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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El derecho de los padres

Josefa Romo
Redacción
sábado, 16 de junio de 2007, 10:57 h (CET)
Estoy de acuerdo con José Antonio Marina cuando dice, por ejemplo, que "la ternura es incompatible con la prisa"; pero me dejan estupefacta estas palabras de su pluma, citadas en una carta al director publicada en Forum Libertas( 13-6-07): "El derecho de los padres a educar a sus hijos no es absoluto". Entonces, ¿quién tiene el derecho a educar a los hijos? Si me dice que el Estado, se desprende un pensamiento totalitario, como el marxista y el del nazismo.

Si responde la sociedad, le preguntaría que concretara en personas, pues las instituciones son abstractas, como el Estado. Mire usted: el derecho y el deber de educar es un derecho inalienable de los padres, y también su deber. La labor del Estado es subsidiaria, es decir, de apoyo. Cuando el Estado no se respeta los derechos de las personas, caemos en el abuso de poder, justo lo que son todos los totalitarismos que en el mundo son y han sido, demasiado crueles estos dos del siglo XX: comunismo y nazismo. El Estado debe poner al servicio de los padres los mejores medios; pero no imponer ideas morales contrarias a las convicciones de éstos ni a las buenas costumbres.

Educación para la Ciudadanía es adoctrinamiento libertario. Por el riesgo que para una correcta educación afectiva-sexual de los niños y los adolescentes tienen sus contenidos y por su carga ideológica, ya son cuatro mil los padres que se han hecho objetores de conciencia. Las medidas de presión del Ministerio, ¿no son prueba de un totalitarismo encubierto bajo capa de democracia? Ahora más que nunca, los padres necesitan estar muy unidos y
muy atentos a la educación que se imparte a los hijos pequeños y adolescentes. Ellos son nuestro tesoro más preciado, y un tesoro no se coloca en cualquier sitio ni en manos de cualquiera. En el terreno de la educación, como en el de la salud, mañana puede ser tarde.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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