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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El maltrato a los ancianos

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 6 de agosto de 2007, 23:16 h (CET)
“A cada paso que doy
más pesa el tiempo en mi vida.
Y si no lo puedo dar
me pesa más todavía.”


José Bergamín

El maltrato a los ancianos se ha empezado a considerar como un problema social desde hace aproximadamente dos décadas.

Entre las distintas causas para justificar que se haya tomado conciencia de estar realidad en fecha tan reciente, se citan las siguientes: Que los familiares de las víctimas hayan intentando e intenten ocultar los malos tratos, que en algunos casos los profesionales de la salud consideren los comentarios o declaraciones de los ancianos productos de la edad y, finalmente, la escasa infraestructura y disposición de medios para atender de forma adecuada las necesidades de los ancianos, combinada con un incremento vertiginoso de la población mayor de 65 años.

Los cambios sensoriales, físicos y psicológicos que se producen en el anciano van a provocar la gran dependencia que tiene de sus familiares, de sus cuidadores o de las instituciones. Quizás la cuestión más importante sea que el anciano no tiene más remedio que confiar en sus familiares o cuidadores para satisfacer sus necesidades básicas. Esta circunstancia le coloca en una posición muy débil ante los demás ya que, en el caso de que existan malos tratos, se verá forzado a depender de quienes lo maltratan.

El interés de la víctima por ocultar los malos tratos es, en el caso de los ancianos, aún mayor que en los casos de mujeres y niños. Quizá sea éste el motivo de la carencia de datos sobre los casos de malos tratos al anciano.

Uno de los motivos que más influyen en dicha ocultación es la vergüenza que provoca a la persona mayor hacer público que su hijo o hija se comportan de una forma violenta con ella. En estos casos, el amor que sienten por sus hijos es mucho mayor que su deseo de ser tratados justamente.

El hecho de que el anciano vaya volviéndose cada vez más dependiente origina una importante fuente de tensión importante para los familiares u otros cuidadores. Dicho incremento de dependencia afecta fundamentalmente a la calidad de la relación entre la persona de edad y sus cuidadores. También, y aunque resulte paradójico, dicha dependencia no siempre es sólo por parte del anciano. En muchos casos hasta el propio hijo que maltrata también presenta una dependencia importante del padre o de la madre maltratados. Por ejemplo, en algunos casos el maltratador depende económicamente de su víctima.

Algunos expertos explican este hecho señalando que la valoración por parte de la persona que maltrata, de su falta de poder económico sobre la víctima intenta ser compensada mediante una actitud de extrema dureza con ésta, por lo que impone sobre ella una relación de autoridad.

Precisamente esto es lo que hace que exista una doble dependencia entre el agresor y la víctima; la víctima necesita de los cuidados del agresor, y éste necesita a la primera no sólo para satisfacer sus necesidades económicas, sino también para compensar su baja autoestima.

Otro factor importante que impera en nuestro país, radica en el sobreesfuerzo que supone para muchas familias el obtener los recursos necesarios para poder atender a uno de sus mayores, dado los bajos ingresos familiares y la reducida cuantía de las pensiones, lo que determina que algunas familias no puedan atender adecuadamente al anciano y que otras no quieran. Además, los servicios sociales de las distintas administraciones para atender a los ancianos son cada vez más insuficientes debido al espectacular aumento de personas mayores. Todo ello puede provocar situaciones que, si bien de puertas afuera convierten a los hijos que conviven y cuidan de sus padres ancianos en seres dignos de admiración, de puerta adentro la situación puede crear un auténtico infierno para toda la familia. Y es que como dijo el poeta: “Hombre pobre es hombre muerto. / Y si a más de pobre es viejo / puede ser un pordiosero / a las puertas del infierno”.

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