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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Mal ejemplo o Educación para la Ciudadanía?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 28 de julio de 2007, 22:21 h (CET)
Parece que el gobierno del señor Rodriguez Zapatero está empeñado, según se encarga de divulgar a diestro y siniestro, en intervenir en la formación de la juventud. Sus esfuerzos han cristalizado en una especie de “catecismo socialista” en el que se pretenden trasmitir a los enseñandos lo que podríamos calificar como los principios libertarios y amorales de la “religión socialista”. A pesar de que sostienen que sólo quieren formar a la juventud para que sean buenos ciudadanos, la realidad que se nos revela en el panfleto, en el que han materializado sus enseñanzas laicas, o sea, la famosa Educación para la Ciudadanía; es evidente que transpira, en todo el texto –que puede ser diferente en cada una de las 17 comunidades autónomas y, por consiguiente, la educación que imparta también puede ser distinta según sea la corriente política dominante en cada una de ellas–algo más que la intención de formar a un ciudadano ejemplar; también pretende crear una moral ad hoc, una ética distinta y una percepción de la sociedad más acorde con el pensamiento único y libertario de los que se han encargado de su redacción, evidentemente partidarios de las doctrinas de Vladímir Ilich Lenin.

Y es que, a medida que va transcurriendo la legislatura, cada vez se evidencian con más claridad los tics totalitarios que se desprenden de la actividad del Ejecutivo que nos gobierna. Si es verdad que deseamos crear buenos ciudadanos, verdaderos demócratas, personas libres de expresar sus ideas y de respetar las de los demás, sujetos que sean capaces de elegir, sin presiones ni cortapisas de los gobernantes, las elecciones políticas que más se ajusten a sus ideales para que rijan los destinos de la nación; no parece que el ejemplo que se le está dando a nuestros jóvenes por el Gobierno socialista, –el mismo que está dispuesto a implantar por la fuerza y en contra lo dispuesto por la Constitución de 1978, una enseñanza sectaria que pretende hombres robot, hombres-masa sectarios que se muevan a las órdenes de los gobernantes, convertidos en nuevos dictadores sucesores de Stalin y Hitler – sea precisamente el que se ajustaría a un sentimiento democrático moderno, sino más bien a sistemas caducos y retrógrados que, salvo en repúblicas bananeras como las de los señores Chavez, Morales y Carreras, ya han dejado de tener vigencia en todas las naciones desarrolladas del planeta.

Pongamos por ejemplo el funcionamiento del Parlamento. En teoría es el órgano de representación de la soberanía nacional. En el los representantes elegidos democráticamente por la ciudadanía debieran conocer de todos los temas que de una manera u otra afectan a los intereses, la seguridad interna y externa, las condiciones de vida, la solidaridad, la salud, y el binestar social de los españoles. Su función es precisamente la de acoger todas las inciativas y propuestas que se presenten por los distintos partidos en nombre de las personas que los eligieron, para debatirlas y aceptarlas o denengarlas en función, no de las posiciones políticas de unos y otros, sino en atención a la bondad, interés general y oportunidad de las mismas. Es decir, de forma objetiva y sin que su aprobación o denegación esté supeditada a las simpatías u odios entre partidos o entre los propios congresistas.

Esta es le teoría, pero si nos fijamos en cómo ha funcionado nuestro Parlamento desde que los socialistas han formado su coalición excluyente, fruto del acuerdo de comunistas, socialistas e independentistas (cada uno de ellos movidos por distintos intereses particulares, pero ninguno interesado en el bien de la nación española) hemos podido observar que la Cámara se ha convertido en una especie de teatro de marionetas donde hay un grupo que se consideran los “buenos” que controlan por completo lo que se puede tratar en la misma y lo que no se puede aceptar a discusión. Así viene ocurriendo que, sistemáticamente, y ante el asombro de propios y extraños, se han venido rechazando todas las proposiciones presentadas por el PP, basándose únicamente en la fuerza de los votos de la coalición; hurtándose a los más de diez millones de ciudadanos, que votaron a dicha formación, la posibilidad de que se tengan en cuenta sus opiniones, deseos y peticiones. No creo que este sea el mejor ejemplo para nuestra juventud; a no ser que lo que se pretenda es que España regrese a los tiempos, que tanto añora el señor ZP, anteriores a la Guerra Civil. Si el ejemplo que pretendemos transmitir a nuestros hijos es el de un Gobierno capaz de excluir del debate político al principal partido de la oposición, si lo que queremos que aprendan es a apartar a la oposición, ninguneándola, puenteándola, engañándola y traicionándola; dificilmente podremos conseguir que nuestros niños aprendan a ser buenos demócratas, en todo caso, quizá, buenos socialistas, buenos aprovechados o incluso buenos delincuentes.

Claro que, si se quiere contentar a los separatistas vascos y catalanes; si se quiere apaciguar a los cientos de socialistas que esperan mamar de las ubres del Estado, consiguiendo un puesto en la Administración; si se quiere compensar a todos los ministros cesantes con suculentos enchufes, aunque para ello haga falta convocar una sesión especial de las Cortes, con un conste de quinientos mil euros, para que la señora Carmen Calvo sea nombrada vicepresidenta con un sueldo de 11.000€ mensuales, a fin de que pueda irse tranquila de vacaciones; es muy difícil que, por mucha Educación para la Ciudadanía que impartan, lo consigan porque, por fortuna, las nuevas generaciones no son tontas y saben sumar dos más dos para que les salga cuatro y no una variable de corrupción, endogamia y traición a la patria. Luego que salga el ogro del ministro de Justicia, señor Fernández Bermejo, para intentar asustarnos con la amenaza de que, si no nos portamos bien, puede que se enfade y nos enseñe lo que vale un peine ¡Váyase usted al cuerno, señor mío!

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