistía en un contenedor con un perro de laboratorio en su interior.

De esta manera, a finales del verano de 1957, tras los descalabros ocurridos en las pruebas con el cohete militar, Koroliov pudo hablar sobre el lanzamiento de un objeto artificial al espacio, sin el riesgo de provocar el descontento de las autoridades.

Aunque tuvo que hacer ajustes, porque reunir a corto plazo los recursos humanos y técnicos para fabricar un aparato espacial de gran tamaño resultó una tarea imposible.

Koroliov confiaba en que si lograba un lanzamiento exitoso, el efecto de ese logro minimizarán todas las posibles objeciones relacionadas con el satélite en general.

A partir de estas consideraciones, en septiembre de 1957 Koroliov decidió suspender temporalmente los trabajos del proyecto “Objeto-D” , y ordenó en el plazo de un mes construir un satélite pequeño y liviano que fue denominado PS-1 (primer sputnik elemental).

A pesar de la simpleza del esquema y su rudimentario sistema eléctrico, la fabricación del satélite supuso la solución de tareas sin precedentes porque la tecnología mundial de ese entonces no tenía ningún tipo de experiencia en la construcción de aparatos espaciales.

De una forma relativamente rápida, entre los científicos soviéticos se extendió la opinión subjetiva de que la forma óptima del satélite debería ser una esfera con una masa límite de 100 kilogramos, aunque en su versión final, el aparato pesó 83,6 kilogramos.
La forma esférica permitió con una menor cantidad de superficie, utilizar de la forma más óptima el volumen interno del satélite, que fue acondicionado con dos trasmisores con una frecuencia de 20.005 y 40.002 megahercios (MHz).
El ciclo de ensamblaje del satélite se desarrolló a ritmos nunca vistos, prácticamente de forma simultánea marcho la elaboración de los planos y la fabricación de las piezas.
La maqueta del satélite en repetidas ocasiones fue adosada y retirada del cohete portador, hasta que los constructores no se convencieron del funcionamiento correcto de la cadena de operaciones mecánicas de la misión:
La apertura de los ajustes neumáticos que aferraban el satélite al cohete portador y el retiro simultáneo de las láminas metálicas de cubrimiento, el repliegue de las antenas, y el accionar de un sistema de resortes que dirigió el satélite hacia delante para ubicarse en órbita.
El instrumento radioemisor del satélite, con una potencia de 1 vatio (w) permitió la recepción de su señal en un vasto territorio y por un número considerable de radioaficionados en las frecuencias de onda corta y frecuencia modulada, además de estaciones de radar terrestres.
De acuerdo a los cálculos hechos por sus constructores, los aparatos del satélite debieron funcionar de forma ininterrumpida durante al menos catorce días.
Finalmente, el 20 de septiembre de 1957, en el entonces único y secreto polígono soviético de Baikonur, tuvo lugar una reunión de expertos para certificar que el cohete y el satélite estaban listos para el lanzamiento.
Se convino también instruir a los medios de prensa oficiales que dieran la noticia del lanzamiento, únicamente en el caso de que el satélite lograra al menos describir una vuelta completa a la Tierra.
Cabe subrayar que los preparativos para ese lanzamiento no fueron un secreto.
Para cumplir labores de observación y seguimiento fueron incorporados los clubes soviéticos de aficionados DOSAAF, y las frecuencias de radio y el tipo de señal de los trasmisores del futuro satélite fueron publicadas en el número 6 de la revista “Radio” de 1957.
Esto se apartaba de la práctica muy común soviética de crear un secreto absoluto en torno a cualquier cosa, incluso hasta la más insignificante.
Lo más probable es que además del alto grado de certeza de éxito, también se tuvo el objetivo de inquietar a Estados Unidos, que pisando los talones a la URSS también desarrollaba el programa análogo “Orbiter”.
Supongo que el hecho que el proyecto PS-1 no fue secreto explica el probable interés que tuvieron las autoridades soviéticas de caldear la situación mundial entorno a la inminente supremacía de la URSS en la conquista del espacio.
Así, el 4 de octubre de 1957, a las 22 horas, 28 minutos hora de Moscú, el cohete portador en base al MBI R-7 con el primer satélite artificial de la historia emprendió vuelo hacia el espacio.
A pesar de que el propulsor la segunda fase funcionó un segundo menos que lo previsto, el PS-1 se situó en una órbita con un apogeo 90 kilómetros más bajo que el calculado, y comenzó su vuelo orbital con un período de rotación de 96 minutos y 10,2 segundos.
En la madrugada el 5 de octubre la agencia soviética TASS difundió la información oficial y en tarde, la estación radial neoyorquina RSA informó de que había recibido la señal del satélite soviético.
La noticia se propagó por el mundo instantáneamente, incluso la compañía estadounidense NBC ofreció a los estadounidenses escuchar la señal que separaba “lo viejo de lo nuevo”.
Realmente, el mundo reconoció que la URSS en ese momento había entrado a una nueva época mientras que el resto se había quedado en el pasado.
De esta manera, en un instante, una pacífica y pequeña esfera por muchos años convenció a la humanidad de la fuerza dominante que posteriormente tendrían los lanzamientos espaciales.
En otras palabras, el efecto político de ese lanzamiento fue tal, que ni el mismo Koroliov ni sus colegas lo pudieron soñar.
Como comentario al margen, cabe resaltar que bajo el desenfrenado efecto de esa euforia en las décadas de los años 70 y 80 fueron lanzados de forma inútil muchos cohetes, uno tras otro, sólo para obtener dividendos políticos.
Esto en gran parte determinó el actual déficit de indicadores cualitativos, comparados con los logros cuantitativos de la cosmonáutica nacional.
Por su puesto que en 1957 de estos temas no se habló. Todos los participantes en la creación de la triunfal esfera fueron nominados a condecoraciones estatales: se elaboraron las listas correspondientes, y hasta surgieron polémicas entre las empresas y entidades en el momento de establecer los aportes que había hecho cada uno en aras de la victoria común.
Embriagados por la gloria, los constructores espaciales olvidaron una regla invariable que siempre se cumple después de cualquier suceso soviético. Si el país obtenía un triunfo incluso a costa de gastos enormes, seguidamente aparecía el decreto oficial con la orden de repetir a toda costa la misma proeza, y el hito espacial que marcó el Spútnik, no fue la excepción.

Desde lo más simple hasta los elefantes

Koroliov fue invitado a comparecer ante el entonces líder soviético Nikita Jruschiov quien le exigió la ejecución de otro lanzamiento para dedicarlo a la conmemoración del 40 aniversario de la Revolución de octubre, es decir para el 7 de noviembre.
Los argumentos expuestas por el científico sobre los problemas de fabricar y preparar el cohete y el satélite en menos de un mes no fueron oídos. El éxito político del primer satélite y la realización de un segundo vuelo espacial en ese momento eran más importantes que los ensayos de los MBI.
Para cumplir las órdenes de Jruschiov, el satélite siguiente, el PS-2 se construyó sin proyecto, muchas de sus piezas se elaboraron a partir de bosquejos, y el proceso de ensamblaje a falta de planos, se desarrolló bajo las indicaciones de los constructores jefes directamente en el lugar de trabajo.

No obstante, el resultado de esa maratón fue un aparato impresionante con una masa de 508,3 kilogramos. Lo más importante fue que a bordo del satélite se incluyó un ser vivo, la perrita Laika. El lanzamiento, que fue exitoso ocurrió el 3 de noviembre. Otra proeza no menos importante fue que los científicos cumplieron la tarea en el plazo establecido.

De acuerdo a las valoraciones de algunos expertos, el suministro eléctrico del satélite debió funcionar seis días, pero los biólogos estimaron que el animal murió mucho antes a consecuencia del recalentamiento: Ni la URSS pudo fabricar en tres semanas un aparato espacial con sistemas vitales.

De nuevo el triunfo fue rotundo. Otra vez los estadounidenses quedaron apabullados. Sólo la sociedad británica para defensa de animales expresó una airada protesta por las torturas que padeció el animal antes de morir.

No obstante, una fábrica soviética de la industria tabaquera sacó al mercado una nueva marca de cigarrillos en cajetillas que ostentaban la imagen del simpático animal.

Pero Koroliov y su equipo científico ya no estaba para perros, y a comienzos de 1958 reanudaron los trabajos del aplazado “Objeto-D” a ritmos tan acelerados, que para el 28 de abril probaron poner en órbita de un laboratorio científico sin precedentes con una masa de 1.327 kilogramos.

Fue un riesgo costoso, pues en los primeros segundos del despegue, el cohete perdió su orientación y se precipitó a tierra, cerca al lugar del lanzamiento.

La aflicción no duró mucho. Koroliov prometió ingentes premios en efectivo a los expertos que aceptarán permanecer todo el tiempo en el territorio del polígono para la fabricación del cohete siguiente. Otra vez el nuevo portador y su satélite quedaron listos en tres semanas. El 15 de mayo de 1958 fue puesto en órbita el tercer spútnik soviético, para esos tiempos el enorme “Objeto-D”.

En Occidente se comentó que los rusos habían puesto en órbita un elefante. ¿Qué será lo que mandarán al espacio mañana?

Ese mañana fue la aspiración impetuosa, a pesar de las averías y víctimas humanas de ganar la carrera a la Luna. No obstante tras ceder la Luna, la Unión Soviética allanó el camino de las estaciones orbitales. Finalmente, en un intento de hacer frente a Estados Unidos en la “Guerra de las Galaxias”, la cosmonáutica soviética creó un sistema excepcional de transporte espacial, el trasbordador de uso múltiple “Buran”.

Pero tarde o temprano las guerras siempre concluyen. Y no se pudo encontrar aplicación civil para el cohete y el shutlle soviético.

Y todo esto comenzó a partir de lo más simple: “bip… bip… bip…”.

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Andrei Kisliakov, RIA Novosti.


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