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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El compromiso crítico

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 3 de junio de 2007, 20:59 h (CET)
“No he de callar, por más con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.”


Francisco de Quevedo

Se ha dicho con acierto en numerosas ocasiones que al intelectual le corresponde sólo una actitud frente al poder: el ejercicio de la crítica. Pero han sido menos los que se han molestado en aclarar que la crítica y las ideas que representan a la oposición tampoco son demasiados compatibles. El motivo es que esas ideas pueden hacerse algún día realidad, y en el camino que va de la potencia al acto resulta más que posible que pierdan una parte o el todo de su esencia. ¿A quién le correspondería entonces la crítica de esas ideas? Sea quien sea, ese alguien ha de estar situado en una postura, especialmente incómoda, que le permita a la vez el compromiso y la crítica. Naturalmente, esta postura es imposible de mantener desde el poder, parcialmente imposible con el poder y difícil aunque se esté fuera del poder. Porque el poder impregna hasta el aire que respiramos.

Octavio Paz ha señalado más de una vez en sus escritos el hecho de que en los países hispánicos las personas públicas no admiten -o admiten a regañadientes- que se critiquen las actividades inherentes a su cargo. El envés de la moneda es que el ciudadano no está habituado a la crítica de la función pública. Si decide salir de la sumisión o de la apatía es para esgrimir el hacha en lugar de la dialéctica. Paz cree que en el origen de este mal se encuentra la inexistencia de la ilustración. Nuestro siglo XVIII fue pobre y mimético. Así, el siglo de la crítica brilla por su ausencia en España. Si del intelectual debemos esperar el compromiso crítico, que es la única forma de independencia solidaria, no es justo tampoco que le exijamos demasiado. Porque, ¿cómo asumir ese papel en un país sin tradición crítica donde, a su vez, el poder no suele gustar de la crítica? El intelectual debiera ser la conciencia de su pueblo. Pero no cabe de que es ante todo, su reflejo.

Una aclaración: intelectual es todo aquel que interpreta la realidad y que de ello hace su oficio. Es intelectual, un filósofo, pero también un poeta o un compositor. El intelectual, a diferencia del político o del publicista, no habla para todos, sino para cada uno de nosotros. Un poema, una sinfonía, una pintura no están dirigidos a todos, sino al hombre interior que habita en cada uno de nosotros mismos. La grandeza del arte consiste, precisamente, en que nos hace partícipes de lo más hondo y esencial de la naturaleza humana, sin distingos de razas, credos ni fronteras. El arte nos vuelve más tolerante y nos señala que el discurso ideológico del hombre, sea cual sea, está lleno de errores. Esto nos previene contra el fanatismo y el sectarismo, que son ingredientes muy importantes del totalitarismo.

Las personas que han meditado de veras sobre la historia de España terminaban llegando, desde muy diversas posturas políticas, a las mismas conclusiones: la única solución posible y duradera para nuestros diferentes pueblos es el pacto entre éstos, realizado en condiciones de igualdad.

Sir Herbert Read escribió que el culto al jefe está reñido con la democracia, pues supone la negación del principio de igualdad, y como contrapartida, un estado de irresponsabilidad social. Muchos quieren eludir su responsabilidad con la excusa de que hoy la situación política internacional, la nacional y autonómica es totalmente variable y compleja. Pero si no tenemos la fe necesaria por la libertad, la justicia y la dignidad del hombre, y si aceptamos una filosofía acomodaticia a aquello que el poder nos depare, pronto llegaremos a la incapacidad de pensar por nosotros mismos, dándoles la razón a esos catastrofistas que no cesan de anunciarnos calamidades. A algunos intelectuales de hoy habría que cantarles aquellos versos del poeta : “Que te compren no me extraña; / que te vendas ... ¡eso sí!, / y lo que menos comprendo / es que no te extrañe a ti”.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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