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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

La misa en latín

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 25 de julio de 2007, 23:10 h (CET)
La decisión del Papa de promover la misa en latín me ha llevado a repasar la Constitución sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II y compruebo que, en ningún momento, se dice nada de suprimir el latín sino que expresamente se indica que se conservará su uso, aunque a continuación se dispone que “como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia se le podrá dar mayor cabida, ante todo en las lecturas y moniciones…”

La reforma litúrgica que se fue imponiendo después del Concilio barrió literalmente el latín de todas las celebraciones, perdiéndose un elemento unificador e identitario para los cristianos que nunca se sentían extraños en ningún país al participar en la eucaristía. Mucha gente utilizaba el misal, casi siempre bilingüe, con el que podían seguir la misa de San Pío V sin ninguna dificultad.

La reforma litúrgica nos pareció bien a los cristianos que vivimos el cambio, aunque visto ahora, con la perspectiva del tiempo, hemos de reconocer que a pesar de utilizar la lengua vernácula no ha aumentado la asistencia a la misa dominical, que los cánticos se han quedado anticuados, que la participación de los fieles por regla general es escasa y casi siempre reducida a un pequeño grupo de colaboradores incondicionales.

Escucho y leo a muchas personas que se escandalizan de que puedan volver a celebrarse misas en latín, argumentando que es una lengua que ya no conocen ni los curas, lo cual es cierto. La pérdida del latín en nuestros planes de estudios es culturalmente de lo más lamentable.

Los habituales teólogos de la confrontación con la jerarquía han lanzado sus proclamas condenatorias, adjudicándose a sí mismos la autoridad que niegan al Pape y los obispos.

Pero puestos a escandalizarse, a mí me parece escandaloso que el uso de las lenguas vernáculas sea un elemento más de la inmersión lingüística de ciertos nacionalismos. Comprendo perfectamente que si voy a Francia la misa se celebre en francés o si voy a Alemania en alemán, pero me siento bastante incómodo en un funeral en el que los amigos y familiares del difunto tienen como lengua materna el castellano y el celebrante, sin hacer caso a la petición de los asistentes, utiliza su lengua vernácula. ¡Benditos tiempos del latín en los que no me sentía extraño en ninguna parte de España, ni del extranjero, cuando asistía a la Santa Misa!

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