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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

El engaño del juego

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 28 de junio de 2007, 00:23 h (CET)
Polly Toynbee escribe en The Guardian un artículo con un título sorprendente. “Es así de sencillo. Más juego de azar significa más pobreza infantil”. El contenido del comentario bien se merece una atenta lectura. En estos momentos Gran Bretaña está inmersa en una controversia política debido a un proyecto de ley que de aprobarse supondría la creación de un supercasino en una zona de Manchester sacudida por la pobreza y 16 casino más en otros lugares. Todo ello, dice, Toynbee “forma parte de la misma visión equivocada que tendría que convertir Gran Bretaña en un líder mundial en el campo del juego online, intentando transformar al Reino Unido en una cueva del juego a poca distancia de Europa”. Ahora, dice Toynbee es el momento en que los miembros del Parlamento rechacen la totalidad de la proposición de ley. Hagamos un repaso a los hechos. Inicialmente el número 10 de Downing Street iba junto con los chicos de Las Vegas que le propusieron un número ilimitado de supercasinos allí donde quisiesen. Éstos, le propusieron a Tony Blair una fortuna para las arcas del gobierno. Los ayuntamientos también recibirían su parte del pastel. Las protestas que se iniciaron al hacerse pública la proposición de ley recortaron el proyecto inicial.

El comentarista, después de tocar diversos aspectos políticos afirma que Inglaterra debe tener a Australia como ejemplo. Dice que el 10% de los ingresos del gobierno australiano proceden del juego. El Estado se ha hecho adicto al juego de la nación. Ningún gobierno futuro dirá que el juego perjudica a la gente ni decidirá reducirlo. ¿Cómo podrán hacer frente a la pérdida de dichos ingresos? Lo mejor que se puede hacer es intentar reducir el juego de la mejor manera posible. Se puede hacer. En los Estados Unidos, las dos cámaras han aprobado una ley que efectivamente frena el juego online, prohibiendo a los bancos que paguen deudas de juego con las tarjetas de crédito. El periodista se pregunta: “¿No podemos hacer lo mismo nosotros? En vez de ello “permitimos que la televisión haga propaganda del juego, pero solamente del «socialmente respetable»”.

La facturación del juego en el Reino Unido ha ido de los 2 billones de libras en el año 2001 a los 50 billones en el 2005, principalmente del juego online. La jet-set tiene mucho dinero para quemar , pero muchos apostantes de pocos ingresos también queman mucho. Las investigaciones dicen que en el año 2004 había 370.000 adictos, posiblemente muchos más. El sufrimiento de las familias de adictos de todas las clases sociales se esconde y sus hijos, a menudo, son los más pobres, sean cuales sean los ingresos familiares. Cuanto más juego hay, más adictos se crean. ¿Por qué un gobierno laborista comprometido en extirpar la pobreza infantil todavía la estimule más?”

Polly Toynbee finaliza su denuncia con estas palabras: “Es muy extraño que los laboristas no tengan nada que decir sobre esto. Ni una palabra. Quizás no es fácil saber qué se ha de hacer respecto a este escuálido e inmerecido botín. El primer paso es hablar de ello y unirse al disgusto general. Creando casinos hace todo lo contrario”.

Hemos citado a Estados Unidos, Australia y principalmente Inglaterra. ¿qué tienen que decir nuestros políticos del mal social que hace el juego y porque la televisión pública lo promueve sin sonrojarse? ¿Interesa a los votantes saber lo que piensan y si hacen alguna cosa para disminuir la adicción en la que muchos han caído?

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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